1 de abril de 2014

LIBERTAD DE EXPRESIÓN PARA EL CARDENAL ROUCO VARELA

EL PÁRRAFO DE LA DISCORDIA PARA LOS NECIOS QUE VEN NEGRO LO BLANCO.
DIJO EL CARDENAL, HABLANDO DE SUÁREZ Y DE ESPAÑA- La concordia fue posible con él. ¿Por qué no ha de serlo también ahora y siempre en la vida de los españoles, de sus familias y de sus comunidades históricas? Buscó y practicó tenaz y generosamente la reconciliación en los ámbitos más delicados de la vida política y social de aquella España que, con sus jóvenes, quería superar para siempre la guerra civil: los hechos y las actitudes que la causaron y que la pueden causar.
No dice más que la verdad. Suárez quiso la concordia entre los españoles, y enterrar la idea de las dos Españas. Otros en nuestros días se afanan por revivir las dos Españas y volver al pasado. El separatismo está ahí. La división está ahí. Todos los hechos que pueden causar una guerra, o mejor dicho, algunos, están precisamente en la no concordia entre españoles. De eso hablaba en mi opinión, el Cardenal.

España, un país de libertades, excepto si habla algún miembro de la Iglesia Católica, por ejemplo el Cardenal Rouco Varela.

Artículo 20
1. Se reconocen y protegen los derechos:
a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

Pero al parecer, este artículo de la constitución española no es aplicable a un Obispo, o a un Cardenal durante una Misa. Personas que no respetan las libertades y los derechos democráticos, son por ejemplo:
Rosa Díez (UpyD). A la que tampoco gusta que suene el himno español durante una parte de la Misa. Ella, tan defensora de España y tan patriota. Claro, el problema es que no gusta que se relacione a la Iglesia Católica con España, pero resulta que España es mayoritariamente católica, y su tradición está ahí, aunque no guste a algunos, como a ella, para la cual no hubo respeto en el funeral para algunas personas como ella.  Si ella gobernara España, se prohibirían los funerales de Estado. Vale, es bueno saberlo.

PSOE es otro de los partidos "indignados" porque el Cardenal haya mencionado dos palabras en la homilía "guerra civil". La portavoz socialista Soraya Rodríguez ha dicho esto:
«Si realmente hubiera querido hablar de la realidad del país en el que vive, podría haber hablado de la caridad cristiana, de los miles de españoles que viven las consecuencias duras de la crisis, del informe de Cáritas sobre la pobreza infantil…», 
Sólo una cosa, señora Rodríguez. El Cardenal Rouco puede hablar de lo que le parezca porque estamos en un estado democrático donde existe el derecho a la libertad de expresión. Usted puede criticar, decir que no le gusta, pero no sea farisea. Precisamente, gracias a la Iglesia, muchos españoles a los cuales ustedes con sus políticas nefastas han contribuido no hace mucho, tienen una esperanza. No debería olvidarlo.
Al diputado de CIU Pere Macías, me gustaría decirle, que debería ser un poco más coherente. Decir que le parece desafortunada la apelación a la concordia de Adolfo Suárez para evitar una guerra civil es totalmente de acuerdo a las enseñanzas de Jesucristo. Por un lado, el Cardenal dijo la verdad, y por otro, estaba apelando a que personas como las de su partido, dejen de sembrar la división separatista que precisamente llevan al odio y al enfrentamiento entre españoles. ¿O no ocurrió algo similar en el siglo XX, señor Macías?
A Emilio Olabarría del PNV decirle que si el desconectó de lo que estaba diciendo el Cardenal, eso demuestra que no le interesaba lo que decía, y es libre de desconectarse, pero debería haber seguido tal vez desconectado y no entrar al trapo de la polémica, como ha hecho usted, diciendo, gracias a la libertad de expresión que lo que diga el Cardenal, "no es relevante". Bueno esa será su opinión.
ERC, nada menos que ERC, se permite también opinar, como no podía ser menos. Todos menos el Cardenal Rouco. Y decir que le parece poco cristiano que haya apelado a la guerra civil.  Pero vamos a ver señor o señora de ERC. ¿Es que no se da cuenta de que lo que el Cardenal dijo en su homilía es que ¿porqué no había concordia entre los españoles como la que Suárez intentó sembrar? ¿No se da cuenta?
¿Saben lo que pienso?
Que les molesta que alguién nombre la guerra civil, porque a lo mejor eso puede recordar y sacar a la luz cosas que a mejor no convienen a algunos de vosotros. Por ejemplo el pasado. Un pasado, que en según que cosas, sigue totalmente vigente en nuestros días. De ahí los peligros.
No se debería criticar a quien habla de concordia y trata de explicar que hay ciertas cosas que "pueden" llevar a una guerra. 
Algunos medios de comunicación están muy interesados en darle a la Iglesia. Y han sacado de contexto una frase, ignorando el resto de la homilía. 

Ahora para los que quieran saber lo que dijo, no sólo dos palabras, y contrastar les dejo el texto completo de la homilía.

Homilía del Cardenal Rouco Valera en el funeral de estado por Adolfo Suárez

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:
1. Los restos mortales de nuestro hermano Adolfo (q.e.g.e.) descansan ya en el Claustro de la Catedral de Ávila, la ciudad de Teresa de Jesús, aquella santa castellana que «moría porque no moría». Morir por el verdadero amor y morir amando de verdad es señal inequívoca de la fecundidad de una vida comprendida y cumplida a la luz del Misterio de Aquél que «murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5,15). El Misterio de Cristo, Hijo del hombre e Hijo de Dios, es el Misterio del Amor de Dios al hombre, el Misterio del amor más grande, del que hacemos memoria en esta celebración eucarística por nuestro querido hermano Adolfo, cuya vida al servicio de España nos resulta inexplicable sin la fuerza inspiradora y motivadora del amor cristiano. Al avivar los recuerdos de su larga, limpia y generosa trayectoria en esta hora de la prueba decisiva, que es la muerte, y al hacerlos presentes en la memoria eucarística, ¿no se nos impone el convencimiento de que a él también le apremiaba el amor de Cristo, del que hablaba San Pablo a los fieles de Corinto? Su familia, sus queridos hijos y nietos, dirán sin vacilar: ¡que sí!
2. Su plegaria es hoy nuestra plegaria, la plegaria de la Iglesia en España. ¡Es la plegaria de España! Lo confirman la presencia en esta Santa Misa de Sus Majestades los Reyes, de sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, de los representantes de las más altas instituciones del Estado, de numerosos fieles, ciudadanos de Madrid y procedentes de otros lugares de la geografía patria, y de los que están siguiendo la ceremonia por las pantallas de televisión. Son el eco y el testimonio emocionado de profundos y nobles sentimientos de aprecio, estima y gratitud sinceras para con aquella persona que sirvió a los españoles con rectitud y fortaleza ejemplares en uno de los momentos más cruciales y delicados de su historia contemporánea. Es la nobleza de corazón de tantos creyentes y de tanta gente sencilla y de buena voluntad que se expresó espontáneamente desfilando en largas e interminables colas ante su cadáver para rendirle un último homenaje de reconocimiento a su persona y que se manifiesta, sobre todo ahora, en la oración por él y, ¿cómo no?, también por España. El Papa Francisco nos ha llamado reiteradamente la atención sobre el valor de la fe del pueblo sencillo para acertar en el discernimiento de lo que hay de verdad y de bien en las personas y en los acontecimientos que marcan los caminos de la historia. Es esa conciencia sana de las almas sencillas la que ha atisbado y juzgado con acierto que, para comprender y valorar el significado más profundo de lo que sostuvo la vida y de lo que ha sido la muerte del que fue Presidente del Gobierno Español durante casi un lustro, D. Adolfo Suárez, no se pueden olvidar las palabras de Jesús cuando aseguraba a sus discípulos: «que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).
3. «No valoramos a nadie según la carne» (2 Cor 5,16), decía San Pablo de sí mismo. La tentación de juzgar la vida de las personas y de la propia existencia «según la carne» es muy poderosa. Había vencido incluso al propio Pablo, «el Apóstol de los Gentiles», a la hora del reconocimiento de quién era y de qué significaba Cristo para él y para el hombre de todos los tiempos y lugares. «Si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne –confiesa él–, ahora ya no» (2 Cor 5,16). Huir del juicio según la carne para juzgar según el Espíritu es lo que nos posibilita la imprescindible apertura de la mente y del corazón para admitir y aceptar nuestra deuda con nuestro hermano Adolfo, llamado ya por el Señor de la vida y de la muerte a su presencia, y para enfrentarnos honradamente con las consecuencias personales y colectivas que debiéramos extraer de la experiencia de las circunstancias tan complejas, duras y dolorosas que enmarcaron su vida y rodearon su muerte. Mirando al bien de España, a su presente y a su futuro:
- La concordia fue posible con él. ¿Por qué no ha de serlo también ahora y siempre en la vida de los españoles, de sus familias y de sus comunidades históricas? Buscó y practicó tenaz y generosamente la reconciliación en los ámbitos más delicados de la vida política y social de aquella España que, con sus jóvenes, quería superar para siempre la guerra civil: los hechos y las actitudes que la causaron y que la pueden causar.
- Su vuelta a una vida de familia más intensa, dedicada al cuidado tierno y sacrificado de la esposa y de los hijos, después de la retirada dolorosa de la vida pública, y el asumir el largo tiempo de la propia enfermedad, humanamente hablando tan oscuro, haciendo propio el dicho de Jesús –«El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna» (Jn 12,25)– nos han dejado un testimonio ejemplar y, en su prolongado silencio, una advertencia elocuente de cuáles son y deben ser los auténticos y fundamentales valores, los absolutamente necesarios, si se aspira a edificar un tiempo nuevo para la esperanza de nuestra sociedad y de cualquiera otra. En una palabra, si se quiere vivir, y ayudar a vivir a sus jóvenes generaciones en libertad, justicia, solidaridad y paz.
- La forma sobrenatural de su aceptación y de su vivencia del sufrimiento en la difícil y heroica temporada de la enfermedad de su hija y de su amada esposa y en los años crueles de la propia, que él asumió enteramente, hablan de un hombre de arraigada y profunda fe cristiana, muy consciente de que siguiendo y sirviendo a Cristo hasta la Cruz estaría con Él y con sus hermanos, amando en el tiempo y en la eternidad. «El que quiera servirme –decía el Señor– que me siga, y donde esté yo, allá también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará» (Jn 12,26). ¡Una buena y hermosa lección para los católicos de esta España de hondas raíces cristianas llamados con urgencia histórica a ser y servir de fermento de nueva humanidad en medio de sus conciudadanos, afrontando humilde y valientemente el compromiso del amor cristiano con la sociedad y con el pueblo al que pertenecen!
4. Son –¡somos responsables!– de que una gran tradición espiritual, que ha configurado en decisiva medida la historia del alma de España –¡su historia interior!–, no solo no se pierda, sino que renazca como esa «nueva criatura» de la que hablaba San Pablo a los Corintios: «El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado» (2 Cor 5,17). Sí, para nuestro hermano esperamos y pedimos fervientemente al Señor Resucitado que lo nuevo, la verdadera y eterna gloria, haya comenzado ya y que la inmarchitable novedad de Cristo vuelva a florecer en España. El Papa Francisco nos ha puesto a los católicos ante el desafío de ser «Iglesia en salida». Lo seremos si estamos dispuestos a ser testigos fieles y consecuentes de lo que el Beato Juan Pablo II llamaba «el Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona humana y el Evangelio de la Vida (que) son un único e indivisible Evangelio» (cfr. «Evangelii Gaudium», 19 y ss.; y «Evangelium Vitae» 12).
5. La Virgen María, la Madre del Señor y Madre nuestra, que ha engendrado en su seno purísimo al Hijo de Dios para que «el hombre viejo» pudiera transformarse en «un hombre nuevo», llamado a su Gloria, quiera acompañar nuestra plegaria en esta Eucaristía por nuestro querido hermano Adolfo y por España: ¡Ella que es la Madre del Amor Hermoso!
Amén.




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