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31 de diciembre de 2012

Mensaje a los Españoles con motivo del Año Nuevo de 1956


31 de diciembre de 1955.

Españoles: 

Al entrar en el umbral del año 1956, en que se van a cumplir veinte de nuestro Glorioso Alzamiento, me dirijo, una vez más, a vosotros con la misma emotiva ilusión de los primeros días del Alzamiento, cuando, con fe ciega en las virtudes de nuestro pueblo, os pedía en nombre de España los mayores sacrificios.

El tiempo no ha podido aminorar aquélla confianza, y cuando un año muere y otro se alumbra, cuando en estas fechas solemnes hacemos revisión del pasado y ponemos nuestras esperanzas en el futuro, no puedo menos de proclamar lo que mi mente acusa: ¡Bendita la tierra que cuenta con tales hijos! Sin duda, los acontecimientos de nuestra Nación forjaron, a través del tiempo y a fuerza de golpes, nuestro espíritu, y al habernos tenido que enfrentar tantas veces, al correr de los años, con la muerte, nos ha hecho más duros, heroicos y pacientes. La aspereza de nuestra geografía, el acoso con que la envidia extraña constantemente nos cercó, nos unieron ante el peligro y nos hicieron mantener alto el espíritu y tensas las virtudes. Si en sus grandes crisis el pueblo español siempre se encontró en su mejor forma, demuestra que las invasiones extrañas sólo alcanzaron a las clases directoras, permaneciendo el pueblo impermeable a sus influencias.

Hoy, sin embargo, tengo que preveniros de un peligro: con la facilidad de los medios de comunicación, el poder de las ondas, el cine y la televisión se han dilatado las ventanas de nuestra fortaleza. El libertinaje de las ondas y de la letra impresa vuela por los espacios y los aires de fuera penetran por nuestras ventanas, viciando la pureza de nuestro ambiente. El veneno del materialismo y de la insatisfacción quieren asomarse a los umbrales de nuestros hogares, precisamente cuando los peligros que al mundo acechan son mayores que nunca. En la Historia alcanzamos lo que fuimos, precisamente por haber sido fieles a nosotros mismos y celosos de nuestras virtudes; mas en el torbellino de la vida moderna suele vivirse cómoda y superficialmente. cerrando los ojos a las desgracias pasadas, abierta la esperanza al logro de las satisfacciones personales; el pasado desaparece difuminado en las nieblas de los tiempos nuevos, y los que hemos sido actores de este último medio siglo de la vida de España vemos incorporarse a las actividades nacionales nuevas generaciones, cada día más alejadas de aquellas lecciones de la Historia.


Este año se unirán a las actividades intelectuales de las Universidades los nacidos bajo el signo de la Cruzada, y aunque su razón se haya alumbrado bajo los resplandores de la Victoria, cuando todavía no se había extinguido el eco de nuestros héroes ni desaparecido el luto por nuestros mártires, pocos conocieron, sin embargo, de los dolores de nuestra Patria y de lo que debemos a aquélla disposición heroica para el sacrificio, a su amor a la tradición y a aquel tesoro de virtudes remansadas en los castillos roqueros de nuestros hogares.

No sería sincero con vosotros si no os diera esta voz de alarma que siento latir en las generaciones que pasan y que desearía transmitir a los padres, a los religiosos, a los profesores, a cuantos tienen una acción rectora sobre las generaciones nuevas, por ser todavía mayores en la paz que en la guerra los peligros que podrían acechar a nuestra Nación por un exceso de confianza.

El equívoco está en que llamamos paz al bienestar exterior que disfrutamos, cuando la vida es lucha y aun en los períodos aparentemente más plácidos y tranquilos el mundo maquina sin que nos apercibamos; las fuerzas del mal no descansan en sus propósitos de destrucción y España no ha dejado nunca de ser el blanco preferido de esas fuerzas, hoy agravado por la herencia de la pasada guerra, que nos dejó como secuela el vivir bajo el imperio de la guerra fría, en que toda maniobra y conspiración contra la paz interna de las otras naciones es tolerada o consentida. ¡Desgraciados los pueblos que no tengan virtudes con qué resistirlas!

Los males no vendrán, como en las viejas contiendas, de fuera adentro, sino todo lo contrario: primero se alcanzará la subversión interior y la acción militar constituirá el epílogo.

Las desgracias patrias no serán ya temporales ni se liquidarán con indemnizaciones, como antaño, en que las naciones caían para luego levantarse y en que el vencedor hacía honor a los vencidos. Hoy es la sistemática destrucción de una sociedad y de una civilización cristianas, la aniquilación más absoluta de la fe con sus sacerdotes y la eliminación de los valores humanos; es la caída bajo la esclavitud ajena y el terrorismo de las checas. Una tribulación desconocida hasta hoy, que es la que sufren aquellos países europeos que, aun sin haber sido enemigos de los soviets, fueron abandonados bajo el imperio de la barbarie roja.

A todo esto se puede llegar por el camino de la división y de las debilidades. El enemigo acecha las ocasiones para penetrar. Por ello el lema de nuestra época tiene que ser el de la unidad sin fisuras. Ser fuertes ante la amenaza. La unidad, con todos los defectos humanos que pudiera tener. La disciplina y la unidad son obligadas, lo mismo en los Ejércitos que combaten que en los pueblos que luchan. No se trata de una convivencia accidental, sino de una necesidad de vida permanente. No es la razón sólo de un vaticinio, sino las lecciones de siglo y medio de historia. He aquí por qué una política que no esté presidida por este concepto resultaría nefasta para la Patria.

Si examinamos lo que bajo el signo de la democracia inorgánica con regímenes de partidos perdimos y lo que bajo la unidad y el sistema orgánico alcanzamos, comprobaremos sus respectivas virtualidades. Bajo la primera, España pasó del cénit de su gloria, bienestar y poderío al puesto más bajo de su historia y al trance de fragmentarse. En cambio, bajo el signo de la segunda vencimos al comunismo internacional que en los campos de España se dió cita, alcanzando la victoria en nuestra guerra de Liberación. Cuando todos nos cantaban funerales considerándonos desangrados y arruinados, levantamos la Patria con nuestro propio esfuerzo. Resistimos las presiones y amenazas de la guerra universal en nuestras fronteras. Deshicimos las invasiones terroristas que los agentes comunistas infiltraron en nuestras serranías, liberándolas de forajidos. Triunfamos sobre la conjura internacional más grave que nación alguna haya resistido. Restauramos nuestra economía y transformamos nuestra Nación a un ritmo y en una escala jamás conocida en nuestra Patria, y logramos que el ser español sea algo que en el mundo se admire y se respete. Que a ello tengamos que sacrificar algo es evidente; pero, ¿se consigue algo en el mundo sin sacrificios?

Pasaron los temporales; sus olas gigantescas se deshicieron en espumas a nuestros pies, y tras las tormentas vimos levantarse un horizonte de claridad y de esperanza. Por muchas que sean las pruebas que el fututo pueda ofrecernos, no podrían jamás compararse a la de aquellos años en que hubimos de sortear los escollos de una guerra brutal, que por distintos lados nos acechaba, o aquellos otros de escasez y de necesidad en que, sin recursos y con la enemiga de fuera, hubimos de satisfacer las necesidades de nuestro pueblo defendiendo nuestro derecho a salvar nuestra soberanía e independencia frente a las asechanzas y conjuras de un mundo envilecido. ¿Qué mayor fortaleza y virtualidad a un régimen puede pedírsele?

Alguien podría decir que veinte años es un plazo suficiente para haber llevado a fin cualquier tarea; pero es preciso poner de relieve que en estos años la mayor parte del tiempo ha transcurrido de tal modo que las circunstancias no hacían sino agravar nuestras necesidades y aumentar en extensión y profundidad los problemas que pesaban sobre nosotros. Veinte años críticos, azarosos, de inquietudes fuertes, en que hemos prevalecido con honor, con gloria y con éxito; en que el pueblo dió un ejemplo de sacrificio y disciplina, que hizo que España no se dejara arrebatar su serenidad y su fe en sí misma, segura del desenlace favorable de aquellas batallas si acertábamos a mantenernos unidos y en orden.
Ha sido una época de prueba esta que hemos pasado. Muchos no se darán cuenta de hasta qué punto hemos vivido una época de nuestra Historia verdaderamente heroica. Las gentes se dejan impresionar por las incidencias del momento, las preocupaciones de cada día y los sucesos inmediatos o inminentes, hasta perder la visión y la noción de conjunto sobre el que están moviéndose y sin el cual no tendrían explicación buen número de esas incidencias y acontecimientos.
El pueblo español es un pueblo de buena fe que, por esa herencia de caballerosidad y de hidalguía, necesita una reflexión especial para cerciorarse, por encima de su modestia, de su verdadera importancia en el tablero de la política mundial. Y porque no siempre reflexiona con perseverancia llega a olvidar con facilidad que está sometido a presiones y campañas específicas destinadas a hacerle formar al servicio de intereses extraños. Libre de la mínima inquietud, el pueblo español se inclina con facilidad a considerarse en paz y olvido de todos y da suelta a sus propios movimientos de humor y a las pasiones en su ánimo. Y es ése precisamente el momento esperado por quienes desde fuera ansían la oportunidad de intervenir de manera sorda o escandalosa, según convenga, en nuestros asuntos privativos, primero para anular la autonomía de la voluntad de España y después para poner al pueblo español a su servicio.
Debe formar parte de la más elemental conciencia nacional saber que España es un factor decisivo en la lucha espiritual contemporánea, en la política europea y en la política africana, y, por consiguiente, es un factor de extraordinario relieve en la política mundial. Es la salud espiritual y es la geografía la que hacen de España un factor histórico tan importante, y por si este elemento geográfico no fuera suficiente, nuestro pasado ha venido a reformarlo hasta lo inconcebible con los lazos que nos unen a América y nuestra afinidad y convivencia con los pueblos árabes.
Si a todo esto añadimos el firme carácter y la insobornable personalidad de los españoles, se comprenderá mejor el rigor y la veracidad de cuanto os digo. El destino espiritual de España, en cualquier caso, está enlazado de una forma precisa con una de las alternativas del destino del mundo. En ese destino del mundo se lucha, como sabéis, a brazo partido y empleando todos los recursos. Por eso es natural que quienes llevan, por su capacidad rectora, la iniciativa en esa lucha, miren atentamente a España. Por esto yo me atrevería a afirmar no sólo que a España no se la ha dejado en paz en todos estos años, como para todos es evidente, sino que no se la ha dejado nunca en paz y que tampoco se la dejará en lo sucesivo.
De aquí que hayamos de vivir en actitud de vigilancia y de alerta. Hoy no hay fronteras que separen con precisión o independencia nuestra política interior y nuestra acción exterior. No podremos tener voluntad fuera si no tenemos unidad y fortaleza dentro, lo que nos impone una unidad y una entonación moral interna, que no se logra sin sacrificios, seguros de que con ello contribuimos positiva y sustancialmente al bienestar general y a la grandeza de nuestra Patria.
Si miramos al contenido político de estos veinte años de gobierno y al gran imperativo revolucionario al que nos debemos los españoles de hoy, ya es un éxito incomparable en la Historia española este hecho de que podamos considerar la perspectiva y la trayectoria de estos veinte años. Es un gran éxito, que no puede discutirse ni empequeñecerse, el que hayamos podido superar la antigua inconsciencia de la vida política española y que nuestra Patria haya encontrado sus caminos propios de evolución y desenvolvimiento político en la unidad y en el orden.
Si por los frutos se juzga de una obra, hemos de reconocer la fecundidad de un sistema político que nos ha permitido ganar una guerra, librarnos de otra, resistir la conjura internacional más grave que registran los tiempos, hacer renacer la Nación y su economía de las cenizas y realizar un programa de justicia y seguridad sociales, que, aunque no nos satisfaga plenamente por los imperativos de orden económico que en alguna ocasión lo desvirtúan, ha elevado el nivel de vida de la gran mayoría de los sectores del país.
El que alejándonos de los partidos políticos, de historia tan triste y de balance tan catastrófico, hayamos buscado la asistencia a las funciones públicas a través de las organizaciones naturales constituidas por la Familia, el Sindicato y el Municipio, en que el hombre se desenvuelve, como Su Santidad nos recordaba en su último Mensaje, nos permitió redimirnos de tan desdichado y artificial engendro de los partidos, tan estrechamente unidos a las desgracias de nuestra Nación.
¡Qué resplandores de luz y de sabiduría no se derivan de todo aquel Mensaje, y qué grandeza de normas para presidir la vida y las relaciones políticas entre los pueblos! ¡Qué satisfacción íntima debemos sentir los españoles al ver proclamar por tan preclara y gran autoridad muchas de las normas que voluntariamente elegimos para presidir nuestros destinos, hace cerca de veinte años!
Los pueblos creyentes no podemos pensar ni obrar como los carentes de fe. Han de presidir sus actos los principios de la fe que profesan. Los que de ella carecen están destinados a sucumbir al materialismo grosero, que mina la sociedad moderna. Si nosotros constituimos un pueblo católico, nuestra política ha de discurrir bajo los principios de la fe de Cristo, ya que si confesamos una religión y creemos en la existencia de un Dios verdadero, no podemos menos de subordinarnos a los dictados de la ley divina; mas ante el soplo de aquellos vientos que de fuera nos vienen es necesario grabemos en el ánimo de los españoles que no somos iguales las naciones ni los pueblos; que los que tenemos la suerte de conservar el tesoro de nuestra fe no podemos obrar como los que, apartados o ignorantes de ella, discurren por caminos equivocados. Lo que aquellos, en su inconsciencia, tienen por lícito o tolerable, no puede coincidir, la mayoría de las veces, con lo que el rigor de nuestra conciencia nos reclama.
El destino colectivo de los pueblos está más íntimamente subordinado de lo que ellos mismos creen a la benevolencia divina, ya que no sólo el poder de Dios actúa al final de nuestra vida, juzgándonos con arreglo a nuestros hechos, sino que la mayoría de las glorias o de las tribulaciones que en la historia de las naciones se registran, son derramadas por la mano del Todopoderoso; por esto, no es indiferente para el progreso y el porvenir de los pueblos el cómo discurra su vida espiritual y colectiva, y ante los vicios de las modernas urbes, con su apostasía de la fe y su caída en la corrupción y los vicios más abyectos, tiene que sobrecogerse nuestro ánimo y recordar la suerte que les cupo en la Historia a otros pueblos envilecidos, y pensar en los efectos apocalípticos de las armas nucleares.
Que nuestra política, sirviendo al interés común de los españoles, ha servido a los de la Iglesia Católica en nuestra Nación es evidente; hubo un tiempo en que la política de los partidos, con sus luchas y banderías, atacando a la Iglesia en sus derechos, la acorraló entre aquellos grupos que no le eran hostiles, pero la apartó con sus campañas y propagandas laicas de las clases trabajadoras, a las que se la presentaron como afecta a sus enemigos y opuesta a sus aspiraciones, cuando precisamente con su gran espíritu de elevación social, su caridad y su justicia, había estado siempre, al correr de diecinueve siglos, con los humildes frente al abuso de los poderosos. Hoy saben las masas españolas que la ley de Dios no sólo no les priva de sus lícitas aspiraciones, sino que, a través de su espíritu de justicia insobornable y de la caridad que profesa y practica, les abre y garantiza el camino para el logro de la justicia y de la seguridad sociales.
La experiencia ha venido demostrando a los españoles que no basta que las leyes sean justas si no existe una recta moral que las administre y las aplique; que no es suficiente el cumplimiento estricto y literal de los preceptos legislativos si no existe una conciencia y una voluntad de que se cumplan, y si al hombre no le miramos como portador de valores eternos, hecho a imagen y semejanza de Dios.
El hecho es que nuestra política ha despertado en la Nación inquietudes nuevas, y si en algunos momentos puede acusarse entre nosotros la insatisfacción es porque somos mucho más exigentes con nosotros mismos y deseamos ver realizado en años lo que esperamos siglos.
Este despertar de la vida española se acusa en toda la geografía de España: en la vida y los programas de sus Corporaciones, en las reuniones y Consejos de los Sindicatos, en sus Juntas ordenadoras de carácter económico social, en la multiplicación de las instancias que al Estado se elevan y en el diálogo constante de la Administración y de los órganos de gobierno con los pueblos y sus asociaciones naturales. Hemos sustituido una democracia formalista y huera por la práctica real de una democracia orgánica y fecunda, que ha alcanzado en pocos años lo que muchos no imaginaban pudiera alcanzarse en siglos. Y si fuera poco, para aquellos grandes casos de duda y trascendencia, tenemos la institución del Referéndum, para someter nuestras cuestiones directamente a la sanción del pueblo. España ha encontrado el camino de su porvenir fuera de las soluciones trilladas desacreditadas por la experiencia histórica, y se encuentra en posesión de soluciones políticas nuevas, sólidamente construidas, dueña de sí y con un horizonte político luminoso y propio.
Nuestro Régimen, por otra parte, es de constitución abierta y no cerrada, y está dispuesto a todos los perfeccionamientos que las necesidades del país, al correr de los años, pudieran aconsejarle, sin que por ello padezcan las esencias y principios de un Movimiento como el nacional, que costó tanta sangre y sacrificios el alumbrar y que durante veinte años ha demostrado probadamente su eficacia.
La extensión y arraigo de esta política en toda la Nación al correr de estos veinte años ha dado a España, con la cohesión y el entendimiento, la satisfacción moral de ver, a través de una política, realizado lo que estima conveniente y del mejor modo. La conformidad en unos y la posibilidad de acción moral en los otros a través de sus organismos naturales, son en sí mismo elementos de la paz civil y de la convivencia política asentada, flexible y eficaz.
Una de las armas que contra nuestra estabilidad política se viene esgrimiendo por los enemigos de fuera, secundados por los pobres de espíritu de dentro, es la del mañana, cuando llegue el día en que pueda faltaros mi capitanía. Para cuando pudiera producirse esa crisis en la continuidad de mi dirección, nuestro pueblo debe tener el hábito de ejercitar nuevos recursos de vida política dignos de fe, por manera que el espíritu público imponga la tramitación y la solución de la crisis mediante esos mismos recursos y por el cumplimiento de las leyes. Esta es, o ha de ser sin género de duda, la máxima garantía de la continuidad política.
El problema general y básico de la continuidad y la estabilidad política no se resuelve solamente con fórmulas de sucesión en la Jefatura del Estado. Por ello, en cuanto sobre esta materia está previsto, no hemos de ver sino una parte complementaria de la solución profunda que dota al pueblo español de los instrumentos de vida política que hayan conquistado su espíritu por la eficacia y la autenticidad de los mismos. La continuidad y la estabilidad políticas necesitan ser previas, como consecuencia de su propio y sólido asentamiento. Sólo sobre esos supuestos puede alcanzarse la sucesión como una repercusión o consecuencia obligada de la misma continuidad y estabilidad política.
Que nadie intente introducir entre los españoles confusión a este propósito. Se equivocarían quienes pudieran suponernos extraviados por la magia del sistema, de los nombres o de las personas. No hay nada con lo que el pueblo español pueda suplir a la necesidad de mantenerse unido, a la necesidad de tener conciencia de sus intereses y conveniencias y a la necesidad de hacer frente a su porvenir y de someterse a las exigencias que impone la conquista de la prosperidad y de la grandeza nacionales.
Si nosotros alimentamos una gran fe y esperanza, una seguridad moral en nuestra obra y en los frutos duraderos de la Revolución nacional es porque creemos contar con alcanzar en toda su plenitud esas condiciones previas y necesarias de la continuidad y de la estabilidad políticas, respecto a las cuales el cambio en la dirección del Estado no es más que un complemento conveniente, pero en ninguna manera imprescindible. Lo único imprescindible para la prosperidad y la grandeza de España es la unidad entre los españoles y su salud moral y física. Todo lo demás ha de merecer nuestras preferencias por cuanto abone, asegure y acreciente esa unidad y salud. Por eso hemos insistido en que la sucesión del Movimiento Nacional es el propio Movimiento Nacional, y que al convertirse en Reino por refrendo público no puede ser en su futura expresión más que el fruto, la consecuencia del cumplimiento feliz de la visión histórica del Movimiento Nacional y un medio más para la prosecución de su obra y de su existencia. Las previsiones que en este orden la ley de Sucesión establece son la mejor garantía de la proyección en el mañana de nuestro Movimiento. Otra cosa sería la renuncia a nuestras mejores tradiciones y menoscabar la unidad y la autoridad, al entregar periódicamente la suprema magistratura de la Nación a las pasiones y a las discusiones de los hombres.
La unidad de la Nación hemos de construirla sobre lo que nos une y no sobre lo que nos separa, sobre las esencias más que sobre las formas; que es grande la tarea que necesitamos si hemos de hacer honor al compromiso contraído con quienes lucharon con nosotros y los que cayeron heroicamente en la lucha. No puede bastar un éxito a medias ni un triunfo temporal, sino la consolidación y la proyección en el futuro de nuestra Revolución. Mantener en lo eterno un motivo de orgullo nacional no menor a lo que representa la Historia de nuestros grandes siglos y conquistar un nuevo puesto para España por su prestigio y su valer en el concierto de las naciones. Yo apelo a las generaciones nuevas para que se apresten a la tarea y pido a los fatigados que se sientan sin espíritu de sacrificio, sin energías o sin capacidad creadora, mental o moral, que cedan el paso a los hombres de fe y se acojan al retiro honorable de quienes han servido.
El mundo envejecido nada nos ofrece para estas necesidades nuestras. No hay fórmula o expediente de fuera en el que podamos pensar. Hemos debido forjamos nosotros mismos nuestra solución, porque la personalidad del pueblo español es única y son únicas y sin semejanza nuestras circunstancias históricas. Considerad las tristes y desastrosas consecuencias que ha tenido para España el buscar en doctrinas ajenas la solución de sus necesidades. Si nuestro Movimiento político no tuviera tantos títulos para ser acreedor al reconocimiento del país y al homenaje que le tributarán las generaciones venideras; si no encerrase tanto sacrificio, tanta lealtad, tanta abnegación y tanta nobleza, le bastaría el habernos librado de las servidumbres que aherrojaban a nuestra Patria y, rompiendo con aquella farsa, haberla proporcionado con el sindicalismo nacional y sus representaciones naturales una alternativa propia de organización social y política en régimen de libertad individual y colectiva. Con él hemos llegado a un nuevo sistema de formas políticas, de libertad, que, si no son perfectas, sí son perfectibles, que cambiando los principios de las viejas concepciones doctrinales y filosóficas que hicieron de la llamada democracia inorgánica un deletéreo factor de perturbación espiritual y político, nos ofrece una concepción nueva y más eficaz en las formas de cumplimiento y ejercicio de las funciones de la representación pública, que ha demostrado llenar cumplidamente nuestras necesidades.
Tal vez uno de los defectos más graves de la idiosincrasia española sea la egolatría que muchos españoles padecen, que les arrastra a creer que el mundo gira a su alrededor y no saben ver la realidad de una situación y, despreciando el sentir de los otros, no miden todo el peso de los hogares en la vida pública y la sensatez de las clases más numerosas encuadradas en las Organizaciones sindicales. Esta es la España verdadera y no la vanidad egolátrica de determinadas individualidades.
Es evidente que en todo concierto se acusan más los sonidos de los que desafinan que los que permanecen en el conjunto de la armonía. Por ello, no debemos dejarnos impresionar por los resabios liberales que en la vida de relación de vez en cuando se acusan, que, cual sepulcros blanqueados, no les faltan brillantez y encanto, pero que al acercarse a ellos se aprecia aquel tufillo o hedor masónico que caracterizó a nuestros años tristes. He aquí un papel para nuestra mejor intelectualidad: el salir al paso de esos errores con una dialéctica fecunda y convincente. No por considerarnos dueños de la verdad nos debemos creer en el deber de imponer nuestras ideas. No basta nuestra razón; en las batallas del pensamiento convencer es esencial.
Yo tengo la seguridad moral de que la juventud española de hoy, lejos de naufragar entre los factores actuales de la crisis política contemporánea, sabrá oír nuestro llamamiento, penetrar en la entraña de los hechos y aportar su generosidad, su preparación y hasta su vigor físico a esta acción y lucha española. Sería desconocer a los españoles si, conociendo la profundidad, la grandeza y la congruencia de nuestro empeño, dudásemos de que su corazón y limpieza de espíritu les hará recoger esta bandera y activa y apasionadamente servirla, tanto con su inteligencia como con sus energías.
He querido atraer vuestra atención y centrarla en estos grandes problemas generales y de conjunto como un modo de exhortación a todos a elevar su vuelo mental en materia política, para aumentar la luz y el aire que necesitamos. Nada peor podría sucedernos que perder el sentido de la magnitud y de la visión de conjunto, la índole de los acontecimientos a que asistimos y las necesidades a las que hemos de atender.
Me he extendido tanto en estos problemas generales y de conjunto, que por una vez he dejado a un lado el análisis pormenorizado de la situación de España en el interior y exterior, como he venido haciendo en otras ocasiones, pero que por haberla vivido ya conocéis. Sólo os diré a este respecto que vivo con vosotros vuestras horas y vuestras inquietudes y que pongo, como mi Gobierno, todo mi espíritu al servicio de vuestro bienestar. El gobierno de una Nación sabéis no es cosa simple, y por mucha que sea la virtualidad de un régimen y el celo e interés de sus gobernantes, son muchos los imperativos que pesan sobre una sociedad, de los que no se puede hacer tabla rasa. Toda transformación requiere una fuerte base económica. Por muy a prisa que quiera ir nuestra voluntad, las leyes económicas tienen sus exigencias y sus límites, y los pasos han de ser firmes y seguros, si queremos que los beneficios que perseguimos no se conviertan en males.
Hay, sin duda, en el mundo un movimiento secular, lento, pero ininterrumpido, hacia el encarecimiento de la vida, como es fácil comprobar examinando a largo plazo los índices internacionales de precios, sin que haya fronteras ni cordones sanitarios capaces de impedir la propagación de este movimiento. Ahora bien; si el hecho es inevitable, no son inevitables sus consecuencias, gracias a prudentes reajustes de salarios y a la reducción, también progresiva, de los costos por los avances de la técnica y de la capacitación obrera. Lo que no se puede admitir es que este fenómeno, que no es nuevo, sino tan viejo como la más vieja sociedad con actividades mercantiles, sea utilizado por la avidez de una especulación sin escrúpulos para crear un clima de alarma y desconfianza.
Cuando el país se encuentra abastecido de mercancías; cuando han podido desaparecer definitivamente los racionamientos que afectaban al consumo; cuando la producción básica va alcanzando niveles cada vez más altos; cuando han transcurrido cuatro años de estabilidad apreciable y de progreso; cuando la renta nacional supera los niveles más altos de nuestra Historia y el signo monetario consolida en el exterior el sostenimiento de sus cotizaciones, resulta inadmisible pretenda crearse una inquietud con inconfesables fines de lucro o de servicio a una política antiespañola. Por ello no debemos ver con frivolidad e indiferencia esas maniobras, siempre interesadas.
Por mucho que nos satisfaga lo que en las condiciones tan difíciles de estos años hemos ya conseguido, más nos ilusionan las metas próximas señaladas a nuestra labor, entre las que destaca el objetivo central y permanente de elevar el nivel de vida de los españoles. Para conseguirlo perseveraremos en nuestro empeño manteniendo el impulso del progreso económico dentro del mayor y más sereno equilibrio, cuidando de mantenernos siempre en el campo de la estabilidad. Por ello precisamente resulta ocioso el afirmar que hemos de seguir defendiendo y manteniendo el poder adquisitivo de los sueldos y salarios de las clases confiadas a nuestra tutela y apoyo. Por ese camino no escatimaremos esfuerzos y haremos que los recursos disponibles se apliquen con la máxima coordinación y alcancen la máxima eficacia, y así atajaremos todo intento contrario a los objetivos perseguidos.
No dejaremos que nuestra Revolución se pare ni retroceda, y todas nuestras conquistas y ansias de mejora se derrumbarían si decayese el poder de compra real y efectivo de nuestra moneda, que es interés de todos sostener sin consentir que se especule con aumento de precios, fundamentándolo en oportunos aumentos de salarios. El pueblo debe conocer que todo cambio en el precio de las cosas representa unos márgenes de enriquecimiento para fabricantes, almacenistas y comerciantes, por revalorización de sus existencias, que vendrían a pagar todos los españoles. Por ello, el Gobierno, atento a los intereses generales y apoyado por los Sindicatos, pone todos los medios a su alcance para evitarlo. A los empresarios y comerciantes honrados se les ofrece, con el progreso general de la Nación y la correspondiente elevación de consumo, un espléndido horizonte.
Que a aquel lento proceso de encarecimiento general de la vida han de seguir las naturales y periódicas revisiones de las remuneraciones del trabajo, constituye para todo Estado social un claro deber; pero hay que perseguir que los aumentos de salarios sean absorbidos en su mayor parte por los aumentos que puedan lograrse en la productividad, por la propia economía de la producción y que no lleguen a reflejarse sino en una parte mínima en los costes y, en su caso, en los precios. Si así no se hiciese se iniciaría fatalmente la espiral de la inflación. Este es el único camino para que el nivel creciente de nuestro progreso económico se vaya reflejando de manera efectiva y real a través de la más ambiciosa justicia social en los hogares de nuestros productores.
Tened fe en nuestro espíritu de servicio al bienestar general de los españoles y en este sentido de justicia para, en la medida que la situación nos permita, poder satisfacer las ansias de mejora de los distintos sectores, pues no podemos ni debemos olvidar a nuestra sufrida clase media y a nuestros funcionarios y empleados, a quienes tan gravemente han venido afectando las alteraciones en el coste de la vida.
Yo espero que en el año que comienza continuaremos recogiendo frutos abundantes de estos años de intensa preparación y de trabajo y que podamos acometer otros problemas, como el de la orientación, protección y ayuda a nuestros emigrantes y el que se presenta a nuestras juventudes estudiosas por la escasez de vacantes y puestos en muchas profesiones, consecuencia de la prolongación que va teniendo nuestra vida media. Esto es, continuaremos nuestras batallas y emprenderemos otras nuevas.
Pido a Dios, para terminar, en el umbral de este nuevo año, que siga teniendo bajo su mano y dispensando su protección a esta España nuestra, haciéndola digna de ser empleada en su servicio y en su gloria, y que nos siga dando el ánimo y los medios para afrontar satisfactoriamente los trabajos necesarios para la paz, la grandeza y la prosperidad de España.
¡Arriba España!
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