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3 de abril de 2012

Esta noche soñé...

Todos se volvían contra mi. Esa era mi sensación. Un sacerdote que tenía por amigo se convertía en acusador mío. Estábamos dentro de una Iglesia y había revuelo. Uno en concreto se levantó de su asiento (un banco de la Iglesia al final de la Iglesia), el que menos esperaba, y me señaló con el dedo acusador y con cara agria me reprendió delante de todos. Me sorprendía verle la cara y ese cambio de actitud conmigo. Iban a hacerme una especie de juicio allí mismo. La acusación era una mujer de pelo blanco, que iba a hablar a todos desde el ambón de la Iglesia a modo de atril de discursos. Yo estaba indignado, temeroso, pero al mismo tiempo pensé que al fin me iba a poder defender públicamente de todas las acusaciones y de todas las tensiones. Tenía miedo de hablar delante de la gente porque pensaba que me iba a poner nervioso, no saber que decir, y no poder defenderme correctamente. Sin embargo, de repente vi la luz. Me retiré del lugar mientras la señora hablaba a la gente para no oír y no ser distraído. No me interesaba oír, puesto que yo ya sabía la verdad, y lo único que necesitaba era defenderme, y estaba seguro de que cuando hablara públicamente a todos, lo iba a hacer tan bien que las acusaciones se iban a caer por su propio peso una por una. Lo último que recuerdo del sueño es que estaba ansioso por que la mujer acabara de hablar, y que salí al lugar que más que una Iglesia parecía un teatro y yo en una tribuna de oradores. Es más, moví el ambón al centro del lugar, con rabia, y me coloqué todo lo más cómodo posible. Ya no recuerdo más.
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