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30 de marzo de 2012

HISTORIA DE LA SEMANA SANTA DE MALAGA

La celebración de la Semana Santa en nuestra ciudad adquiere forma de procesiones con la Reconquistade la plaza por parte de los Reyes Católicos en 1.487. La conversión de los habitantes de la ciudad al catolicismo así como la llegada de nuevos pobladores, procedentes de Castilla suponen, tras siglos de influencia musulmana, una nueva dimensión en la expresión religiosa de los malagueños. Pero, sin lugar a dudas, el fenómeno de la Edad Moderna que más marcará el destino de las Cofradías, tanto en Málaga como en el resto de España será la Reforma Protestante, el Concilio de Trento (en el siglo XVI) y la posterior Contrarreforma católica. La Iglesia, en una clara intención de combatir la herejía que para ellos supuso la doctrina protestante, fomentará, por contraposición a la nueva corriente confesional, el culto a las Sagradas Imágenes. Esta seña de identidad poseía a su vez una doble intención: Si bien servía como seña distintiva del credo católico, también se utilizó para catequizar al pueblo, dado que la mayor parte de la población desgraciadamente era analfabeta. Además, junto a la prohibición de que los no religiosos interpretasen las Sagradas Escrituras, podemos decir también aquel famoso "una imagen vale más que mil palabras".

Será pues la época del barroco en Málaga un tiempo de fundación de nuevas cofradías, de personajes nobles de la ciudad vinculados tanto a las nuevas como a las ya existentes fraternidades. Claro que la celebración de la Semana Santa de entonces resultaba completamente diferente de la que conocemos en la actualidad. Todos los tronos salían de sus respectivos templos, no existiendo el fenómeno de las Casas de Hermandad del que hablaremos posteriormente. Salían las Imágenes en unas reducidas andas portadas por unos 8 o 10 hombres de trono, estando el cortejo compuesto por "hermanos de luz" (lo que equivaldría a los actuales nazarenos) y los "hermanos de sangre" o disciplinantes, que, azotándose durante todo el recorrido penitencial, impresionaban al público que se congregaba para presenciar tan tétrico espectáculo. Y no nos olvidemos también de una característica que hoy puede parecer secundaria (a pesar de que en nuestros días vuelve a ponerse en práctica con los columbarios para hermanos en las propias capillas o templos en los que radican las hermandades): Nos referimos al carácter de "mutua de enterramientos" que las cofradías desempeñaron. La mayor parte de los hermanos ingresaban en las fraternidades movidos por el deseo de conseguir un lugar en suelo sagrado en el que sus restos mortales pudiesen hallar el descanso eterno, así como una entidad que dijese las misas de rigor con el objetivo de rogar por su alma vagante en el purgatorio en búsqueda del descanso celestial eterno. Como vemos, las cofradías de aquella época poseen entre sus características fundamentales no sólo las del Culto a Dios hecho Hombre y a su Madre, sino también finalidades más mundanas y de orden práctico, como es la de asegurar un lugar de enterramiento.

Pero la época barroca, llena de efectos y de exageraciones, también comete sus excesos, como es el caso de la proliferación abultada de disciplinantes que iban azotándose durante el transcurso de las procesiones, tal y como ya hemos comentado, así como otros excesos como podían ser el exhibicionismo de las clases más pudientes, eligiendo los mejores sitios de la procesión y luciendo distintivos sobre la túnica nazarena. Todo lo cual llevaría a la Autoridad Eclesiástica a dictar normas que regulasen tales abusos y que intentasen reconducir por el camino de la piedad a las cofradías.


A llegar la época de la Ilustración (siglo XVIII) nos encontramos con una sociedad que va cambiando su forma de pensar. Los ilustrados no son tan partidarios como sus antepasados de las cofradías, al considerarlas herederas del obscurantismo y superstición religiosos. Esta nueva forma de plantear la religiosidad popular hará que los gobernantes tomen medidas y dicten normas (en ocasiones escasamente respetadas) destinadas a fomentar el orden público y la compostura, sin exageraciones, durante los desfiles procesionales.
Y por si fuera poco, el siglo XIX no entrará con buen pie para el mundo cofrade malagueño. La invasión sufrida por parte de las tropas napoleónicas hará que el patrimonio cofrade sufra contínuos saqueos y que una buena parte de lo atesorado hasta entonces desaparezca en manos extranjeras. Pero, tras la Guerra de Independencia, un nuevo suceso resentirá las estructuras cofrades La desamortización eclesiástica propugnada por Mendizábal en 1.835 eliminará muchos conventos como tales, afectando lógicamente a Málaga. Las iglesias conventuales albergaron desde siglos atrás a un buen número de cofradías. De hecho, en la época barroca, algunas órdenes monásticas, como es el caso de la franciscana, se habían destacado por difundir determinadas devociones y en su interés por la fundación de cofradías penitenciales. El hecho de que los conventos desaparezcan hará que las cofradías deban plantearse nuevos templos en los que cobijar a sus imágenes y desde donde poder salir en Semana Santa. Y otro aspecto a destacar será la creación de cementerios municipales, lo cual hará que la función de mutua de entierros decaiga enormemente, al enterrarse a partir de ahora en espacios municipales destinados específicamente a este fín, aunque no olvidemos que las cofradías comprarán en los nuevos camposantos nichos y panteones para el descanso eterno de sus hermanos.

Los comienzos del siglo XX no serán excesivamente halagüeños. La crisis económica que se desata en esa época sobre Málaga (fracaso en la industria siderúrgica local, plaga de la filoxera que arrasa las viñas) afectará lógicamente a las cofradías, sobre todo a su nivel de ingresos. Esta delicada situación económica, que no permite a un buen número de hermandades realizar su anual salida penitencial, será el origen de la fundación, en 1921, de la AGRUPACION DE COFRADIAS DE SEMANA SANTA DE MALAGA, decana en nuestro país de dichas entidades. La función primordial de dicha Entidad, desde un primer momento fue el procurar el necesario apoyo económico que permitiese sufragar los gastos de las procesiones, sobre todo de las hermandades más necesitadas. Y será precisamente en los años 20 cuando nuestra Semana Santa comience a adquirir un gran auge. Junto a la vuelta a la escena cofrade de hermandades en decadencia en siglos anteriores, se fundarán nuevas fraternidades y se contará con el estímulo que supone la promoción de cara al turismo invernal del que por entonces ya nuestra Málaga disfrutaba. Las procesiones constituyen un atractivo más para el turista de la época, constituyendo sin duda alguna (tal y como sucede en la actualidad) una importantísima fuente de ingresos para la ciudad.


Los barrios y su vinculación de las Cofradías. Ntra. Sra. de la Piedad pasa por su barrio del Molinillo en los años 50 del presente siglo
Esta etapa de oro se truncará lamentablemente por motivos políticos y sociales. En la noche del 11 al 12 de mayo de 1931, recién estrenada la Segunda República, grupos incontrolados de anarquistas irrumpen en los templos de la ciudad y se dedican a la destrucción masiva de cuanto encuentran en los mismos. La incultura e intolerancia de algunos acaba con el patrimonio devocional de siglos en nuestra ciudad. Una pésima interpretación de lo que es la fe y las creencias destruye aquello que unió creencialmente a generaciones de malagueños. Y tras estos sucesos, el clima social revuelto hace que se suspendan las procesiones, aunque en 1935 algunas hermandades salgan a la calle (se les denominaría a partir de entonces como "las valientes") arriesgando lo poco de patrimonio que en aquel entonces habían logrado reunir. Y ya en 1936, la Guerra Civil trae una nueva ola de destrucción que acaba de nuevo con casi todo lo rescatado de los desmanes anteriores.
La Postguerra fue dura para todo el mundo, y, por supuesto, para las cofradías. La recuperación patrimonial vendrá también influenciada por las circunstancias sociales y políticas de la contienda. Los vencedores, en un claro espíritu "nacional-católico" fomentarán dicha celebración como el triunfo sobre los enemigos de la fe católica, magnificando y politizando descaradamente en los primeros años algo tan del pueblo como son las procesiones. Como consecuencia de ello, la presencia de fuerzas militares se incrementará notablemente, aunque ya resultara importante en siglos anteriores. Otro aspecto a destacar será el aumento en el tamaño de los tronos, debido por un lado, a ese afán de destacar el triunfo de la confesión católica sobre "el ateísmo republicano", magnificando el trono sobre el que se ubican las Imágenes Sagradas. Pero, por otro lado, las no siempre fluidas relaciones entre los cofrades y el clero harán que un decreto episcopal prohiba el montaje de tronos en los templos debido a las molestias que ocasiona en el culto religioso de esos días. Al no depender ahora de las medidas de ninguna puerta (en aquel entonces, tan sólo la hermandad de Viñeros realizaba Estación de Penitencia en la Catedral) el tamaño puede crecer libremente. Y ello hará surgir otro elemento en las procesiones que hoy va desapareciendo como es el caso de los "tinglaos", las estructuras metálicas que albergan a los tronos en plena calle y los protegen (levemente) de las inclemencias del tiempo.


Los años 60 del presente siglo verán como cambia la mentalidad cofrade. Si bien la reconstrucción de la postguerra hizo que los artistas y artesanos locales pudiesen realizar su labor y producir un buen número de obras de clara inspiración en la escuela granadina de imaginería, tradicional hasta entonces en nuestra ciudad, se volverán ahora los ojos de las Juntas de Gobierno de las cofradías hacia Sevilla. Los nuevos encargos, tanto de Imágenes, como de tronos y resto de enseres se cursarán a partir de ahora en la ciudad del Guadalquivir, afectando este hecho hasta nuestros días. Y otro efecto importante será la incorporación de la juventud en el seno de las cofradías de forma activa. Pero no todo será un camino de rosas para los nuevos cofrades.
La diferente mentalidad con respecto a las personas que en aquel entonces dirigen las cofradías propiciarán tensiones en el seno de las mismas. La llegada de la democracia en los años 70 verá también como esos cofrades jóvenes zanjarán parte de esas discusiones generacionales creando nuevas hermandades, con una visión de la Semana Santa diferente. Ahora lo importante no será tanto la suntuosidad de los desfiles procesionales, sino el poder salir de los templos en los que radica la cofradía en cuestión y en realizar Estación de Penitencia en la Catedral, algo que será permitido libremente a las cofradías malagueñas por parte del Obispado a partir de 1988 (hasta entonces tan sólo gozaban de ese privilegio las cofradías de Viñeros y de Pasión).
Y así llegamos hasta nuestros días, en donde conviven dos formas de ver y entender la Semana Santa. Junto a la desarrollada en la postguerra (tronos de grandes dimensiones, suntuosidad y lujo en los cortejos procesionales) también se da el procesionismo desarrollado a partir de finales de los años 70 en las nuevas cofradías (espíritu penitencial más austero y concediéndose mayor importancia a la Estación de Penitencia). En cualquier caso, la variedad es algo que define la esencia de nuestra Semana Santa, razón de peso para visitar nuestra ciudad y disfrutrar de esta celebración que, para los malagueños marca sin lugar a dudas el inicio de la primavera.
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