15 de septiembre de 2013

CRISTO ES LA PIEDRA ANGULAR DE NUESTRA HISTORIA, SIN ESA PIEDRA, DESAPARECEREMOS

Una Cataluña cristiana, jamás odiaría ni se separaría de España
Josep Torras i Bages: Cataluña será Cristiana o no será
Y pues Cataluña perdió su fe ¿Creéis que conservará sus raíces?
El enfrentamiento entre los pueblos de España tiene el mismo origen que los odios que ensangrientan Oriente Medio: el olvido de Dios. O, lo que es peor, la suplantación ideológica de Dios.
Una Cataluña recuperada para Cristo volvería a sentirse española -¡españolísima!- sin mengua de su personalidad ni de su rica cultura autóctona. Porque el resultado del ateísmo práctico e ideológico lo padecemos todos: Lo padece Cataluña con su nacionalismo, pero también lo padecemos los demás con el nacionalismo español.
Vivimos una etapa histórica definitiva en la que, aunque muchos no lo perciban, la carga dialéctica de las ideologías ha alcanzado su paroxismo y se convierte en odio. Es una alquimia no siempre advertida, porque se produce tras el disfraz de principios filantrópicos. La idolatría política se ha hecho agresiva porque está sustentada sobre el endiosamiento, egoísta y rebelde, de los individuos.
El edificio construido durante varios siglos, por la negación de la Realeza de Jesucristo – con escasos paréntesis de cordura – se revela ahora sin cimientos ni vigas, poblado por una plaga de termitas. En el temblor que precede al derrumbe, sus estancias están condenadas a chocar unas contra otras, por muy amables que parezcan los decorados.
Una Cataluña devuelta a Cristo sería – Dios quiera que lo sea en un futuro cercano – una Cataluña recuperada para la Verdad. Porque Jesucristo es la Verdad (Jn 14, 6).
Su problema actual de anticristianismo no es más que la versión local de una enfermedad universal. Todo el planeta tiene que volver a Cristo. Es todo el planeta el que debe reconocer la Verdad.
No es sólo Cataluña la que se agita enfebrecida al ritmo que le marcan los mentirosos homologados, la cultura de la mentira y el mentiroso final que tira de los hilos…A Cataluña le han puesto una estrella sobre sus barras de sangre, para que no reconozca su historia; pero a Madrid, por ejemplo, también le han puesto estrellitas sobre un rojo marxista, y a las dos les quieren imponer los templos del vicio, tributos agónicos de la servidumbre. El mal está a la carrera, sembrando corrupción y enfrentamiento.
Quienes debían dar razón del tiempo y de la esperanza están doblados, mudos o cómplices ante el rodillo, con pocas excepciones. Pero Dios sigue siendo dueño del tiempo y el cronómetro corre.

Tanto Cataluña como España van a sufrir, porque el enemigo de su historia las odia a ambas. Y es él quien empuja hacia el choque. La hora de los dolores ya no puede evitarse por procedimientos políticos. Lo más que puede pedirse a esta casta de marionetas democráticas, allí y aquí, es que no abusen del sentido común popular.
Que no tapen sus vergüenzas económicas, sus políticas de expolio de las familias y engorde de los bancos, con trompetas de falso patriotismo. Las clases medias que estabilizaban España están desoladas, aunque no han podido ahogarlas por completo. Quieren llevarnos por la “crisis” al enfrentamiento civil. Quieren convertir a las familias cristianas en células de odio. La siembra ha sido profunda y ya perturba muchas conciencias y ánimos por ambas partes.
El “españolismo” nacionalista de corte jacobino no es más que otro títere del mismo guiñol, igualmente ignorante de nuestra historia y destinado a una dialéctica al margen de la historia y del tiempo. Ni Cataluña ni España pueden quedar exentas de Calvario cuando la Iglesia entera cruje entre la apostasía y la adhesión a la Cruz.

Pero el Calvario puede ser dulce en la esperanza de cercana liberación (Lc. 21, 28): Los verdaderos catalanes, los verdaderos españoles, han de buscar ahora la fe y la confianza más allá de las peripecias políticas. Hay un pueblo catalán consciente de sus raíces, que aparece sofocado bajo el aluvión de la propaganda y de las masas manipuladas. Un pueblo enamorado de Cristo, que sabe muy bien que la “independencia” no es más que el reclamo y la envoltura de la apostasía.
Un pueblo que ha compartido con nosotros las gestas y las persecuciones de otros siglos para permanecer fiel a Jesucristo. El nexo que nos une es demasiado profundo para ser roto por el desvarío de esta hora del parto. Si llegara a romperse, la secesión sería tan breve como va a serlo el imperio del maligno. Secesión efímera, ligada a la hegemonía de la mentira y destinada a ser barrida por el aliento divino.

La única consigna que España puede dar hoy, es la esperanza. No podemos ofrecer a Cataluña ningún proyecto común, confortable, a corto plazo - a la vista está – sino sólo un calvario de resistencia y catacumba. Una esperanza no de base humana ni política, sino de carácter espiritual. El secreto último del momento es tan sencillo como eso: volver a la fe, a la conversión personal, al cambio de vida.
Todo el futuro de Cataluña y de España depende de que yo – yo personalmente – restablezca la Realeza del Señor en mi propio corazón, derrotando al enemigo en mi misma vida. El combate por las superestructuras es necesario – puede ser incluso santificante – pero no alcanza las llaves decisorias del momento. Los obstáculos que hay que superar no podrán ser removidos sin auxilio sobrenatural. Claro, esto no se comprenderá sin un correcto reconocimiento de los tiempos. Sin haber prestado atención humilde y generosa a los dictados de nuestra Reina celestial.

Cuando se conocen los tiempos se restauran, en lo escondido y sin tramoyas, las auténticas libertades, que comienzan siempre por la libertad del alma. Se relativizan las mitologías nacionales, incluidas las españolas. Se interpretan correctamente, incluso, los actuales dolores de parto nacionalistas: “Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino… Y todo esto será el comienzo del alumbramiento” (Mt 24, 7-8).
¿Acaso España no es un plexo de naciones y un conjunto de reinos? Todas y todos se levantan y se revuelven, afortunadamente, demasiado tarde. No se van a llevar a Cataluña al otro extremo del Mediterráneo. No pueden. Sólo intentan separarnos, unos y otros, cavando un foso de odio entre nosotros. Pero el odio y la violencia son sólo males de una etapa sombría, mientras que el Amor, con mayúscula, ya asoma, alumbrado por Ella.


J.C. García de Polavieja P.
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