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19 de julio de 2009

EL LIBRO DE LA CONFIANZA (I)


Me lo prestó un hermano en Cristo, y he decidido compartirlo con otros. Gracias también a la web que es de donde he tomado el texto.

CAPÍTULO I

¡Confianza!




Nuestro Señor Jesucristo Nos Convida a la Confianza

Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, Vos murmuráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz. A nuestras miserias presentes repetís el consejo que el Maestro daba frecuentemente durante su vida mortal: "¡Confianza, confianza!"

Al alma culpable, oprimida bajo el peso de sus faltas, Jesús decía: "Confía, hijo; tus pecados te son perdonados". (Mat. 9,2) "Confianza", decía también a la enferma abandonada que sólo de El esperaba la curación, "tu fe te ha sanado"(Mat. 9,22). Cuando los Apóstoles temblaban de pavor viéndole caminar, por la noche, sobre el lago de Genasaret, El les tranquilizaba con esta expresión tranquilizadora: "Tened confianza, soy Yo, no temáis"(Mc. 6,50). Y en la noche de la Cena, conociendo los frutos infinitos de su sacrificio, El lanzaba, al partir hacia la muerte, el grito de triunfo: "¡Confiad! ¡Confiad! ¡Yo he vencido al mundo!" (Jn. 26,33).

Esta palabra divina, al salir de sus labios adorables, vibrante de ternura y de piedad, obraba en las almas una transformación maravillosa. Un rocío sobrenatural les fecundaba la aridez, rayos de esperanza les disipaban las tinieblas, una tranquila serenidad ahuyentaba de ellas la angustia. Pues las palabras del Señor son "espíritu y son vida" (Jn. 6,64)."Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc. 2,28).

Como antaño a sus discípulos, ahora es a nosotros, a quien Nuestro Señor convida a la confianza. ¿Porqué rehusaríamos atender su voz?

Muchas Almas tienen Miedo de Dios

Pocos cristianos, incluso entre los fervorosos poseen esta confianza que excluye toda ansiedad y toda duda. Son muchas las causas de esta deficiencia. El Evangelio narra que la pesca milagrosa aterró a San Pedro. Con su impetuosidad habitual, él midió de un solo golpe la distancia infinita que separaba la grandeza del Maestro de su propia pequeñez. Tembló de terror sagrado, y posternándose, rostro en tierra, exclamó: "Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador" (Lc. 5,8).

Ciertas almas tienen, como el Apóstol, ese terror. Ellas sienten tan vivamente la propia indigencia y las propias miserias, que apenas osan aproximarse a la Divina Santidad. Les parece que un Dios tan puro debería sentir repulsa al inclinarse hacia ellas. Triste impresión, que le da a la vida interior una actitud contrahecha, y, a veces, la paraliza completamente.

¡Cómo se engañan estas almas!

Jesús se acercó enseguida al Apóstol sobrecogido de espanto: "No temas" (Lc. 5,10), le dijo, y le hizo levantarse...

¡También vosotros, cristianos, que recibísteis tantas pruebas de su amor, nada temáis! Nuestro Señor recela, ante todo, que tengais miedo de El. Vuestras imperfecciones, vuestras flaquezas, vuestras faltas, aun graves, vuestras reincidencias frecuentes, nada le desanimará en tanto que deséis sinceramente convertiros. Cuanto más miserables sois, más compasión El tiene de vuestra miseria, más desea cumplir, junto a vosotros, su misión de Salvador.

¿No vino a la tierra sobre todo por los pecadores? (Mc. 2,17)

A Otras Almas Les Falta La Fe

A otras almas les falta la fe. Ellas tienen seguramente esa fe corriente, sin la cual traicionarían la gracia del bautismo. Creen que Nuestro Señor es todopoderoso, bueno y fiel a sus promesas; pero no saben aplicar esta creencia a sus necesidades particulares. No están dominadas por la convicción irresistible de que Dios, atento a sus pruebas, se vuelve hacia ellas, a fin de socorrerlas.

Sin embargo, Jesucristo nos pide esta fe especial y concreta. El la exigía otrora como condición indispensable para sus milagros; y la espera, también de nosotros, antes de concedernos sus beneficios.

"Si puedes creer, todo es posible al que cree" (Mc. 9,23), decía al padre del niño poseso. Y en el convento de Paray-le-Monial, empleando casi los mismos términos, repetía a Santa Margarita María: "Si puedes creer, verás el poder de mi Corazón en la magnificencia de mi amor...".

¿Podéis creer? ¿Podréis llegar a esa certeza tan fuerte que nada la altera, tan clara que equivale a la evidencia?

Esto es todo. Cuando lleguéis a ese grado de confianza, veréis maravillas realizarse en vosotros.

Pedid al Maestro Divino que aumente vuestra Fe. Repetidle con frecuencia la oración del Evangelio: "¡Creo, Señor, ayudad a mi incredulidad" (Mc. 9,23).

Esta Desconfianza de Dios Nos Es Muy Perjudicial

La desconfianza, sean cuales fueren sus causas, nos trae perjuicios, privándonos de grandes bienes.

Cuando San Pedro, saltando de la barca, se lanzó al encuentro del Salvador, caminó al principio con firmeza sobre las olas. El viento soplaba con violencia. La olas ya se levantaban en torbellinos furiosos, y socavaban en el mar abismos profundos. La vorágine se abría delante del Apóstol. Pedro tembló... Dudó un segundo, y luego comenzó a hundirse... "Hombre de poca fe, le dijo Jesús, ¿por qué has dudado?" (Mt. 14,31).

He ahí nuestra historia. En los momentos de fervor nos quedamos tranquilos y recogidos al pie del Maestro. Cuando viene la tempestad, el peligro absorbe nuestra atención. Desviamos entonces las miradas de Nuestro Señor para fijarlas ansiosamente sobre nuestros sufrimientos y peligros. Dudamos... y luego ¡caemos! Nos asalta la tentación. El deber se nos hace fastidioso, su austeridad nos repugna, su peso nos oprime. Imaginaciones perturbadores nos persiguen. La tormenta ruge en la inteligencia, en la sensibilidad, en la carne...

Y no hacemos pie; caemos en el pecado, caemos en el desánimo, más pernicioso aún que la propia culpa. Almas sin confianza, ¿por qué dudamos?

La prueba nos asalta de mil maneras; ya los negocios temporales peligran, el futuro material nos inquieta; ya la maldad nos ataca la reputación, la muerte rompe los lazos de las amistades más legítimas y cariñosas. Entonces, nos olvidamos del cuidado maternal que la Providencia tiene con nosotros... Murmuramos, nos enfadamos, y de este modo aumentamos las dificultades y el efecto doloroso de nuestro infortunio.

Almas sin confianza, ¿por qué dudamos?

Si nos hubiéramos apegado al Divino Maestro con confianza, tanto mayor cuanto más desesperada pareciese la situación, ningún mal nos sobrevendría de ella... Habríamos caminado tranquilamente sobre las olas; habríamos llegado sin tropiezos al golfo tranquilo y seguro, y, en breve habríamos hallado la región hospitalaria que la luz del cielo ilumina.

Los santos lucharon con la misma dificultad...

Muchos de ellos cometieron las mismas faltas. Pero éstos, al menos, no dudaron... Se levantaron sin tardanza, más humildes después de la caída, no contando desde entonces sino con los socorros de lo Alto... Conservaron en el corazón la certeza absoluta de que, apoyados en Dios, todo podrían. ¡No fueron engañados en esa confianza! (Rom. 5,5)

Transformaos en almas confiantes. Nuestro Señor os invita a ello; y vuestro interés así lo exige. Os haréis, al mismo tiempo, almas iluminadas, almas en paz.

Objetivo y División de Este Trabajo

Este trabajo no tiene otro objetivo sino el de iniciaros en el conocimiento y práctica de esta virtud. Aquí se expondrá de ella, muy sencillamente, la naturaleza, el objeto, los fundamentos y los efectos.

Lector piadoso, si alguna vez este modesto librito te cayera en las manos, no lo apartes con desdén. El no pretende ni encantos literarios, ni originalidad. Solamente contiene verdades consoladoras, que recogí en los libros inspirados y en los escritos de santos. He ahí su único mérito.

Intenta leerlo despacio, con atención, con espíritu de oración. Casi diría: ¡medítalo! Déjate penetrar dulcemente por su doctrina. La savia del Evangelio palpita en estas páginas. ¿Habrá para las almas mejor alimento que las palabras del Señor?

Que al terminar esta lectura, te puedas confiar totalmente al Maestro adorable, que todo nos dio: ¡los tesoros de su Corazón, el amor, la vida y hasta la última gota de su sangre!
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