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25 de marzo de 2011

angeles buenos y malos (III)

Pero resulta evidente que no hay que ver en todas partes al diablo, y no todos los pecados se deben directamente a su acción, pues nuestra decaída naturaleza y el mundo que nos envuelve, en tanto que sometido al poder del demonio (cf. 1 Jn 5, 19), nos conducen suficientemente al mal por ellos mismos. « Pero también es verdad que quien no vela con cierto rigor por sí mismo se expone a la influencia del misterio de iniquidad del que habla San Pablo, comprometiendo su salvación » (Pablo VI, ibid). Pero si Dios da algún poder al demonio en este mundo, si permite que nos tiente, es para darnos la oportunidad de vencerlo, de ganar méritos para el Cielo, y Porque del mal puede sacar el bien.

En ocasiones, la lucha contra el diablo toma derroteros espectaculares, como sucedió en la vida de San Antonio Abad.

Antonio es un joven egipcio del siglo III. Al escuchar un día los consejos de Jesús al joven rico: Si quieres se perfecto, vete, vende lo que tienes y díselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme (Mt 19, 16-21), Antonio distribuye todos sus bienes entre los pobres y se entrega a una vida de ascetismo, en medio de continua oración y del ejercicio de las virtudes.

Pero el diablo no lo entiende así. En primer lugar intenta que abandone su modo austero de vida, y ello mediante el recuerdo de sus bienes, la preocupación por su hermana, el amor al dinero, el deseo de la gloria y de los demás atractivos de la vida, y, finalmente, mediante el aparente rigor de la virtud y los enormes esfuerzos que exige. Pero, al ver que nada consigue con ello, el diablo ataca al joven con sugerencias obscenas, intensificando éste sus oraciones y sus ayunos. Entonces, para seducirlo, el Enemigo toma el aspecto de una mujer; pero él mira a Cristo en su corazón, meditando tanto en la nobleza de la filiación divina mediante la gracia, como en la amenaza del fuego que no se apaga y en el tormento del gusano que no muere (cf. Mc 9, 47), consiguiendo de esa manera superar la tentación.

Pero el demonio no se da por vencido. Con el permiso de Dios, hostiga físicamente a San Antonio, produciendo un alboroto horrible, espantando a los que lo presencian, y afligiendo el cuerpo del generoso atleta de Cristo con llagas y dolores tan fuertes que éste se queda como muerto. En otras ocasiones, los malos espíritus le atacan tomando la forma de bestias feroces: leones, osos, leopardos, toros, serpientes, escorpiones, lobos... Azotado y aguijoneado por todos ellos, los dolores que padece Antonio son cada vez más violentos. Pero ello no le impide burlarse de sus agresores: “Si tuvierais algún poder, bastaría con que se me acercara uno de vosotros, pero el Señor os ha retirado vuestra fuerza, por eso intentáis espantarme todos juntos. Tomar la apariencia de bestias feroces es un signo de vuestra debilidad”.

Esas espectaculares demostraciones del demonio no deben impresionarnos hasta el punto de producir sentimientos de terror en nuestras almas, poco compatibles con la confianza que le debemos al Corazón de Jesús. El diablo nada puede en absoluto sin el permiso de Dios, que nunca permitirá que nuestro Enemigo nos tiente más allá de nuestras fuerzas. Según la comparación que hacía San Cesáreo, el demonio es semejante a un perro que está atado. Puede ladrar muy fuerte y armar escándalo, pero no puede morder, es decir, hacer daño a nuestra alma, excepto si consentimos voluntariamente caer en la tentación (Sermón 121). Por otra parte, el poder de nuestros ángeles custodios prevalece con mucho al de los poderes malignos.

Después de los furibundos asaltos que ha padecido victoriosamente, Antonio es reconfortado por una visión de Nuestro Señor. El monje le dice: « ¿Dónde estabas, Señor? ¿Por qué no apareciste desde el principio para acabar con mis dolores? - Estaba presente, Antonio, y esperaba para verte combatir. Puesto que has sabido aguantar y, con la ayuda de mi gracia, no has sido vencido, seré siempre tu socorro y te haré famoso por doquier ». Reconfortado en su alma y en su cuerpo, el santo se levanta y reemprende su vida de asceta, a la espera de nuevas pruebas y de nuevas victorias (cf. Vida de San Antonio, por San Atanasio).

Los combates del abad contra el demonio representan, de una forma extraordinaria, aquellos que nosotros mismos debemos sobrellevar en la vida diaria,aunque de una manera menos espectacular. A veces el demonio tienta proponiendo placeres sensuales. Otras veces sumerge al hombre en las tinieblas, lo desorienta, lo absorbe con asuntos triviales y terrenales, lo conduce a la tristeza, a la desconfianza, a la pereza, al desánimo y a la desesperación. Esta última forma de tentación es habitual en las almas que van mejorando en el servicio a Dios. Para vencer las tentaciones es conveniente reaccionar, concediendo más tiempo y atención a la oración o a la meditación, practicando algunos pequeños sacrificios y examinando cada uno con atención su conciencia. En lugar de hacer daño, las sugerencias diabólicas se convierten entonces en ocasión de mérito y de progreso en la virtud.

En ocasiones sucede que el demonio se nos presenta de una manera seductora, a imagen de lo que le ocurrió al padre Marie-Eugéne (1894-1967). En una ocasión, este religioso carmelita instruía un retiro en un convento de esa Orden. Al indicarle que una monja deseaba hablar con él, se dirigió al locutorio> encontrándose frente a una religiosa de asombroso parecido con Santa Teresa del Niño Jesús. Esta le dirigió toda clase de cumplidos, felicitándole por sus sermones, asegurándole que llegaría a ser un gran predicador, etc. Cuanto más hablaba, más molesto se sentía él. Así que decidió preguntarle: « Hermana, ¿qué es la humildad? » Ante esas palabras, la religiosa desapareció como por encanto, y el padre Marie-Eugéne reconoció entonces al demonio. Así pues, en ocasiones éste se transforma en ángel de luz, sugiriéndole primero al alma pensamientos buenos y santos, pero que acaban en turbación, en inquietud y en orgullo. La vigilancia de nuestros pensamientos, incluso si son buenos, así como la humildad, son medios seguros para prevenirnos contra esas astucias infernales.

Dios guarda y gobierna mediante su providencia todo lo que ha creado. Se cuida de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los mayores acontecimientos del mundo y de la Historia. Su designio es hacer que consigamos la beatitud eterna, en su reino, donde compartiremos su propia vida en medio de una perfecta felicidad. Para ello se sirve de todas las criaturas, y es su designio providencial que converjan para nuestro bien los ataques de los demonios y los auxilios de los ángeles buenos. Así pues, recemos a la Virgen, que aplastó la cabeza de la serpiente, a San José, terror de los demonios, a San Miguel y a los ángeles custodios, para que nos ayuden a discernir las tentaciones diabólicas y a seguir solamente las inspiraciones celestiales. Guiados de ese modo por el Espíritu Santo, podremos cumplir, día tras día, la voluntad divina.
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