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23 de marzo de 2011

Angeles buenos y malos (I)


-Un día en que paseaba por un camino solitario y sombreado de la campiña - nos cuenta un sacerdote - me encontré, detrás de una espesura, a una anciana que cuidaba de sus ovejas, encorvada y apoyada en un bastón:

- Buenos días, Catinelle.

- Buenos días, señor cura y compañía.

- ¿Qué me dice, abuela? ¿No ve que voy solo? ¿Dónde está la compañía?

Al enderezarse pude ver su rostro arrugado y sus ojos claros y todavía hermosos. Y me dijo toda seria: - ¿Y qué me dice del ángel de la guarda?

- Perdone, abuela. Se me olvidaba el ángel de la guarda; gracias por recordármelo.

Monseñor Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII, escribía lo siguiente a una de sus sobrinas, que era religiosa y que se llamaba sor Ángela: « Tu nombre de religión debe animarte a mantener relaciones familiares con tu ángel de la guarda, y también con todos los ángeles de la guarda de las personas que conoces y que amas en la Santa Iglesia y en tu congregación. ¡Qué gran consuelo poder sentir cerca de nosotros a ese ángel celestial, a ese guía de nuestros pasos, a ese testigo de nuestros actos más íntimos. También yo rezo la oración " Ángel de Dios, custodio mío " al menos cinco veces al día, y con frecuencia converso espiritualmente con él, en medio siempre de la calma y de la paz » (3 de Octubre de 1945).

Al hombre de hoy, acostumbrado a las disciplinas científicas, le repugna admitir la existencia de lo que no experimenta con sus sentidos y escapa a sus comprobaciones. Sin embargo, el Credo que rezamos en la Misa afirma que Dios es el Creador del cielo y, de la tierra, de todo lo visible e invisible. La profesión de fe del IV Concilio de Letrán (1215) afirma que Dios « al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana; luego, la criatura humana, que participa de las dos realidades, pues está compuesta de espíritu y de cuerpo». Tal es la enseñanza constante de la Iglesia.

La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe, es decir, una verdad revelada por Dios. Y la fe en las verdades que Dios ha tenido a bien revelarnos es más segura que cualquier conocimiento humano, pues se basa en el propio testimonio de Dios, que no puede ni engañarse ni engañarnos. La Escritura, que es la Palabra de Dios (guardada, transmitida y explicada por la Iglesia), afirma con claridad la existencia de los ángeles. Existen desde la creación (cf. Jb 38, 7, donde los ángeles son llamados “hijos de Dios”) y a lo largo de toda la historia de la salvación: cierran el paraíso terrenal, protegen a Lot, salvan a Agar y a su hijo, detienen la mano de Abraham, la ley es comunicada por su ministerio, conducen el pueblo de Dios, anuncian nacimientos y vocaciones, asisten a los profetas, por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor (San Juan Bautista) y el del propio JESÚS (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 332).

Cristo es el Rey de los ángeles. Fueron creados por El y para Él (Col I, 16). De la Encarnación a la Ascensión, su vida está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cantan alabanzas en su nacimiento y anuncian la Buena Nueva de la Encarnación a los pastores. Protegen la infancia de Cristo, le sirven en el desierto y lo reconfortan en la agonía. Comunican a las santas mujeres su resurrección. Con ocasión de su segunda venida estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf. CIC, 333)-

La vida de toda la Iglesia y de cualquier hombre se benefician de la ayuda poderosa de los ángeles. Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (San Basilio, PG 29, 656B).

“Nuestra fe nos enseña, decía el Papa Juan XXIII, que ninguno de nosotros se encuentra solo. En cuanto Dios crea el alma para un nuevo ser humano, especialmente cuando la gracia de los sacramentos lo envuelve con su inefable luz, un ángel que forma parte de las santas milicias de los espíritus celestiales es llamado para quedarse a su lado durante toda su peregrinación terrenal... En el transcurso de una conversación que mantuve con el insigne Pontífice Pío XI, éste me expuso un maravilloso secreto, confirmando con ello que la protección del ángel de la guarda siempre da alegría, que soluciona todas las dificultades y que reduce los obstáculos. Pío XI me confiaba lo que sigue: cuando tengo que hablar con alguien que sé que es refractario a algún razonamiento y con el que hay que recurrir a alguna forma de persuasión, le recomiendo entonces a mi ángel de la guarda que se lo explique todo al ángel de la guarda de la persona con quien debo entrevistarme. De este modo, una vez ambos espíritus superiores se han entendido entre sí, la conversación se desarrolla en las mejores condiciones y resulta fácil » (9 de Septiembre de 1962).

El padre Pío solía decir a sus amigos: « Cuando tengáis necesidad de mi oración, dirigíos a mi ángel de la guarda, mediante la intervención del vuestro ». En efecto, pues los ángeles de la guarda son mensajeros seguros y rápidos. Una anécdota ilustrará esta verdad: un autocar lleno de peregrinos, de camino hacia San Giovanni Rotondo, la residencia del padre Pío, se enfrenta durante la noche, en los Apeninos, a una espantosa tormenta. Llenos de pánico en medio de los relámpagos, los pasajeros recuerdan el consejo del padre, por lo que invocan a su ángel y salen indemnes de la prueba gracias a su auxilio. Al día siguiente, incluso antes de tener tiempo de contarle las peripecias de aquel viaje, el religioso les aborda sonriendo: « Y bien, hijos míos, esta noche me habéis despertado y he tenido que rezar por vosotros...». El ángel de la guarda había ejecutado fielmente su misión.

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