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31 de julio de 2011

Esforcémonos por conocer al Señor

Esta mañana, como hacemos algunas veces, abrimos la Biblia por donde salió. Mis ojos se detienen al principio del capítulo 6 del libro de Oseas. Su autor predicó en Israel, concretamente en el Reino del Norte, un poco después del profeta Amós, entre 757-722 a.C. Debo reconocer que cuando me acerco al antiguo testamento, y a los profetas, voy de antemano sabiendo que me encontraré alguna palabra que me chocará. Hay que tener siempre presente, que aunque esta es Palabra de Dios, es decir, inspirada al autor humano por el Espíritu Santo, el conocimiento de la historia de la revelación de Dios todavía no está completo, puesto que Cristo aún no ha nacido. Es por eso, que ciertos conceptos pueden dar lugar a la confusión de algunos. La Biblia hay que interpretarla a la luz del Nuevo Testamento que es la revelación definitiva, en Jesucristo nuestro Señor. No obstante, las palabras de Oseas, me han parecido muy actuales para nuestros días. Dice así, y voy a comentar lo que me ha suscitado y hemos comentado mi mujer y yo.

6 1 "Vengan, volvamos al Señor: él nos ha desgarrado,
pero nos sanará;
ha golpeado, pero vendará nuestras heridas.


Lo primero que me llama la atención es la llamada clara del profeta a VOLVER AL SEÑOR. Eso es plenamente vigente y actual. El profeta le habla a una parte de Israel a la que le predica, pero sus palabras resuenan en nuestro mundo de hoy, porque es un mundo que se está apartando de Dios, y en el que muchos ya se han apartado, engañados por las artimañas del maligno, que están impregnando todos los rincones de nuestra vida. Sin Dios, no estamos a salvo en ningún sitio, por más que nos esforcemos en vivir nuestras vidas de la mejor manera que nos parezca. No se trata de lo que nos parezca, sino de vivir en la verdad, y los que se vuelven a Dios, saben cual es la verdad y cual es la mentira.

La segunda parte del versículo, da la sensación de que es Dios quién nos castiga, sin embargo esto es sólo una forma de verlo por parte de un profeta que atribuye a Dios todas las cosas. Sin embargo, Dios no golpea ni desgarra a nadie, sino que más bien es a el a quién le golpean y lo desgarran, como podemos ver al contemplar la pasión de Cristo. Y lo hace por amor, para darnos su amor y darnos la salvación.

Y eso es lo que nos dice el profeta: que el nos sanará y vendará nuestras heridas. ¡Que maravillosa la promesa!, y que triste para los que no la oyen. ¿Y porqué ocurren esas heridas? ¿Y porqué ese desgarro en nuestra vida? La respuesta, la indica al principio. Porque te has apartado de Dios, y el te invita a volver a El y conocerle hoy.

2 Después de dos días nos hará revivir,
al tercer día nos levantará,
y viviremos en su presencia.

3 Esforcémonos por conocer al Señor:
su aparición es cierta como la aurora.
Vendrá a nosotros como la lluvia,
como la lluvia de primavera que riega la tierra".


No puedo evitar de ver, el cambio que se produce cuando un creyente en Jesucristo, después de haberse dado cuenta que se ha retirado del lado de Dios, escucha las palabras del profeta que le invita a VOLVER. Y esto nos lleva a la resurrección, porque el que VUELVE, llega a vivir ya el anticipo de la vida eterna. De la resurrección. Y cuando se vive en ese estado, estás en la presencia del Señor, y estando en su presencia, vives de otra manera. Tus heridas han sido sanadas. Estas palabras me recuerdan también a la resurrección de Jesucristo, que resucitó al tercer día. Hubo un periodo en el que estuvimos muertos, desgarrados, heridos por el pecado, pero al hacer el esfuerzo de querer conocer a Dios y volver a El, te da una vida nueva, en la que todo lo que te ocurre a diario se vive como nuevo, incluso las situaciones difíciles, que las habrá. Y el profeta lo compara con la lluvia que riega la tierra. Que sensación más maravillosa, que olor a tierra mojada, que olor a pureza, a limpieza de la atmósfera, del aire que respiramos. Así es la vida de uno que cambia y se acerca de nuevo a Dios. Y esta es una verdad tan cierta, como que el Sol sale todos los días. No debes dudarlo, sino lanzarte a ello.

4 ¿Qué haré contigo, Efraím?
¿Qué haré contigo, Judá?
Porque el amor de ustedes es como nube matinal,
como el rocío que pronto se disipa.

5 Por eso los hice pedazos por medio de los profetas,
los hice morir con las palabras de mi boca,
y mi juicio surgirá como la luz.

6 Porque yo quiero amor y no sacrificios,
conocimiento de Dios más que holocaustos.

Pero la realidad humana es otra. Y por eso el profeta se queja. Efraím y Judá son dos tribus del pueblo de Israel, que no se están comportando como les conviene. Como Dios desea para ellos. Porque Efraím y Judá puedes ser tu. Que tus intentos de cambiar y conocer la verdad que Dios te propone, es como una nube matinal. Que miras por la ventana y está ahí, y al rato ya ha desaparecido. Y así son muchos, que si, que a lo mejor escuchan esta invitación, y de momento desean ser sanados, pero que al poco tiempo, se ahogan con los problemas de la vida, y con las influencias del mundo, de los amigos que no son amigos, de los familiares que no quieren comprender esto, por vergüenza, por el que dirán, y otras muchas cosas más, y entonces, vuelven a lo mismo. Y vuelven a ser desgarrados y heridos, como al principio.

¿Que haré contigo? se pregunta el profeta, y me pregunto yo. ¿Que haré contigo? o ¿que haré conmigo, si después de saber el modo de ser sanado, soy como las gotas de rocío que se evaporan rápido y volvemos a lo mismo?

Y cuando esto ocurre, el orgullo nos puede cegar. Y las palabras del profeta que sonaban bien, que sonaban a esperanza para mi vida, se pueden volver dolorosas e insoportables de oir, y puedes sentirte como morir, porque no hay nada peor que salir de una crisis y volver a ella de nuevo. La sensación de frustración puede ser grande. Situaciones que se repiten, porque no fuimos capaces de perserverar, de avanzar, de crecer. Porque fuímos demasiado débiles o demasiado cobardes para aceptar la propuesta de Dios. Y habrá un juicio donde cada uno de nosotros comparecerá un día para dar cuentas de nosotros mismos. Pero el juicio ha empezado ya. No hay que esperar a la muerte.

Y mientras estemos en esta vida, Dios nos recuerda finalmente que el no es castigo ni temor, sino AMOR, según dice el versículo 6. El no es el autor de tus desgarros y tus heridas, sino que es el que quiere sanarte y ponerte las vendas para que curen. ¿Ir a Misa por obligación? No. Yo no quiero sacrificios, sino amor, dice el Señor. ¿Hacer esto o aquello para callar mi conciencia? No. Yo quiero amor, y no tus sacrificios. Pero, bienaventurado aquel que se sacrifica por amor.

Dios no quiere holocaustos. El holocausto era en el antiguo pueblo judío, una forma externa de expiar tus culpas. Eso ya no está vigente, porque el propio Cristo se ofreció al Padre en holocausto por nosotros. Ahora basta con acudir a la Misericordia del Sagrado Corazón de Jesús. Cultos externos, si. Pero sin conocimiento de Dios, no. Devociones, si. Pero sin conocimiento de Dios, de nada sirven. Centrarnos en lo externo, no, sino en el interior, porque los verdaderos adoradores adoran en Espíritu y en verdad. Benditos los que tienen devociones y realizan cultos y actos externos de fe, y han entrado en el conocimiento de Dios. ¡Pobres de vosotros, los que sólo os quedáis en lo externo, en la fe a mi manera, en el a mi no me compliques la vida, en el ya lo haré mañana!. Ese no es el camino. Así las heridas seguirán y sangrarán más, y las vendas, ¿quién las pondrá?
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