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24 de marzo de 2011

angeles buenos y malos (II)

El cometido de los ángeles de la guarda no consiste solamente en apartar de nosotros los males físicos, sino que nos mueven a practicar todas las virtudes, por el camino que lleva a la perfección. Se ocupan especialmente en procurar nuestra salvación eterna y en hacer que vivamos en amistad con Dios. En medio de esa labor, su amor por nosotros es puro, fuerte y constante. Fieles a su misión, ni se relajan ni nos abandonan, incluso si tenemos la enorme desgracia de apartarnos de Dios por el pecado mortal. Además, como lo recomienda San Bernardo: « Tengamos una especial devoción y agradecimiento para con semejantes custodios: no dejemos de amarlos, de honrarlos, tanto como podamos y tanto como debamos... Cada vez que nos sintamos empujados por alguna violenta tentación y amenazados por alguna importante prueba, invoquemos a nuestro ángel custodio, que nos conduce y nos asiste en medio de nuestras necesidades y de nuestras penas... En fin, acostumbrémonos a conversar con nuestros ángeles buenos con particular familiaridad. Pensemos en ellos; dirijámonos a ellos mediante fervorosas y continuas oraciones, puesto que están siempre cerca de nosotros para defendernos y consolarnos » (Sermón 12 sobre el Salmo 90 [91], nº 7, 9 y 10).

Si bien es verdad que la revelación divina nos presenta el consuelo de estar rodeados de poderosos ángeles que nos protegen, también nos muestra otros espíritus que son enemigos nuestros y que se dedican por todos los medios a apartarnos de Dios.

Esos espíritus malos, a los que llamamos demonios o diablos, cuyo jefe es Satanás o Lucifer, son ángeles que Dios había creado buenos como los demás: « El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos », nos enseña el IV Concilio de Letrán. La Sagrada Escritura habla de un pecado de estos ángeles (Cf. 2 P 2, 4). Este pecado consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Con ello, se expusieron a la condenación eterna. Es el carácter irrevocable de la elección de los ángeles, y no un defecto de la infinita misericordia divina, lo que hace que su pecado no pueda ser perdonado. “No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte “, decía San Juan Damasceno, De la fe ortodoxa 2, 4).

Desde los albores de la Humanidad, los demonios se esfuerzan por inspirar a los hombres su propio espíritu de rebeldía contra Dios, para hacer que vayan al Infierno. Encontramos un reflejo de esa rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: “Seréis como dioses” (Gn 3, 5). Así Pues, Satanás incita al hombre a transgredir los mandamientos divinos. Intenta que brote la rebeldía en los que sufren (cf. Jb 1, 11; 2, 5-7); está en el origen de la muerte, que penetró en el mundo al mismo tiempo que el pecado (cf. Sb 2, 24). Enemigo de Dios y de la verdad, se obstina muy especialmente en impedir la predicación de la verdad evangélica. Según Orígenes, Lucifer es representado en el Antiguo Testamento por el faraón de Egipto, quien, agobiando con trabajo a los hebreos y prohibiéndoles que ofrecieran sacrificios a Dios, quiere impedir que las almas alcen su mirada hacia el cielo, absorbiéndolos en el deseo y en el desvelo por las cosas terrenales. Porque, sobre todo, no quiere que nadie busque al Creador, que nadie se acuerde del Cielo, su verdadera patria (cf. Homilía sobre el Éxodo 2).

De entre los nombres con que el Señor denomina al demonio, en el Evangelio, el que quizás lo caracteriza mejor es el de padre de la mentira (Jn 8, 44). Es, en efecto, el embustero por excelencia, pues propone a1 hombre una felicidad ilusoria y pasajera (riquezas; honores; lujuria, bajo diferentes formas: masturbación, fornicación, adulterio, unión libre, anticoncepción, homosexualidad...). Y para engañar mejor, intenta pasar desapercibido, haciendo creer que no existe, como nos los recuerda el Papa Juan Pablo II: « Las impresionantes palabras del apóstol San Juan -el mundo entero yace en poder del Maligno (I Jn 5, 19)- aluden a la presencia de Satanás en la historia de la Humanidad; una presencia que crece a medida que el hombre y que la Humanidad se alejan de Dios. La influencia del espíritu de maldad puede " esconderse " de una manera más profunda y más eficaz, pues pasar desapercibido forma parte de sus “intereses”. La habilidad de Satanás en el mundo consiste en hacer que los hombres nieguen su existencia en nombre del racionalismo o de cualquier otro sistema de pensamiento que busque todas las escapatorias posibles para no admitir su obra » (3 de Agosto de 1986). El Papa Pablo VI decía, el 15 de Noviembre de 1972: « Una de las mayores necesidades de la Iglesia de hoy consiste en defenderse contra ese mal que llamamos demonio... Es el enemigo número uno, el tentador por excelencia. Sabemos que ese ser oscuro y perturbador existe realmente y que siempre está trabajando con traidora astucia. Es el enemigo oculto que siembra el error y la desgracia en la historia del hombre... Es el pérfido y astuto seductor que sabe insinuarse en nosotros a través de los sentidos, de la imaginación, de la concupiscencia, de la lógica utópica, y de los contactos sociales desordenados, con el fin de introducir en nuestros actos desviaciones tan nocivas como aparentemente conformes con nuestras estructuras físicas o psíquicas, o con nuestras aspiraciones instintivas y profundas ».

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