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18 de septiembre de 2011

6ª dia de Novena a Santa Maria de la Victoria


Domingo 4 de Septiembre
Sexto día
LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO EN EL TEMPLO



.Excelentísimo Cabildo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de la
Encarnación
. Sr. Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Real Hermandad de Santa
María de la Victoria
. Queridos hermanos devotos de Santa María de la Victoria
A cualquier judío le parecería imposible y casi herético las palabras
que hemos escuchado en el evangelio, “donde dos o tres se reúnan, allí
estaré yo”, ellos, aceptaban la presencia de Dios sólo en el Templo, el
único lugar sagrado, donde un israelita tenía que ir cada año a dar gloria y
tributo a Dios. Por eso a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, María y
José deben de ir al lugar sagrado a cumplir con lo establecido por la Ley.

EN EL TEMPLO
Sólo cinco líneas dedica san Lucas a la escena que sigue al
nacimiento. Y los demás evangelistas ni la citan, probablemente dándola
por supuesta. Y, sin embargo, ocurren en ella dos hechos importantes: la
circuncisión y la imposición del nombre de Jesús.
Después de la circuncisión del niño todo regresó a la normalidad.
María y José decidieron quedarse en Belén, al menos por algún tiempo.
Tenían que acudir al templo de Jerusalén cuando se cumplieran los
cuarenta días del parto, y no era natural que regresaran a Nazaret para
rehacer el camino un mes después.
María y José eran felices. Quejarse de la pobreza les hubiera
parecido simplemente ridículo, cuando se sentían tan llenos de gozo. Más
ese gozo no era pleno. O mejor: era pleno, pero tras él se veía un telón de
fondo que anunciaba que no duraría siempre. El misterio gravitaba sobre
ellos y tenían muchas más preguntas que respuestas.

La ley mandaba que cuarenta días después del alumbramiento de
un niño (o después de ochenta si se trataba de una niña) las madres
hebreas se presentasen en el templo para ser purificadas de la impureza
legal que habían contraído. No es que los hebreos pensasen que una
madre “pecaba” dando a luz a un hijo, pero evidentemente una visión
pesimista del mundo del sexo había influido en ver en el parto una
impureza legal que durante cuarenta días impedía a la recién parida tocar
cualquier objeto sagrado o pisar un lugar de culto.
María intuía un gran misterio en esta ceremonia. Sabía que, si todo
primogénito era propiedad de Dios, este hijo suyo lo era más que ninguno.
Todas las madres, comienzan pronto a sospechar que sus hijos no
son “propiedad” suya, pero se hacen la ilusión de que lo serán al menos
durante unos pocos de años. Luego los verán progresivamente alejarse,
embarcados en su libertad personal.
María debió comprender esto mejor y antes que ninguna otra
madre. Aquel hijo no sería “suyo”. La desbordaba como persona y pronto
su misión lo arrebataría del todo. Ella lo había dado a luz, pero apenas
entendía cómo podía haber estado en su seno.
Así avanzaba María, hacía aquel misterio cuya simbología no podía
entender, pero confusamente presentía. Iba a rescatar a su hijo, para que,
después de hacerlo, su hijo seguiría siendo total y absolutamente de Dios.
Ella lo tendría en prestado, pero sin ser nunca suyo. Poseer aquel hijo era
como poseer una cordillera, inmensa ante nuestros ojos.
Avanzaban hacía el sacerdote cuando ocurrió la escena que cuenta
el evangelista Lucas: un anciano llamado Simeón, se acercó a María y,
como si la conociese, le tomó el niño en brazos y estalló en un cántico de
júbilo reconociendo en él al salvador del mundo:
“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en
paz, porque mis ojos han visto a tu salvador…” (Lc 2 ,27ss)
El corazón de María y José debía de estallar de alegría. En primer
lugar porque las palabras de aquel anciano volvían a asegurarles que Dios
no les abandonaba, a pesar del silencio del mes que habían vivido sin
ángeles ni luces celestes.

En segundo lugar por las cosas que el anciano decía de su Hijo y que
les enorgullecían mucho más que si les hubiera cubierto de elogios a ellos.
Pero se corazón se paró cuando Simeón también profetizó:
“ Y a ti una espada te traspasará el alma” (Lc 2, 35), la alegría debió
helarse en el corazón de María.
Las palabras quedaron en ella y fueron calando dentro al mismo
tiempo que la espada crecía. Ahora empezaba a entender el sentido de su
vida y lo que de ella se esperaba. No sólo la alegría que había creído
vislumbrar en las palabras del ángel. También la alegría, si, pero además
este dolor. Dios quemaba. Era luz, pero fuego también. Y ella había
entrado en su órbita, no podía dejar de sentir la quemadura.
Iba entendiendo que su vida no era anécdota. Que el eje del mundo
pasaba por aquel bebé que tenía en brazos. Pagaría por él cinco siclos y un
millón de dolores. No dolores suyos, no. No eran estos los que la
preocupaban, Eran los de su niño los que le angustiaban. Era duro de
aceptar. Le hubiera gustado un Dios más fácil y sencillo como era su vida,
un Dios dulce y bondadoso.
Pero no podía fabricarse a su capricho una salvación de caramelo. Si
había tanto pecado en el mundo, salvar no podía ser un cuento de hadas.
Recordó sus sueños de niña, sus proyectos de una vida en los brazos de
Dios, sin triunfos y sin sangre. Y ahí estaba. Una sangre que no lograba
entender que le dolía aceptar porque era la de su hijo.
Obedecer, creer: le habían parecido dos verbos fáciles de realizar.
Ahora sabía que no. Volvió la vista atrás y contemplo sus quince años
como un mar en calma. Ahora entraba en la tempestad y ya nunca saldría
de ella. No sabía si viviría mucho o poco. Pero si que viviría siempre en
carne viva.
Regresaron a Belén silenciosos. El camino se hizo interminable. De
vez en cuando miraban el rostro del pequeño dormido. Pero nada nuevo
percibía en él. El rostro de un niño, sólo eso. Un niño que dormía feliz.
Pero ella, en realidad, no veía ya su rostro. Sólo veía la espada en el
horizonte. Una espada que estaba allí, enorme y ensangrentada, segura
como la maldad de los hombres, segura como la voluntad de Dios.

Cuando llegaron a Belén tuvo miedo de que la gente se preguntase
cómo era posible que aquellas muchacha hubiera envejecido tanto en
aquellas pocas horas de su viaje a Jerusalén.
El Papa Benedicto XVI nos invita a rezar así a la Vírgen:
Pidamos a Santa María de la Victoria que nos entregué el don de su
fe, la fe que nos hace vivir ya en esta dimensión entre finito e infinito, la fe
que transforma incluso el sentimiento del tiempo y del paso de nuestra
existencia, la fe en la que sentimos íntimamente que nuestra vida no está
encerrada en el pasado, sino atraída hacía el futuro, hacía Dios, allí donde
Cristo nos ha precedido y detrás de él, María.
Mirando a la Virgen en el presbiterio de esta Santa Iglesia Catedral y
Basílica comprendemos mejor que nuestra vida de cada día, aunque
marcada por pruebas y dificultades, corre como un río hacía el océano
divino, hacía la plenitud de la alegría y de la paz. Comprendemos que
nuestro morir no es el final, sino el ingreso en la vida que no conoce la
muerte.
Santa María de la Victoria, mientras nos acompañas en la fatiga de
nuestro vivir y morir diario, mantennos constantemente orientados hacia
la verdadera patria de las bienaventuranzas. Ayúdanos a hacer como tú
has hecho.
Mira Madre Santa nuestros hogares, que se parezcan a Nazaret,
mira con ternura a nuestros hijos y nietos, y llévalos de la mano, que
nuestras familias sean lugares de ternura, respeto, cariño; concédenos la
alegría de envejecer con salud y bienestar.
Virgen de la Victoria pon bálsamo de esperanza en las heridas que
nos han hecho las espadas que han atravesado nuestras almas. A veces,
Madre, nos venimos abajo; otras la tristeza se apodera de nuestro ánimo,
otras muchas, no podemos tirar ni de nuestras almas, vienen sufrimientos
que no merecemos, nos visitan enfermedades que no esperábamos, nos
traen noticias que nos sorprenden y nos sobrecogen.

Nos vamos quedando sin amores, se van yendo aquellos que más
queremos, nos vamos quedando sin raíces, desfondados, se han muerto
abuelos y padres, esposas y hermanos, hijos y maridos, amigos, a veces,
Santa Madre, no caben más espadas en nuestros frágiles corazones, a
veces, Virgen Victoria, nos vamos quedando sin lágrimas porque la vida
nos va curtiendo al fuego lento de amores y dolores, alegrías y
sufrimientos, a veces Madre, nos da mucho miedo lo que aún nos quede
por pasar para salir a vuestro encuentro, nos da miedo ese salto al infinito,
ese puente a la eternidad.

Ayúdanos tú, oh Madre de la Victoria, fúlgida Puerta del Cielo,
Madre de la Misericordia, fuente a través de la cual ha brotado nuestra
vida y nuestra alegría, Jesucristo.
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