5 de septiembre de 2012

HOMILIA DEL QUINTO DIA DE LA NOVENA A SANTA MARIA DE LA VICTORIA

Día 5: María, mujer contemplativa

«¿Qué es esta vida si, llenos de preocupaciones, no tenemos tiempo de pararnos y mirar?» Estas palabras de un poeta y vagabundo galés sitúan ante la realidad de la contemplación. Algo que brilla por su ausencia en algunos creyentes. Hay quien apenas repara en lo que ocurre a su alrededor. Hay quien olvidó dejarse sorprender como cuando eran niños. 
 
María de Nazaret, la eterna niña, la eterna pura, la mujer contemplativa por excelencia es modelo de contemplación.  Lo que le ocurría lo meditaba en su interior, en su corazón, leeremos en el Evangelio.  La contemplación es un vehículo privilegiado para ir consolidando la llamada a la santidad que todos tenemos.  Nos permite vivir la vida con la mirada de Dios.  Con la mirada de la eterna infancia, si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos.  ¿Te suena de algo la frase?
Buscamos en libros de autoayuda, en palabras humanas algo que oriente nuestra vida y, con cierta frecuencia, olvidamos que la contemplación abre a la Trascendencia y a la verdad última del ser humano.  Al sentido último de la vida.  El camino hacia el interior y hacia lo que trasciende es una vía de iluminación interior privilegiada que Santa María de la Victoria vivió con la fuerza de quien se sabía de Dios y había abandonado su vida a Dios.  Entregando su vida a Dios. Es una experiencia que abarca todas las dimensiones de la vida personal y se extiende al ser y hacer de la persona, desde la autonomía de la conciencia y la aspiración a la felicidad.
Hubo quien afirmó que el cristiano del siglo XX será un místico o no será cristiano; hoy quizá cabría ampliarlo y decir que la persona del siglo XXI será mística o no será persona si por mística entendemos aquella persona que ha descubierto el fondo incandescente y divino que reside en el corazón de cada ser.  
La crisis que atravesamos caracterizada por un gran desconcierto denuncia por una parte un aspecto aburrido, definitivamente anacrónico de una civilización materialista, que intenta aún ofrecerse como portadora del futuro. Contra esa ilusión, la reacción instintiva de numerosas personas a través de manifestaciones o declaraciones revestidas de violencia o de esperpento; manifiesta, dentro de sus mismos excesos, una cierta significación. Esta generación está esperando otra cosa. ¿No ves que algo nuevo está naciendo? Precisamente por eso estás llamado a mostrar el camino de la experiencia trascendente.  Se trata de mostrar el camino de la salida a la crisis espiritual y de valores que atravesamos como si de un desierto se tratase.
Los primeros Padres del cristianismo hablan de que si bien fuimos creados “a imagen y  semejanza de Dios”, al dejarnos llevar por la pulsión de apropiación perdimos la  semejanza  pero no la imagen que es la huella o semilla divina  presente en todo ser humano.   Por tanto, la tarea de toda persona es la de restaurar la semejanza con Dios: pasar de la pulsión de apropiación a la actitud de donación. Y en María encontramos el modelo de creyente que alcanzó plenamente esta restauración.  Esta tarea no es un lujo reservado a algunos, sino que es camino de humanización indispensable para todo el mundo.  Y de santidad.  Y que Santa María de la Victoria experimentó.  ¿Quieres ser un hombre, una mujer de Dios?  Contempla cómo vivió María la experiencia trascendente en su vida. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, Él entonces nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible.  Aunque para eso sea necesario convertirnos.
La primera palabra de la primera predicación de Jesús de Nazaret fue: “convertíos”. La palabra aramea utilizada por Jesús fue “tob”, “volver” “refluir en Dios”. En griego, el término es metanoia:ir más allá, elevarse más que la mente. En latín, conversión significa trastocarse, dar un giro.   Implica un  nuevo estado de conciencia que supone experiencia de Dios y de la propia interioridad que reside en el corazón. Pero no el corazón entendido como el órgano de la afectividad sino el ámbito más interno y transparente, que se convierte en “sede” del espíritu. Lo que los hebreos llaman leb. Y es precisamente ahí, en el espíritu a través del corazón donde se da el encuentro con la Trascendencia.  Sumergir en el interior el intelecto y que toda actividad se realice desde el corazón es signo de madurez.  Y es que el viaje hacia la propia interioridad, de la mano de la contemplación, hacia la tierra sagrada del corazón de cada uno es el viaje más bello e intenso que podemos realizar, junto a Santa María de la Victoria, hasta el momento de nuestra muerte.
 
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