26 de mayo de 2013

El Evangelio de las gentes sencillas, evangelio para pecadores

 Una cruz en la calle señala el camino al cortejo. Si queréis ser mis discípulos, tomad la cruz de cada día y seguidme. Visto en la calle, la cruz anuncia también que una procesión, incluso la de ayer con la Virgen de la Trinidad, implica que estamos centrados en Cristo. La Madre en este caso, nos lleva más que nunca hacia el hijo. La madre que viene detrás en su trono, es venerada para la gloria de Dios. La cruz, elemento de ignominia se ha convertido en cruz gloriosa, y se presenta vacía, porque Cristo ha resucitado de entre los muertos y está sentado a la derecha del padre.
 La Madre de Dios frente al Sagrario de la Iglesia de la Santísima Trinidad, parece querer envolver con su manto al mismo Sagrario donde su Hijo está presente en el Sacramento del Altar. ¿Y no fue María el primer Sagrario, que albergó en su vientre al Hijo de Dios?
La cruz mostrada al inicio del cortejo, indica que todo esto que hacemos es en el Nombre del que fue crucificado en ella. Somos cristianos. La cruz es nuestra señal. La cruz es nuestro camino. La cruz pesa, pero el Señor la llevó, porque en ella fue crucificado por nuestros propios pecados. Los faroles, alumbran, dan luz. La luz de Cristo. Y Cristo nos dice: "Vosotros sois la luz del mundo". Que al alumbrar y ver vuestras buenas obras, los hombres glorifiquen a Dios, y digan esos son cristianos. Todos pecadores, pero el Señor nos llama a morir al pecado, y ser nuevas criaturas. Este es nuestro camino, este nuestro peregrinar hasta el final de la procesión de nuestra vida.
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