16 de septiembre de 2012

HOMILIA DEL OBISPO EN LA EUCARISTIA DEL DIA DE SANTA MARIA DE LA VICTORIA PATRONA DE MALAGA

SANTA MARÍA DE LA VICTORIA
PATRONA DE LA DIÓCESIS DE MÁLAGA
(Catedral-Málaga, 8 septiembre 2012)

Lecturas: Miq5, 1-4; Sal 12; Rm 8, 28-30; Lc11, 27-28.

La Virgen María, fiel oyente de la Palabra

1. La fiesta de nuestra Patrona, Santa María de la Victoria, tiene lugar al inicio del curso pastoral, como un arco de entrada ante la tarea que nos espera. La Virgen nos acoge maternalmente y nos da ánimos para proseguir la misión, que a cada uno le encomienda el Señor.

En el presente curso celebramos varios acontecimientos eclesiales, a los que el Santo Padre, el papa Benedicto XVI, nos convoca. Estamos a las puertas del Año de la fe, que conmemora el 50 aniversario del inicio del Concilio Ecuménico Vaticano II y el 20 aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, fruto fecundo del Concilio, cuya lectura tranquila y serena os recomiendo. También celebramos la declaración de san Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia, en reconocimiento a su insigne doctrina, sobre todo respecto al sacerdocio.

La celebración del Año de la fe es un hermoso regalo y una gran oportunidad para todos nosotros, porque la fe en Jesucristo es el bien más precioso de la Iglesia y de cada uno de sus miembros. La Iglesia existe por la fe y vive para transmitirla, para evangelizar, anunciando a Jesucristo como Señor, Redentor y único Salvador de los hombres (cf. Evangelii nuntiandi, 21).

El Santo Padre ha convocado también la décimo tercera Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en Roma del 7 al 28 de octubre de 2012, sobre el tema: «Nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana». Como afirma el Papa, la celebración del Sínodo será una buena ocasión para introducir a todos los miembros de la Iglesia “en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe” (Porta fidei, 4).

Pedimos a Santa María de la Victoria que nos ayude a comenzar este curso pastoral con ánimo confiado y esperanzado.
2. El evangelio de hoy nos presenta una simpática escena, en la que una mujer del pueblo se dirige a Jesús para alabar a su Madre María. Dice el texto, que hemos escuchado: «Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío levantando la voz, le dijo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lc 11, 27). Probablemente si lo hubiera dicho una malagueña, hubiera utilizado otras palabras más expresivas.

Ya conocemos la respuesta de Jesús: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Con ello no menosprecia la alabanza de la mujer hacia su santísima Madre; sino que pone en el centro de la atención el verdadero motivo de la alabanza: la Madre es bienaventurada por su maternidad; pero aún lo es mucho más por ser discípula fiel, que escucha la Palabra de Dios.
Jesús reafirma la importancia y la dicha de ser discípulo y la aplica a la Virgen, su Madre. Como ha afirmado San Agustín: “Ciertamente, cumplió Santa María con toda perfección la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo; es más dichosa por ser discípula de Cristo, que por ser madre de Cristo” (San Agustín, Sermón 25,7: PL 46, 937). Palabras profundas, cuyo significado pleno quizás no llegamos a alcanzar. El relato evangélico nos invita a acoger la Palabra de Dios como María, cuya grandeza le viene precisamente de la escucha atenta y de la acogida fiel de esa Palabra.

En el presente curso pastoral asumiremos como segunda prioridad, además de la celebración del Año de la Fe, “potenciar el conocimiento de la Palabra de Dios y la lectura orante de la misma”. Hemos de ser fieles oyentes de la Palabra, como la Virgen María.

3. La actitud de fe de la Virgen, que acoge la Palabra divina, le lleva por un camino de fecundidad espiritual, como nos recuerda el papa Benedicto XVI: “Por la fe, María acogió la palabra del ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4)” (Benedicto XVI, Porta fidei, 13).

4. El creyente, todo cristiano, busca la sabiduría de Dios y desea penetrar los secretos de la vida, encontrar el sentido trascendente de las cosas y descubrir que todo lo que viene de Dios sirve para el bien, pues es expresión de su amor, como dice san Pablo a los Romanos: «Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien (Rm8, 28). Todo sirve para el bien, incluso lo que nos parece mal, como la enfermedad y la misma muerte.

Alegre por esta profunda experiencia prorrumpe en una alabanza a Dios, su creador y salvador: «El Señor me concedió lo que pedían mis labios, con mi lengua le daré gracias» (Eclo 51,22). Demos gracias a Dios en todas las circunstancias de nuestra vida; no solo cuando nos va bien, según nuestros criterios o se realiza lo que deseamos, sino cuando parece que sean adversas las cosas.

La Virgen, Santa María de la Victoria, ha buscado la sabiduría de Dios y la ha encontrado en la escucha atenta y fiel. Ha hecho de ella el tesoro más precioso de su vida. La contemplación y la penetración de las cosas de Dios le han hecho percibir la vida de una manera distinta a los hombres y mujeres de su tiempo.
María meditaba y «conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2, 51). Meditar la palabra de Dios nos enriquece, y contemplar los misterios divinos nos ayuda a penetrar en su conocimiento. La Virgen María meditaba la Palabra de Dios en su corazón y contemplaba, agradecida, las maravillas que Dios obraba en su vida. Esta actitud orante de la Virgen la hizo capaz de cambiar sus propios planes, para aceptar de buen grado la voluntad de Dios: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), le respondió al ángel.

Queridos hermanos, queridos malagueños y queridos devotos de Santa María de la Victoria, ¿seremos capaces nosotros de escuchar la Palabra, que Dios nos dirige, y de cambiar los planes, que nos hemos forjado para nuestra vida? ¿O tal vez la Palabra divina resbala sobre nuestra voluntad, que ya ha tomado sus decisiones irrevocables? A veces nos quejamos de que los que nos sucede en la vida no es lo que habíamos deseado; otras veces vivimos la contradicción de que rezamos en el Padrenuestro que se haga la voluntad de Dios, pero, en el fondo, estamos pidiendo que se haga la nuestra. María, hoy en su fiesta, nos anima a revisar esa actitud de fe.

A fuer de oírlo muchas veces pensamos que le resultó fácil a la Virgen María aceptar los planes de Dios, tan sorprendentes y exigentes a la vez. María escuchaba con reverencia filial la Palabra de Dios, meditándola en su corazón. Ella nos invita a escuchar con obediencia fiel y a cumplir con docilidad lo que Dios nos dice. Pidamos a Santa María de la Victoria que nos ayude a acoger, con amor y gozo, la Palabra divina y a estar dispuestos a cambiar en nuestra vida lo que la voluntad del Señor nos exija.

5. Este Año de la Fe, al que nos convoca el papa Benedicto XVI, es una ocasión propicia para revisar y profundizar nuestra relación con Dios, para purificarla y potenciarla, para vivirla al estilo de Santa María de la Victoria, nuestra Patrona. La fe, hermanos, no es una simple aceptación intelectual de unas verdades reveladas, sino una adhesión de corazón, una adhesión personal a Dios; adhesión libre, pues nadie puede obligar a otro a creer, como tampoco se puede obligar a otro a amar. La Virgen quedó plena y totalmente prendida del amor de Dios. ¡Ojalá quedemos también nosotros prendados de este amor!

La imagen de «la puerta de la fe» es muy sugestiva. El libro de los Hechos narra que Pablo y Bernabé contaban a los hermanos todo cuanto Dios había hecho y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe (cf. Hch 14, 27). Esta puerta “introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida” (Benedicto XVI, Porta fidei, 1).

La fe se vive como experiencia de amor, como dice el Papa: “La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor, que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan, para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos” (Benedicto XVI, Porta fidei, 7).

6. En esta fiesta de Santa María de la Victoria unimos nuestras voces agradecidas, junto a las voces de nuestros antepasados, para dar gracias a Dios y proclamar dichosa a María por haber sabido escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica (cf. Lc 11, 28).

Recogemos la antorcha encendida de tantas generaciones de malagueños, que han proclamado a Santa María de la Victoria como Patrona y damos gracias a Dios por las maravillas, que ha obrado en María, haciendo fecunda la acogida de la Palabra en cada uno de nosotros.El Señor nos invita hoy a escuchar su Palabra y a aceptar su voluntad con prontitud y generosidad, como María.

¡Queridos cofrades, devotos de Santa María y fieles todos, renovad vuestra fe en Dios! ¡Abrid vuestro corazón a su Palabra, que ilumina, penetra como espada de doble filo (cf. Hb 4, 12) y salva, sana por dentro! ¡Vivid acogiendo la voluntad de Dios en vuestra vida, aunque rompa vuestros esquemas y desbarate vuestros planes! ¡No tengáis miedo!

Pedimos la intercesión de Santa María de la Victoria, para saber escuchar la Palabra de Dios y aceptar la voluntad divina, como lo hizo Ella. Junto a María, fiel oyente de la Palabra, acojamos a Cristo, Palabra eterna, para que nos ilumine con su luz y nos transforme con su presencia amorosa. Amén.
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