25 de julio de 2015

EL SOÑADOR VISIONARIO


Me parece que todo empezó en una incolora mañana de invierno, en la que los rayos dorados de nuestro gran corazón cósmico no llegan a ser percibidos al contacto con el cuerpo.
Allí, en algún lugar del mundo, y probablemente en el año, día y hora señalada por los hados con premeditación y alevosía, venía al mundo Tomás. Su nombre era común, pero su personalidad poseía un sello muy especial. En otro tiempo, tal vez se hubiera llamado también Tomás, aunque tal vez sus amigos lo hubieran calificado de “San”, y habría escrito algunas epístolas para ayudar al desarrollo y la evolución de esa otra parte que probablemente todos poseemos. Creo que se llama Alma.
El problema era, que le había tocado vivir una época en la que los valores espirituales estaban arrinconados en el obscuro desván de nuestras vergüenzas. La gente había perdido la ilusión por vivir la causa común. La “Fraternité” era una palabreja insulsa que había acabado por ser asociada con una modalidad de hacer la ternera en salsa. La humildad era un antiguo hábito que la sociedad había conseguido erradicar, eso sí, al cabo de no pensarlo. La gente no dialogaba para solucionar un problema, sino que se limitaba a jugar a la guerra, claro está, de manera sofisticada y computarizada. Era tan sencillo como sentarte en tu mesa multiusos, sacar tu consola y los mandos, y ponerte a jugar a la guerra en una pantalla de veinte pulgadas. Claro que no tiene mucho mérito lo de la tecnología, porque el hombre es un ser inteligente, y lo meritorio sería lo contrario.
Algunos corrían que se las pelaban por conseguir un puesto en la sociedad, que le diera la posibilidad de pisar a los demás, y para conseguirlo, no les importaba seguir pisando a otros a los que consideraban como competidores.
El juego del monopoly desapareció como tal, ya que a alguien se le ocurrió un buen día que el mundo era como un gigantesco tablero de juego, y el que no jugaba a ese juego especulador, estaba perdido. Por eso, y aunque la patente la tenía una empresa que comercializó el juego de mesa, con unas cuantas trampas y chanchullos, consiguieron arrebatarla. Aunque los creadores del monopoly siempre serán recordados como aquellos que entrenaron a nuestros hijos en la importante tarea de ansiar el dinero, de los sombreros de copa, y los puros malolientes de banqueros cantamañanas.
Tomás fue creciendo poco a poco en medio de ese otro mundo que los niños afortunadamente no perciben, y de vez en cuando hacía cosas muy poco propias de su edad. A los cinco años, tocaba el piano de oído, y cantaba mientras tocaba.
Sus padres lo llevaba en Semana santa a ver los desfiles procesionales y cuando llegaba a casa, cogía una lata de guardar los objetos de costura, y se ponía a tamborilear con un lápiz y un tenedor y a pensar con arrebata casi místico, en la pasión de Jesucristo.
El primer día que lo llevaron al colegio, lloró desconsoladamente, tal vez porque a pesar de su corta edad, sentía que fuera del mundo de papá y mamá, había otro que no estaba funcionando bien. Y tuvo miedo de quedarse sólo y sin protección.
Los grandes ventanales de fondo obscuro le parecían grandes ojos que lo vigilaban. Poco después supo que el fondo obscuro lo proporcionaba una lúgubre cortina que a veces se movía con el viento, y le hacía el efecto de un gran ojo parpadeante en su imaginación tan sutil e impresionable.
La imaginación de un niño es difícil de entender, pero tal vez por estas peculiaridades sus compañeros lo apodaron “el soñador visionario”, porque a pesar de la edad, vio cosas que los demás no veían.
Muchas veces sus compañeros se esperaban a la salida del colegio para pegarse, y él se sentía dolido y asustado por  esos gestos tan horribles, y se cuestionaba cómo el día anterior reían juntos y se ayudaban como hermanos, y al día siguiente se odiaban.
Otras veces, algunos niños maleducados y bordes, lo provocaban sin sentido. Son esos niños que siempre van sucios y llevan los pelos desaliñados y los dientes amarillos de fumar a escondidas en los servicios del colegio.
Le acusaban de no meterse nunca en problemas y le provocaban con insultos y frases aberrantes en presencia de las chicas que siempre permanecían con él dada su honestidad y tacto para con ellas.
Uno de esos días en los que la cama se hace pesada y uno se levanta con la extremidad izquierda, contestó de mala manera a uno de sus provocadores. Seguramente no hubiera querido hacerlo, de saber lo que pasaría después. El golfo le empujó hacia atrás en tono desafiante, y entonces pensó en los ojos parpadeantes del primer día de clase, y en su llanto desesperado, en su mundo perfecto de fantasías y realidades que mezclaba mientras jugaba en el suelo de moqueta de su habitación. Fue tarde, cuando sin saber cómo, se vio envuelto con aquel de los pelos de pinchos; golpes iban y venían ante un círculo de otros compañeros que gritaban y mientras tanto hacían apuestas.
Los días siguientes, Tomás se sintió muy avergonzado, mientras sus amigos lo llamaban valiente, y le trataban de convencer de que alguien capaz de enfrentarse a “pelos de pincho”, debía ser el líder de su pandilla, aunque algunos le llamaban “banda”, tal vez queriendo imitar a Al Capone y sus secuaces.
Poco a poco, los años pasaron, y los juegos fueron substituidos por unos libros más pesados y unas prácticas de mecanografía, ya que se había decidido a ser en la vida, administrativo. No sentía que fuera su vocación, pero los mayores que dicen entender más, le habían aconsejado que se buscara una profesión práctica y con futuro, y que se buscara luego una novia en algún puerto, y se casara, tuviera tres  o cuatro mochuelos que le dieran muchas alegrías, y que con una posición social digna, se fuera a  alguna ciudad tranquila donde establecerse definitivamente, y cerrar así el libro de su vida, sin haber pasado apuros económicos.
De niño le habían pronosticado que sería genio y figura y con ese pensamiento había crecido, sintiendo siempre que sus gustos eran diferentes a los gustos de gente de su edad, sin embargo muchas veces se acobardaba de sus propios sentimientos, y eso le hacía ir arrastrado por las opiniones de los demás.
Había recibido en sus años infantiles, la impresión de que ser pacífico podía costarle caro, y que tener sentimientos altruistas y algo trascendentes, era entrar en modos de actuar utópicos para la sociedad. Por eso, a veces actuaba de una forma que el mismo sabía que no era la suya, pero estaba encerrado en un círculo muy peligroso. Le preguntaban por Dios, y contestaba no saber exactamente qué era eso.
Por las noches, Tomás, se tendía en el ático de su casa a contemplar las estrellas y planetas en el silencio frío de la noche, ataviado con una bufanda de color de la esperanza, que le rodeaba el cuello, y unas ropas de andar por casa, llenas de agujeros por donde se escapaba la humildad que desearía mostrar siempre en todo lugar.
Entre estrella y estrella divagaba contemplando los espacios vacíos, y de repente se ponía en pie de un salto y decía alguna frase como si acabara de comprender algo.
Daba un último sorbo a su taza de manzanilla caliente, y con la sonrisa propia de un bebé con el humor después de lanzar la flatulencia de rigor, se arropaba en su cama y soñaba sus propios sueños.
Un día paseaba por la calle, cuando de repente escuchó una voz de mujer,  como si alguien la estuviera molestando. Una anciana triste, trataba de cruzar la calle, y unos niños la rodeaban incordiándola sin dejarla avanzar. Tomás se acercó decidido y veloz como si Don Quijote de la Mancha hubiera regresado al siglo XXI, dispuesto a conceder la libertad a aquella débil que la necesitaba.
Los niños se dieron a la fuga en una gran estampida como de bisontes, y el cogiendo del brazo a la anciana y esbozando una gran sonrisa de auto aprobación, invitó a la anciana a no preocuparse  y este la ayudó a cruzar la calle. La anciana le dijo que ya no quedaban muchos como Tomás, pero el pensaba que si que había más, y que cualquiera hubiera hecho lo mismo.
Volvió a casa satisfecho de haber realizado una buena acción. Se sentó en su sillón favorito, le lanzó un par de silbidos a sus canarios como intentando contarles lo que había sucedido en la calle, y cerró los ojos.
Minutos después entro su madre dando gritos, y acusándole de pasarse el día tumbado a la bartola, viviendo de la renta paterna, y diciéndole a Tomás, que era como todos los jóvenes de hoy. El abrió los ojos sobresaltado por tanto estruendo. Estaba estupefacto. La madre le decía que saliera a la calle a buscar trabajo para ganarse el pan, y que este no podía pasarse la vida entre libros de filosofías, psicologías, astrologías, y soñando con un mundo de buenos.
Tomás había estado trabajando de camarero entre los veinte y los veintidós años cuando salía del instituto, pero escribía frases filosóficas en las servilleta y le mareaba el olor a tabaco y también el olor a alcohol, por lo que el jefe le sugirió que cambiara de  aires.
Luego estuvo trabajando en una oficina donde sus compañeros tiraban como cinco ceniceros de colillas a la basura en el día, tosían y repetían entre convulsión y convulsión que el tabaco era malísimo y que algún día lo dejarían.
Uno de sus compañeros murió de cáncer de pulmón nueve meses después. En el armario de su habitación encontraron cinco cartones de tabaco de “pata negra”. Tomás creía que eso era  por lo “negro” que te ponía los pulmones. El se sentía incomprendido, nadie entendía sus sentimientos. De repente empezó a escuchar como sonidos de campanas en su interior. Estaba despertando a su personalidad.
La madre le dijo que tenía que pensar en hacer algo en la vida. Él la sorprendió diciéndole muy serio que todo ser humano debe preocuparse por encontrar su parte de Dios que tiene dentro y actuar conforme a ella. La madre insistía que tenía que hacer algo, y el contestó de nuevo que lo mejor que podía hacer por el mismo era entregar su vida y sus sentimientos nobles a intentar devolver la vista espiritual a aquellos que se habían  vuelto ciegos por la materialidad.
La madre aún le advirtió de que no fuera un loco, y le previno de que el sólo no podía cambiar las conciencias maltrechas de la gente mala, pero Tomas le contestó que si una persona sola consigue cambiar la conciencia del círculo en el que se mueve, y cada uno hace lo mismo, cambiaríamos la conciencia colectiva del planeta antes de que fuera demasiado tarde.
La madre no entendía nada y gesticulaba, creyendo no conocer a su hijo y que todo lo que estaba viendo y escuchando era una caricatura.
Un día, Tomás se marchó de su casa y ya no volvió más. Desapareció misteriosamente sin dejar rastro. Algunos dicen que se cayó al río y se ahogó al no poder nadar entre tanta porquería contaminante. Otros más imaginativos dicen que lo raptó una nave extraterrestre para estudiar su fisiología.
Treinta y cinco años después, estando yo sentado en un bar degustando unas gambas a la plancha, entró un amigo mío con un periódico y le leyó una noticia que decía:
“La masiva manifestación de pueblos para conseguir acabar con el culto a las armas, el poder y el dinero, han sido un éxito. Ahora somos libres. Dios bendiga al mundo.”
Con lágrimas saltadas, observé en el televisor una imagen sin sonido; una lápida con una flor marchita y triste que cubría la inscripción que decía:

“AL SOÑADOR VISIONARIO”



(c) Francisco Javier Madueño Valero. Todos los derechos reservados.
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