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24 de julio de 2011

CRISTIANISMO EN ESPAÑA

ESPAÑA EN EL SIGLO II

Triste cosa es el silencio de la historia en lo que más interesa. De la predicación de San Pablo entre los españoles, nada sabemos, aunque es tradición que el Apóstol desembarcó en Tarragona. Simeón Metafrastes (autor de poca fe), y el Menologio griego le atribuyen la conversión de Xantipa, mujer del prefecto Probo, y la de su hermana Polixena.

Algo y aun mucho debió de fructificar la santa palabra del antiguo Saulo, y así encontraron abierto el camino los siete varones apostólicos a quienes San Pedro envió a la Bética por los años de 64 ó 65. Fueron sus nombres Torcuato, Ctesifón, Indalecio, Eufrasio, Cecilio, Hesichio y Secundo. La historia, que con tanta fruición recuerda insípidas genealogías y lamentables hechos de armas, apenas tiene una página para aquellos héroes, que llevaron a término en el suelo español la metamorfosis más prodigiosa y santa. Imaginémonos aquella Bética de los tiempos de Nerón, henchida de colonias y de municipios, agricultora e industriosa, ardiente y novelera, arrullada por el canto de sus poetas, amonestada por la severa voz de sus filósofos; paremos mientes en aquella vida brillante y externa que en Corduba y en Hispalis remedaba las escenas de la Roma imperial, donde entonces daban la ley del gusto los hijos de la tierra turdetana, y nos formaremos un concepto algo parecido al de aquella Atenas donde predicó San Pablo. Podemos restaurar mentalmente el agora (aquí foro), donde acudía la multitud ansiosa de oír cosas nuevas, y atenta escuchaba la voz del sofista o del retórico griego, los embelecos o trapacerías del hechicero asirio o caldeo, los deslumbramientos y trampantojos del importador de cultos orientales. Y en medio de este concurso y de estas voces, oiríamos la de alguno de los nuevos espíritus generosos, a quienes Simón Barjona había confiado el alto empeño de anunciar la nueva ley al peritus iber de Horacio, a los compatriotas de Porcio Latrón, de Balbo, y de Séneca, preparados quizá a recibirla por la luz que da la ciencia, duros y obstinados acaso, por el orgullo que la ciencia humana infunde y por los vicios y flaquezas que nacen de la prosperidad y de la opulencia. ¿Qué lides hubieron de sostener los enviados del Señor? ¿En qué manera constituyeron la primitiva Iglesia? ¿Alcanzaron o no la palma del martirio? Poco sabemos, fuera de la conversión prestísima y en masa del pueblo de Acci, afirmada por el oficio muzárabe.

Viniendo en fin San Pablo a España (como dejamos escrito año sesenta y cuatro), y predicando en Toledo y su comarca, pasó sin duda a estos pueblos arevacos, y dejó por obispo de nuestra venturosa ciudad a su gran discípulo Hieroteo, como escribe Destro con las señas individuales de Segovia en los arevacos; a diferencia de otra Segovia que había entonces, y permanecen hoy sus ruinas junto al antiguo rio Silicense, nombrado hoy de las Aljamitas, cerca de Carmona en Andalucía; de la cual habla Hircio en la guerra de César con los Pompeyos.

Dice Destro, que nuestro santísimo Hieroteo era tenido por admirable en santidad año setenta y uno de Cristo. Y quieren algunos inferir de estas palabras que ya era difunto, y se veneraba la devoción de su santidad. Mas nosotros inferimos que aún vivía y causaba admiración su santísima vida, convirtiendo y enseñando a nuestros segovianos y fundando nuestra Iglesia con advocación tutelar de la Asunción de nuestra Señora, en memoria (sin duda) de haber asistido a ella, cuyo primer templo no sabemos distintamente cual fuese, aunque presumimos por algunas conjeturas que fue uno de los dos que hoy se intitulan San Blas y San Gil. El de San Blas, aunque pequeño, muestra antigüedad y grandeza en unos edificios continuados con su fábrica y tan capaces que representan palacio obispal o capitular. El de San Gil (también muy antiguo) se renovó por los años 1288, como allí diremos.

El Concilio de Elvira o de Iliberis (Latín: Concilium Eliberritanum), primer concilio que se celebró en Hispania Baetica por la iglesia cristiana. Tuvo lugar en la ciudad de Ilíberis, cerca de la actual ciudad de Granada. Su fecha es incierta, entre el 300 y el 324. En el primer caso sería anterior a la persecución de Diocleciano y en el segundo, posterior al Edicto de Milán de Constantino.

Este concilio fue uno de los más importantes llevados a cabo en las provincias, seguido por los Concilio de Arlés y el Concilio de Ancyra los cuales prepararían el camino para el primer Concilio ecuménico Católico, a este concilio asistieron diecinueve obispos y veintiséis presbíteros de toda España así como laicos.

ELVIRA: Este nombre fué muy popular en los finales del primer milenio y principios del segundo. Su origen más probable es el compuesto germánico Athal-wira, que significa "guardián noble". Sin embargo, no se descarta la influencia del topónimo Illiberis , que actualmente denominamos Elvira. Es una importante ciudad donde se celebró el concilio del mismo nombre. Estaba cerca de una alquería que se llamaba entonces Garnatha , que poco a poco fué creciendo y desplazando en importancia a la antigua capital, hasta convertirse en la actual Granada... En España este nombre lo llevaron varias reinas y princesas, incluida una hija del Cid Campeador, que se llamaba doña Elvira (la otra era doña Sol)...
La celebración del concilio de Iliberis (Granada), entre el 306 y el 314 d.C., y la asistencia al citado concilio del obispo accitano Félix , nos pone de manifiesto que la cristianización de la ciudad y su área comarcal tiene cierta solidez y cuenta con una estructura más definida, que en los momentos iniciales.

obispo Félix presidió el concilio , debido a que éste representaba, probablemente, a la diócesis más antigua . Asistieron diecinueve obispos y veinticuatro presbíteros , en representación de treinta y siete sedes, de las cuales veintitrés eran de la Bética, la provincia, por tanto, más ampliamente representada, lo que nos indica la implantación en la misma del cristianismo. Las actas del concilio -las más antiguas que se conservan de un concilio disciplinar- son excepcionalmente valiosas para la historia de la Iglesia hispana.. La rotura de ídolos fué condenada en el Concilio de Elvira (306), el cual decretó, en su canon sexagésimo, que no sería inscrito como mártir un cristiano ajusticiado por un vandalismo de esa clase.

Las actas constan de ochenta y un cánones que se encuentran suscritos únicamente por los obispos. Esos cánones, todos disciplinares, arrojan mucha luz sobre la vida religiosa y eclesiástica de los cristianos hispanos, en el momento crucial del triunfo del Cristianismo. Estos cánones tratan de temas tan variados como el matrimonio, el bautismo, la idolatría, los ayunos, la excomunión, los cementerios, la usura, las vigilias, la frecuencia de asistencia a la Misa dominical, las relaciones de los cristianos con los paganos, judíos y herejes, etc.

En el canon XXXIII, según Hefele (op. cit. abajo) tenemos la ley eclesiástica más antigua concerniente al celibato del clero. El canon XIII muestra la institución de las vírgenes consagradas (virgines Deo sacratae), familiar en Hispania. El Canon XXXVI (placuit picturas in ecclesia esse non debere en quod colitur et adoratur in parietibus depngatur) se ha mostrado a menudo como un elemento en contra de la veneración de las imágenes como una práctica de la Iglesia Católica. Se interpretan esta prohibición como algo contrario al uso de imágenes en los templos grandes únicamente, para evitar que los paganos pudieran burlarse de las escenas sagradas ahí representadas y de lo que significan, opinan que el concilio no se pronuncia sobre la ilicitud o ilicitud del uso de las imágenes, sino que se trata de una medida administrativa que simplemente las prohibe, para evitar que los conversos del paganismo incurran en cualquier riesgo de recaer en la idolatría, o se escandalicen ante algunos excesos supersticiosos que, de darse, no están aprobados de ninguna manera por la autoridad eclesiástica.


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