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14 de julio de 2010

Que la gracia no caiga en saco roto

Si tenemos fe en Jesucristo, y realmente le amamos, y creemos que en El reside la plenitud de la verdad, que El es el Camino y la Vida, entonces debemos abrirnos siempre a la Gracia que Dios nos da para que la fuerza del Espíritu Santo vaya transformando cada día un poco más nuestro interior. Pero no debemos ser como un saco roto. Cada uno de nosotros somo semejantes a un recipiente en el que Dios va haciendo su obra, modelando como alfarero al barro. Pero ese recipiente, ese saco, no debe tener ningún orificio por donde se escape todo lo que es de Dios, y que El va poniendo en nosotros. ¿Que es lo que puede hacer que el saco se rompa? El exceso de carga, o el tratar de llenarlo con cosas para las que el saco no está preparado. El hombre ha sido creado a imágen y semejanza de Dios, por lo tanto cuando introducimos en nuestro recipiente, cosas que no son de Dios y que no vienen de Dios, comenzamos a poner en peligro nuestro recipiente, y hacemos imposible que la Gracia no se vaya de nosotros. Por un lado mezclamos lo que es de Dios con lo que es sólo nuestro. Nuestros deseos desordenados, nuestros egoismos, nuestras malas actitudes. Por otro lado recibimos cosas de Dios. Estamos mezclando. Si mezcláramos el vino de la Misa en vez de con unas pocas gotas de agua, con un largo chorro de agua, el vino no serviría para ser consagrado. Lo mismo pasa con nosotros. Si mezclamos en nosotros, lo que viene del Espíritu de Dios, y otras cosas que no son de Dios, ya no servimos para nada. Por eso se hace necesario que pidamos a Dios de que no caiga su Gracia en en un saco roto, sino que cuidemos de que vivamos nuestra vida cristiana en coherencia debida, no tratando de agradar a Dios por un lado y al demonio por otro. Hay católicos que critican al Papa. Eso no puede ser, hermanos. El Papa, aunque como hombre pueda cometer errores, ha sido ungido por Dios para desempeñar una hermosa tarea dentro de la Iglesia. No puedes decir con la boca que amas a Dios, y por otro lado criticar o hablar mal del Papa. No podemos hablar mal de nadie, en realidad, sino que cuando algo no nos parezca bién, mejor oremos, antes de hablar mal.
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