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13 de septiembre de 2011

Tercer día de la novena Santa Maria de la Victoria

Jueves 1 de Septiembre

LA VIRGEN MARÍA EN LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

.Excelentísimo Cabildo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de la
Encarnación
. Sr. Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Real Hermandad de Santa
María de la Victoria
. Muy Reverendos Arciprestes, sacerdotes y fieles de los Arciprestazgos de
Ronda y Serranía y Torremolinos‐Fuengirola
. Queridos devotos de Santa María de la Victoria

LA ANUNCIACIÓN
Como hemos acabado de oir, todo empezó con un ángel y una
muchacha. El ángel se llamaba Gabriel. La muchacha María. Ella tenía sólo
catorce años. El no tenía edad. Y los dos estaban desconcertados. Ella
porque no acababa de entender lo que estaba ocurriendo. El, porque
entendía muy bien que con sus palabras estaba empujando al quicio de la
historia y que allí, entre ellos, estaba ocurriendo algo que él mismo apenas
se atrevía a soñar.
La escena ocurría en Nazaret, ciento cincuenta Kilómetros al norte
de Jerusalén. Nazaret es hoy una hermosa ciudad de 30. 000 habitantes.
Los que hemos tenido la gracia de estar en tierra santa sabemos de sus
casas blancas, tendidas al sol sobre la falda de la montaña, alternadas por
las lanzas de cientos de cipreses y rodeada por verdes campos cubiertos
de olivos e higueras.
Hace dos mil años los campos eran más secos y la hermosa ciudad
de hoy no existía. Se diría que Dios hubiera elegido un pobre telón de
fondo para la gran escena. Una nazaretana era la que, temblorosa, se
encontraba con un ángel resplandeciente de blanco. María no se
sorprendió al verlo. Se turbó de sus palabras, no de su presencia.

Reconoció, incluso, que era un ángel, a pesar de su apariencia humana y
aunque él no dio la menor explicación.
Su mundo no era el nuestro. El hombre de hoy tan inundado de
móviles, ordenadores, y televisiones mal puede entender la presencia de
un ángel. Eso –piensa‐ está bien para los libros de estampas de los niños,
no para la realidad nuestra de cada día.
Se llamaba Gabriel, dice el texto de Lucas. Sólo dos ángeles toman
nombre en el nuevo testamento, y en los dos casos sus nombres son más
descripciones de su misión que simples apelativos: Miguel será resumen
de la pregunta:”¿Quién como Dios?”; Gabriel es el “fuerte de Dios” o el
“Dios se ha mostrado fuerte”.
La débil pequeñez de la muchacha y la fortaleza de todo un Dios se
encontraban así, como dos polos de la más alta tensión.
Y el ángel (“ángel” significa mensajero) cumplió su misión
realizándose en palabras: ¡alégrate, llena de gracia!¡El Señor está contigo”
(Lc 1, 28). Nunca un ser humano había sido saludado con palabras tan
altas. Parecidas si, iguales no.
Por eso “se turbó” la muchacha. No se había extremecido al ver al
ángel, pero sí al oírle decir aquellas cosas. Daba vueltas en su mente a las
palabras del ángel. Estaba, por tanto, serena. Sólo que en aquel momento
se le abría ante los ojos un paisaje enorme que casi no se atrevía a mirarle.
En la vida de todos los hombres –se ha escrito‐ hay un secreto. La
mayoría muere sin llegar a descubrirlo. Los más mueren, incluso, sin llegar
a sospechar que ese secreto exista. María conocía muy bien que dentro de
ella había uno enorme. Y ahora el ángel parecía querer dar la clave con
que comprenderlo. Y la traía de repente, como un relámpago que en una
décima de segundo ilumina la noche. La mayoría de los que logran
descubrir sus secreto lo hacen lentamente excavando en sus almas. A
María se le encendía de repente, como una antorcha. Y todos sus trece
años – tantas horas de sospechar una llamada que no sabía para qué‐ se le
pusieron en pie, como convocados. Y lo que el ángel parecía anunciar era
mucho más ancho de lo que jamás se hubiera atrevido a imaginar. Por eso
se turbó, aunque aún no comprendía.

Luego el ángel siguió como un consuelo: No temas. Dijo estas
palabras como quien pone la venda en una herida, pero sabiendo muy
bien que la turbación de la niña era justificada. Por eso prosiguió con el
mensaje: has hallado gracia…vas a concebir…su nombre será Jesús…será
grande…(Lc 1,30‐33)
Empezaba a entenderlo, sólo “empezaba”. Terminaría de
entenderlo el día de la resurrección, pero lo que ahora vislumbraba era ya
tan enorme que la llenaba, al mismo tiempo, de alegría y de temor. La
llenaba, sobre todo, de preguntas. No dudaba de la palabra del ángel, era,
simplemente que no entendía. Si le pedían otra forma de amor, la daría;
pero no quería amar a ciegas. Por eso pregunta, sin temblores, pero
conmovida: ¿cómo será eso?...el Espíritu Santo velara sobre ti…por eso se
llamará Hijo de Dios.
Lo importante no era que en aquel momento se aclarase el misterio
de su vida; lo capital es que se aclaraba con un nuevo misterio
infinitamente más grande que su pequeña vida: en sus entraña iba a nacer
el Esperado y, además, el Esperado era mucho más de lo que nunca ella y
su pueblo se habían atrevido a esperar.
Ahora era el ángel quien esperaba en un nuevo segundo
interminable. No era fácil aceptar. Sus sueños de muchacha habían
terminado. Aquel río tranquilo en que veía reflejada su vida se convertía,
de repente, en un torrente de espumas…y de sangre. Si, de sangre
también. Ella lo sabía. No se puede entrar en la hoguera sin ser
carbonizado. Ahora sería arrastrada por la catarata de Dios. El ángel
apenas decía la mitad de la verdad.
Se trataba de que el destino del mundo pendían, como de un hilo,
de unos labios de mujer.
Y en el mundo no sonaron campanas cuando ella los abrió. María
dijo: He aquí la esclava…hágase. Dijo “esclava” porque sabía que desde
aquel momento dejaba de pertenecerse. Dijo “hágase” porque “aquello”
que ocurrió en su seno sólo podía entenderse como una nueva creación.

El papa Benedicto XVI en la homilía que pronunció en la basílica
superior de la Anunciación en Nazaret dijo:
“Lo que sucedió en Nazaret, lejos de la mirada del mundo, fue un
acto singular de Dios, una poderosa intervención en la historia, a través de
la cual un niño fue concebido para traer la salvación al mundo entero.
El prodigio de la Encarnación continúa desafiándonos a abrir
nuestra inteligencia a las ilimitadas posibilidades del poder transformador
de Dios, de su amor a nosotros, de su deseo de estar unido a nosotros.
En este tercer día de Novena a María santísima de la Victoria,
miramos su maternidad y en ella, con suma gratitud, recordamos nuestra
raíz y doy, damos gracias a Dios por nuestras madres, vivas o difuntas.
Gracias por la vida que tenemos, precioso regalo, gracias por esta tierra
malacitana en la que vivimos y por los amigos que hemos encontrado a lo
largo de nuestra existencia.
Gracias por el tronco en el que hemos nacido y los brotes que de el
han salido portadores de tu fé. Gracias María de la Victoria, por las veces
que hemos caído y las que nos hemos levantado, porque siempre en ellas
vemos, el amor de tu poder. Gracias Madre de la Victoria por lo bueno
que hemos vivido y por nuestras historias de dolor, siempre en todo lo
que ha acontecido en nuestra vida, te hemos visto acompañándonos con
tu amor.
Te damos gracias Madre, por todo lo bueno que de ti aprendemos
cada día. Te ruego con el dolor del hijo, que cambies el corazón de todas
las mujeres que tienen la tentación de convertir sus entrañas en un
verdadero corredor de muerte, que lo cambien por un verdadero pasillo
de vida.
Te ruego por todas las mujeres que hoy portan vida: que se sientan
dichosas, queridas, protegidas.

Te ruego por todos los jóvenes, que resuene en lo más profundo de
su corazón las palabras que les ha dirigido el Papa en las Jornada Mundial
de la Juventud: ¡Que nada ni nadie os quite la paz!; no os avergoncéis del
Señor. El no ha tenido reparo en hacerse uno como nosotros y
experimentar nuestras angustias para llevarlas a Dios, y así nos ha salvado.
Que descubran que el marco de la vida es el matrimonio, el
sacerdocio o la vida consagrada; que no estropeen el lienzo del amor con
las prisas y las irresponsabilidades.
Que descubran que la maternidad es un don, no un capricho, y que
es el acto de amor más íntimo y más maduro. Lo más bello que te puede
pasar es enamorarte, casarte, engendrar y acompañar por el camino de la
vida, a esos tesoros que se llaman hijos o sentir la llamada a dejarlo todo y
seguirle. Como también nos ha dicho el Papa que hermoso es saber que
Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti.
“sígueme”
Santa María de la Victoria, mujer, esposa y madre de todos los
jóvenes, enséñanos a decir amén.
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