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18 de septiembre de 2011

5ª dia de novena a Santa Maria de la Victoria


Sábado 3
Quinto Día
EL MAGNÍFICAT




.Excelentísimo Cabildo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de la
Encarnación
. Sr. Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Real Hermandad de Santa
María de la Victoria
.Agrupación de Hermandades de Gloria de la ciudad de Málaga
. Queridos hermanos devotos de Santa María de la Victoria

EL MAGNIFICAT

Seguimos celebrando esta Novena en honor de nuestra Patrona. Día
a día vamos contemplando los acontecimientos más importantes de su
vida, estamos rezando, escuchando, celebrando, nos ponemos de
acuerdo, como hemos escuchado en el evangelio, para pedir, sabiendo
que Jesús esta en medio de nosotros, que se hace presente en esta
Palabra proclamada y en el pan partido y el vino compartido. “Donde dos
o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Cada vez
que nos reunimos en nuestras parroquias, cofradías, movimientos,
hermandades, en la Catedral Dios se hace presente, y, como a sus
discípulos en el lago de Galilea, nos dice: ¡Ánimo, soy yo!, ¿qué quieres
que haga por ti? Y cada uno le abrimos nuestro corazón y le contamos
nuestros problemas o preocupaciones, nuestros éxitos o fracasos,
nuestras gracias o pecados y si es la voluntad de Dios se cumplirá en
nuestra vida aquello que hemos pedido. ¡No desfallezcamos en la oración!
El Señor nos escucha.
Ayer veíamos a Isabel llenarse se gozo, porque sintió la presencia de
Jesús en medio de María y de su hijo Juan, que pataleaba en su interior al
sentir la presencia del Mesías y entonces María “estalló” en un canto, el
magnificat, que proclamamos en el evangelio de ayer.

En Oriente la alegría conduce fácilmente al canto y a la
improvisación poética. Así cantó María, la hermana de Moisés; así Débora,
la profetisa; así Ana, la madre de Samuel. Así estallan en cantos y
oraciones aún hoy las mujeres semitas en las horas de gozo.
María dice pocas cosas nuevas. Casi todas sus frases encuentran
numerosos paralelos en los salmos (31, 8; 34, 4;59, 17;70, 19;89, 11;95,
1;103, 17;111, 9;147,6), en los libros de Habacuc (3, 18) y en los
Proverbios (11 y 12). Y sobre todo en el cántico de Ana, la madre de
Samuel (1Sam 2,1‐11) que será casi un ensayo general de cuanto, siglos
más tarde, dirá María en Ain Karim.
Pero si las palabras provienen en gran parte del antiguo
Testamento, la música pertenece ya a la nueva alianza. En las palabras de
María estamos leyendo ya un anticipo de las bienaventuranzas y una
visión de la salvación que rompe todos los moldes establecidos. Al
comenzar su canto, María se olvida de la primavera, de la dulzura y de los
campos florecidos que acaba de cruzar y dice cosas que deberían hacernos
temblar.
Sin lugar a dudas es el mejor retrato que tenemos de la virgen
María, es un espejo de su alma. Este canto es, a la vez, bello y sencillo, sin
que en él se diga nada extraordinario ¡qué impresionantes resultan sus
palabras!
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi
espíritu en Dios mi salvador”
Es un estadillo de alegría. Las cosas de Dios parten del gozo y
terminan en el entusiasmo. Dios es un multiplicador de almas, viene a
llenar, no a vaciar. Pero ese gozo no es humano. Viene de Dios y en Dios
termina. La alegría de María no es de este mundo. No se alegra sólo de su
maternidad humana, sino de ser la madre del Mesías, el Salvador. No es
de tener un hijo, sino de que ese hijo sea Dios.
“porque ha mirado la humillación de su esclava”
Por eso se sabe llena María, por eso se atreve a profetizar que todos
los siglos la llamarán bienaventurada, porque ha sido mirada por Dios.
Nunca entenderemos los accidentales lo que es para un oriental ser
mirado por Dios.

Para éste‐ aún hoy‐ la santidad la transmiten los santos a través de
su mirada. La mirada de un hombre de Dios es una bendición. ¡Cuánto
más si el que mira es Dios!
“Todas las generaciones me llamaran bienaventurada”.
Todos los ángeles del cielo no tienen ojos en este momento más
que para este lugar donde María, una muchacha, ha recibido simplemente
la mirada de Dios, lanzada sobre su pequeñez. Este corto instante está
lleno de eternidad, de una eternidad siempre nueva. No hay nada más
grande ni en el cielo, ni en la tierra. Porque si en la tierra ha ocurrido, en
toda la historia universal, algo realmente capital, es esa “mirada”. Porque
toda la historia universal, su origen, su centro y su fin, miran hacia este
punto único que es Cristo, y que está en el seno de María.
Pablo VI en la encíclica Marialis Cultus dice:
“Se comprueba con grata sorpresa que María de Nazaret, a
pesar de estar absolutamente entregada a la voluntad del Señor, lejos de
ser una mujer pasivamente sumisa o de una religiosidad alienante, fue
ciertamente una mujer que no dudó en afirmar que Dios es vengador de
los humildes y oprimidos y derriba del trono a los poderosos de este
mundo; se reconocerá en María que es “la primera entre los humildes y
los pobres del Señor (como dice el texto conciliar), una mujer fuerte que
conoció de cerca la pobreza, el sufrimiento, la huida y el destierro…”
María, en el Magnificat, no separa lo que Dios ha unido a través de
su Hijo: los problemas temporales de los celestiales: Su canto es,
verdaderamente un himno revolucionario, pero de una revolución
integral; la que defiende la justicia de este mundo, sin olvidarse de la gran
justicia: la de los hombres que han privado a Dios de un centro que es el
suyo. Por eso María puede predicar esa revolución sin amargura y con
alegría. Por eso en sus palabras no hay demagogia.
Sólo Isabel lo entiende, lo medioentiende. Sabe que estas dos
mujeres y los dos bebés que crecen en sus senos van a cambiar el mundo.
Por eso siente que el corazón le estalla. Y no sabe si es de entusiasmo o de
miedo, de susto o de esperanza. Por eso no puede impedir que sus manos
bajen hasta su vientre y que sus ojos se pongan a llorar. De alegría.

Su Santidad Benedicto XVI en una de sus homilías decía:
“El magnificat es el gran himno de alabanza que ella entonó cuando
Isabel la llamó bienaventurada a causa de su fe. Es una oración de acción
de gracias, de alegría en Dios, de bendición por sus grandes hazañas. El
tenor de este himno es claro desde sus primeras palabras: “Proclama mi
alma la grandeza del Señor”. Proclamar la grandeza del Señor significa
darle espacio en el mundo, en nuestra vida, permitirle entrar en nuestro
tiempo y en nuestro obrar: esta es la esencia más profunda de la
verdadera oración. Donde se proclama la grandeza de Dios, el hombre no
queda empequeñecido: allí también el hombre queda engrandecido y el
mundo resulta luminoso.
San Ambrosio, en su comentario al texto del Magnificat dice:
“cada uno debe tener el alma de María para proclamar la grandeza
del Señor, cada uno debe tener el espíritu de María para alegrarse en Dios.
Aunque, según la carne, sólo hay una madre de Cristo, según la fe todas
las almas engendran a Cristo, pues cada una acoge en sí al verbo de
Dios…”
María, además de este acto fundamental de la fe, que es un acto
existencial, con toda la Escritura, habla del “temor de Dios”. Tal vez
conocemos poco esta palabra, o no nos gusta mucho. Pero el temor de
Dios no es angustia, es algo muy diferente.
Como hijos, no tenemos miedo del Padre, pero tenemos temor de
Dios, la preocupación por no destruir el amor sobre el que está construida
nuestra vida. Temor de Dios es el sentido de responsabilidad que
debemos de tener; responsabilidad por la porción del mundo que se nos
ha encomendado en nuestra vida; responsabilidad de administrar bien
esta parte del mundo y de la historia que somos nosotros, contribuyendo
así a la auténtica edificación del mundo, a la victoria del bien y de la paz.
El futuro, el porvenir, pertenece a Dios, está en las manos de Dios,
es decir, que Dios vence.

En este quinto día de la Novena en honor a Santa María de la
Victoria, volvemos a ella nuestros ojos y le pedimos por aquellos que
tienen poder; el poder político y económico en este mundo creado por
Dios. Que hagan, Santa Madre, de su poder, servicio, de sus decisiones,
justicia, y de sus beneficios, caridad.
Que se den cuenta, bendita Madre, que este mundo no les
pertenece, que esta Tierra es de Dios, y no quieran usurpar su lugar. Que
respeten las almas y cuiden del bienestar común. Que las leyes que
promulguen no atenten contra la dignidad de las personas, nacidas, no
nacidas, enfermas, agonizantes o terminales. Que sean leyes de vida, no
de muerte. Y que acepten la soberanía y reinado de Dios sobre el
universo.
También hoy te rinden culto todas las hermandades de gloria
agrupadas de esta ciudad malacitana, bien sabes, Santa Madre, cómo y
cuánto te quieren, bien sabes del esfuerzo y sacrificio que realizan durante
todo el año para extender la devoción mariana a todos los barrios, hoy
vienen a los pies de la Hermana Mayor, Santa María de la Victoria,
Patrona, a pedirle protección y bendición y a agradecerle todos los
beneficios recibidos por la intercesión de nuestra Madre a su Hijo
Jesucristo.
Santa María de la Victoria, madre y patrona de todos los
malagueños junto a ti y contigo proclamamos la grandeza del Señor, hasta
que vuelva.
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