21 de agosto de 2013

La vestimenta en la Iglesia


Escrito por Autores varios
  
Domingo 21 de Noviembre 2010
ESPECIAL
Image«Aunque sólo iba como turista, no me dejaron entrar al Vaticano debido a la ropa que llevaba puesta» - La victoria histórica del pudor cristiano - Los «no» de la ropa en la casa de Dios - Vestirse bien, ¿vanidad o virtud? 

«Aunque sólo iba como turista, no me dejaron entrar al Vaticano debido a la ropa que llevaba puesta»

Una mujer española, de nombre Náyade Urrerosto, escribía en 2007, en un blog, una experiencia suya que aquí extractamos:

«En mis vacaciones de agosto de este año he viajado a Roma. A pesar de que cada día estoy más alejada de las ‘verdades reveladas’ por ser irracionales, no dudé en dedicar una tarde a visitar el Vaticano. Tras esperar más de media hora en la cola de visitantes y turistas y después de haber pasado por el control inicial del escáner, ví a lo lejos que, en un segundo control, algunos increpaban a un hombre encorbatado (a pesar de los casi cuarenta grados a la sombra), y mostraban su indignación. Ya cerca, pude ver una especie de panel con unos dibujos y unas palabras en inglés que marcaban cómo se podía acceder y cómo no, según la vestimenta que se llevara puesta. El acceso estaba prohibido a los que no llevaran pantalón o falda larga o a los que tuvieran los brazos al descubierto.

«En pleno mes de agosto, con un calor bochornoso, lógicamente pocos eran los que iban vestidos de invierno. La mayoría éramos turistas. Sólo los afortunados que iban en grupos organizados y ya prevenidos de esta norma, no tenían problema de acceso.

«Yo considero esto un despropósito, puesto que mi pantalón corto y mi blusa de tirantes no es un atuendo ni muchísimo menos indecente como para impedirme acceder dignamente al templo cristiano, un recinto religioso público, pues el Vaticano se financia con dinero público.

«Intercambié algunas palabras con una una chica peruana. Me dijo que ya no le interesaba entrar en el macro-templo católico porque se había sentido insultada y humillada como mujer y como ser humano. Tenía razón. La verdad es que estábamos siendo testigos y, a la vez, objeto de una ridícula discriminación más propia de zotes retrógrados y tiranos que de ciudadanos del siglo XXI. ¿Es decente impedir el paso a quien no tapa su cuerpo? ¿Es decente preconizar unas normas de vida rígidas, intolerantes y radicales?».

¿Víctimas o agresores?

La señora Urrerosto se considera, pues, una víctima de la supuesta intransigencia de la Iglesia de Jesucristo. Igual que ella opinan muchos hombres y mujeres.

Según la cada vez más extendida visión mundana, la Iglesia fue fundada por Cristo no para servir como vehículo de conversión y salvación eterna del hombre, sino como estación de servicios a la carta, donde cada quien puede hacer lo que se le dé la gana y tratar a los templos católicos ya no como lugares para glorificar a Dios sino más bien como pasarelas de moda donde en cada boda, en cada Misa de quince años, etc., se hace gala de las más nuevas y voluptuosas tendencias del vestir, donde entre más grande sea el escote o más corta sea la falda se es más chic. ¡Y cuidado con que un obispo, un presbítero o un cristiano seglar les haga ver lo deshonroso de tal exhibición porque se lo comen vivo, acusándolo de «oscurantista», «retrógrado», etc.

Invocar el supuesto «derecho» de ingresar en un templo de Jesucristo con la vestimenta del gusto de cada quien bajo el argumento de que es un «edificio público» es una muestra total de ignorancia, pues sólo el grupo de feligreses se encargan de sostenerlo y nadie más. El recinto del Ayuntamiento, el palacio de Gobierno, la biblioteca estatal, el monumento X o Y, etc., ésa sí es verdadera propiedad pública, pagada con el dinero de los impuestos de los ciudadanos; y ni aun así se puede deshonrar tales sitios, so pena de acabar en prision o pagando una multa.

Los que quieren hacerse pasar por «víctimas» de la Iglesia si ésta les pide vestir adecuadamente son, en realidad, agresores de ella: insultan a Dios y a los cristianos en su propia casa, algo que, ni por asomo, se les ocurriría hacer a los anticatólicos si vistaran una sinagoga o una mezquita.

Hay que hacer algo



Lo que hace el Vaticano y que se repite en los templos romanos debería encontrar eco en el resto del mundo cristiano. Cierto que no faltarán las burlas, tales como las de la señora Urrerosto, que se ríe de los que visten con decencia diciendo que van «vestidos de invierno»; pero eso es algo que no debiera pereocupar.

Hacen falta pastores y fieles más celosos de la casa de Dios, tal como Cristo fue celoso del templo de Jerusalén a pesar de que éste merecía —con todo respeto— mucha menos gloria que la que merece hasta la más diminuta capilla católica donde aguarda en su trono del Sagrario el Rey de Reyes.

«El celo de tu casa me devora» (Jn 2, 17).

D. R. G. B.

Fuente; http://www.elobservadorenlinea.com/content/view/2583/1
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