10 de diciembre de 2011

INFANCIA DE LA VIRGEN MARÍA II

San Joaquín y Santa Ana

Un año y medio más tarde se casó Ana con Helí o Joaquín, también por un aviso profético del anciano Arcos. Hubiera debido casar con un levita de la tribu de Aarón, como las demás de su tribu; pero por la razón dicha fue unida con Joaquín, de la tribu de David, pues María debía ser de la tribu de David. Había tenido varios pretendientes y no conocía a Joaquín; pero lo prefirió a los demás por aviso de lo alto. Joaquín era pobre de bienes y era pariente de San José. Era pequeño de estatura y delgado, era hombre de buena índole y de atrayentes maneras. Tenía, como Ana, algo de inexplicable en sí.


Ambos eran perfectos israelitas y había en ellos algo que ellos mismos no conocían: un ansia y un anhelo del Mesías y una notable seriedad en su porte. Pocas veces los he visto reír, aunque no eran melancólicos ni tristes. Tenían un carácter sosegado y callado, siempre igual y aún en edad temprana llevaban la madurez de los ancianos. 

Fueron unidos en matrimonio en un pequeño lugar donde había una pequeña escuela. Sólo un sacerdote asistió al acto. Los casamiento eran entonces muy sencillos; los pretendientes se mostraban en general apocados; se hablaban y no pensaban en otra cosa sino que así debía ser. Decía la novia "sí", y quedaban los padres conformes; decía, en cambio, "no", teniendo sus razones, y también quedaban los padres de acuerdo.

Joaquín y Ana vivían junto a Eliud, el padre de Ana. Reinaba en su casa la estricta vida y costumbre de los Esenios. La casa estaba en Séforis, aunque un tanto apartada, entre un grupo de casas, de las cuales era la más grande y notable. Allí vivieron unos siete años. Los padres de Ana eran más bien ricos; tenían mucho ganado, hermosos tapices, notable menaje y siervos y siervas. No he visto que cultivasen campos, pero sí que llevaban el ganado al pastoreo. 

Eran muy piadosos, reservados, caritativos, sencillos y rectos. A menudo partían sus ganados en tres partes: daban una parte al templo, adonde lo llevaban ellos mismos y que eran recibidos por los encargados del templo. La otra parte la daban a los pobres o a los parientes necesitados, de los cuales he visto que había algunos allí que los arreaban a sus casas. La tercera parte la guardaban para sus necesidades. Vivían muy modestamente y daban con facilidad lo que se les pedía. Por eso yo pensaba en mi niñez: "El dar produce riqueza; recibe el doble de lo que da".

En este lugar tuvo Ana su primera hija, que llamó también María. He visto a Ana llena de alegría por el nacimiento de esta niña. Era una niña muy amable; la he visto crecer robusta y fuerte, pero muy piadosa y mansa. Los padres la querían mucho. Tenían, sin embargo, una inquietud que yo no entendía bien: les parecía que ella no era la niña prometida (de la visión del profeta) que debían esperar de su unión. Tenían pena y turbación como si hubiesen faltado en algo contra Dios. Hicieron larga penitencia, vivieron separados uno de otro y aumentaron sus obras de caridad. Así permanecieron en la casa de Eliud unos siete años, lo que pude calcular en la edad de la primera niña, cuando terminaron de separarse de sus padres y vivir en el retiro para empezar de nuevo su vida matrimonial y aumentar su piedad para conseguir la bendición de Dios.

Pronto quedó todo ordenado y habiendo dejado instalados a sus hijos en la nueva casa, se despidieron de Ana y Joaquín, con besos y bendiciones, y regresaron llevándose a la pequeña María, que debía permanecer con los abuelos.




Como la casa era amplia, vivían y dormían en pequeñas habitaciones separadas, donde era posible verlos a menudo en oración, cada uno por su lado, con gran devoción y fervor. Los vi vivir así durante largo tiempo. Daban muchas limosnas y cada vez que repartían sus bienes y sus rebaños, éstos se multiplicaban de nuevo rápidamente. Vivían con modestia en medio de sacrificios y renunciamientos. Los he visto vestir ropas de penitencia cuando rezaban y varias veces vi a Joaquín, mientras visitaba sus rebaños en lugares apartados, orar a Dios en la pradera. En esta vida penitente perseveraron diecinueve años después del nacimiento de su primera hija María, anhelando ardientemente la bendición prometida y su tristeza era cada día mayor.

Pude ver también a algunos hombres perversos acercarse a ellos y ofenderlos, diciéndoles que debían ser muy malos para no poder tener hijos; que la niña devuelta a los padres de Ana no era suya; que Ana era estéril y que aquella niña era un engaño forjado por ella; que si así no fuera la tendrían a su lado y otras muchas cosas más. Estas detracciones aumentaban el abatimiento de Joaquín y de Ana.

La vergüenza de su esterilidad la afligía profundamente, no pudiendo mostrarse en la sinagoga sin recibir ofensas. Joaquín, a pesar se ser pequeño y delgado, era de constitución robusta. Ana tampoco era grande y su complexión, delicada: la pena la consumía de tal manera que sus mejillas estaban descarnadas, aunque bastante subidas de color. De tanto en tanto conducían sus rebaños al templo o las casas de los pobres, para darles la parte que les correspondía en el reparto, disminuyendo cada vez más la parte que solían reservarse para sí mismos.
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