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18 de septiembre de 2011

MI VECINO MIGUEL

mi pobre vecino “Miguel” falleció en 2004. Gracias a el en cierto modo me decidí a convertirme definitivamente en católico. Vivía sólo. Su pared daba con mi pared.

Un día decidí visitarlo. Me di cuenta que estaba muy desmejorado, y desde aquella noche decidí que en adelante me haría cargo de el y lo iba a cuidar. Así que desde ese día comencé a hacerle las comidas, irle a los recados y atenderle en sus urgencias. Y el domingo, a participar de la Eucaristía. A mi vecino le quedaban cinco semanas de vida, pero no lo sabíamos ninguno lógicamente. A la semana siguiente de decidir hacerme cargo de sus cuidados, se puso malo y le atendí aquella noche en la madrugada, acudí a su casa en mitad de la noche al oírlo a través de la pared, y llamé a la ambulancia. No le atendieron muy bien, y al día siguiente estaba de vuelta en la casa, pero nuevamente dos noches después se volvió a repetir y se lo llevaron, para nunca volver a su casa. A partir de ese día, mi vida se convirtió en un poco mas difícil, ya que cada día acudía al hospital para acompañarle un rato, y darle el almuerzo. Esto fue lo que escribí al enterarme de la muerte de mi vecino que ocurrió el domingo, día del Señor, 19 de septiembre de 2004:

“Hoy me enteré de la muerte de mi vecino, o mejor dicho, como nos llamamos a
menudo en sus últimos días , “mi hermano”. Lo he oído a veces llorar en la noche a través de la pared, y llamar a la tele-asistencia para buscar un poco de conversación y compañía, lo he llevado a comer alguna que otra vez al bar de enfrente buscando el hacerle sonreír, y lo he asistido en numerosas ocasiones,aunque reconozco que no siempre que acudió a mi le atendí. Sin embargo he tenido el privilegio cristiano de poder atenderle y acompañarle un “poquito” en sus últimos días, de hacerle la comida en los días previos a su marcha al hospital, de calmar su angustia ante la cercanía de la muerte, de hablarle de Dios, de hacerle reconocer a Dios por medio de las buenas obras que el Señor nos concede hacer, de leer en su ojos muchas cosas, de pedirme un abrazo antes de subir a la ambulancia, de pedirme un abrazo y un beso cuando ya estaba en el hospital, de ayudarle a comer y animarle a que lo hiciera, de ver su sonrisa ante mi ímpetu para que el se mejorara, de dar conmigo sus últimos pasos por la habitación del hospital, y por último, después de varios días en los que no pude ir a verle, este domingo fui de forma imprevista, pero ya no estaba consciente, aunque estaba solo en la habitación, como siempre estuvo en los últimos años, sólo. Estuve con el 15 minutos, recé un padrenuestro, me acerqué, le miré y antes de marcharme desde mi corazón le bendije, y también lo hice con el signo de la bendición,aunque no soy sacerdote, lo sentí así. Hoy le pido a Dios que tenga misericordia de el y que nos perdone a todos los pecados.”

Miguel. Mucha gente no te quería. Mucha gente te rechazaba o te daba de lado. Te consideraba conflictivo. Yo sólo vi en ti a un hermano necesitado de ayuda, y con mi pobreza lo hice lo mejor que pude. Tengo la certeza de que recibiste con agrado mis humildes atenciones, y que aquel abrazo que nos dimos antes de subir a la ambulancia en mitad de la madrugada fría, fue para tí muy importante. Espero encontrarte algún día dentro de poco, en el cielo, y gozar juntos. Permíteme que haya contado estas palabras como homenaje a tí. Yo nunca te olvido, a pesar de que estuvimos muy poco tiempo juntos.

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