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30 de abril de 2008

«La gente no conoce cuál es la verdadera situación económica de la Iglesia»

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«La gente no conoce cuál es la verdadera situación económica de la Iglesia»

Habla Fernando Giménez, responsable de Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española


MADRID, 28, abril 2008 (ZENIT.org).- La Iglesia española prepara actualmente una campaña informativa sobre el nuevo acuerdo alcanzado con el Gobierno en materia económica, según explica a Zenit el responsable de Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española.

«El problema es que los ciudadanos en general no conocen la realidad económica de la Iglesia católica», afirma.

La financiación de la Iglesia católica en España se estableció en los acuerdos bilaterales entre el Estado y la Santa Sede, y consistía en la renuncia de la Iglesia a recibir directamente dinero del Estado y que fuesen los ciudadanos quienes voluntariamente contribuyesen a su financiación. Esta fórmula se materializaba a través de un pequeño porcentaje asignado de la tributación de la Renta, el 0,52%, que los contribuyentes destinarían a la Iglesia o a otros fines sociales marcando cada año la correspondiente casilla en el formulario tributario.

Sin embargo, los acuerdos preveían un periodo de «ajuste» de un máximo de cinco años durante el cual el Estado «completaría» la financiación a cargo de los presupuestos generales del Estado. Este periodo provisional, por diversas razones, se ha prolongado hasta ahora, cuando finalmente el Gobierno y la Iglesia han renegociado el porcentaje, que era insuficiente para que la Iglesia se autofinanciara.

En esta entrevista, el vicesecretario de Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española, el laico Fernando Giménez Barriocanal, explica en qué consiste esta reforma, así como a qué fines se destina el dinero en la Iglesia católica.

--¿En qué consiste la reforma de la financiación de la Iglesia?

--Fernando Giménez Barriocanal: Consiste en varias cosas, en primer lugar que, a partir de ahora, los contribuyentes pueden destinar un 0,7% de los impuestos de la renta a la Iglesia Católica, mientras que antes el porcentaje era del 0,52%. En segundo lugar, la Iglesia va a recibir para su sostenimiento sólo lo que se obtenga de esta asignación, mientras que hasta ahora había tenido un mínimo garantizado en los presupuestos generales del Estado. En tercer lugar, a cambio de esta subida, la Iglesia ha renunciado a cambio a una serie de beneficios fiscales que tenía en materia de IVA. Lo más importante es la modificación del porcentaje del Irpf: de cada 1.000 euros de sus impuestos, los contribuyentes pueden destinar 7 al sostenimiento de la Iglesia.

--Esto, para el contribuyente, ¿va a suponer algún cambio?

--Fernando Giménez Barriocanal: No, en absoluto. Ni los contribuyentes que deben pagar a Hacienda tienen que pagar más por marcar la casilla, ni a los que les toca devolución les van a devolver menos, ya que ese porcentaje corresponde a la cuota íntegra, que se calcula sobre impuestos teóricos antes de las deducciones. Por tanto, para el contribuyente es neutral el hecho de marcar la casilla.

--Esta reforma, ¿estaba prevista en los acuerdos Iglesia-Estado de 1979 o supone una modificación de los mismos?

--Fernando Giménez Barriocanal: Efectivamente estaba prevista. Cuando se firmaron los acuerdos se estableció que se iba a poner en marcha el sistema de la asignación tributaria, y se preveía un periodo de transición que iba a durar aproximadamente tres años, para acomodar el porcentaje a la capacidad real de obtención de recursos, y lamentablemente ha tardado casi 19 años en ponerse en práctica.

Pero lo importante es que lo que se ha hecho estaba pactado en los Acuerdos: establecer un porcentaje adecuado y que la Iglesia renunciara al mínimo garantizado que tenía hasta ahora.

--En este nuevo acuerdo, ¿la Iglesia sale perdiendo desde el punto de vista económico?

--Fernando Giménez Barriocanal: Es difícil de prever. Lo lógico es que, si las cosas se trabajan bien y la Iglesia explica bien su mensaje, se puedan recabar por esta vía más recursos. Lo que también es verdad es que pierde la seguridad de ese mínimo garantizado que tenía hasta ahora. Yo confío en el trabajo que vamos a realizar de explicación de lo que la Iglesia es para obtener más recursos. Si no, no habríamos llegado a este acuerdo.

En noviembre hicimos una campaña de imagen, explicando lo que es la Iglesia, y este mes de abril estamos comenzando una nueva campaña, más intensa, con spots publicitarios en televisión, en radio, con intervenciones en los medios, y probablemente pongamos en marcha también un periódico gratuito. Se trata de explicar a los contribuyentes cómo tienen que hacer cuando reciben el borrador de la declaración, y sobre todo a qué se destinan estas aportaciones.

--¿A qué se destina el dinero de la Iglesia?

--Fernando Giménez Barriocanal: A las cuatro finalidades recogidas en el Código de Derecho Canónico: en primer lugar, a mantener a los cerca de 20.000 sacerdotes existentes en España; en segundo lugar, a mantener la actividad litúrgica en las cerca de 22.700 parroquias del país; en tercer lugar, a la actividad evangelizadora (no sólo en España: hay cerca de 19.000 misioneros españoles en todo el mundo), y por último, a la actividad asistencial.

--Para que la gente se haga una idea, ¿cuánto cobra un sacerdote?

--Fernando Giménez Barriocanal: Depende de las diócesis. Lo que se les garantiza es el salario mínimo interprofesional. Podemos hablar, por ejemplo, en el caso de un párroco, de un salario entre 600 y 800 euros al mes. Los obispos cobran algo más, alrededor de 900 euros al mes. Es verdad que muchos sacerdotes tienen vivienda parroquial, pero como puede verse, la austeridad en la que nos movemos es grande. Hay que recordar que un sacerdote cotiza por el salario mínimo, sin derecho a baja laboral, y que cuando se jubilan percibe sólo la pensión mínima.

--Hay otra cuestión que es la del patrimonio, la Iglesia española tiene una carga patrimonial importante.

--Fernando Giménez Barriocanal: Sin duda, la Iglesia es titular de un inmenso patrimonio histórico-artístico, un patrimonio del que se beneficia toda la sociedad, pero que tiene también dos notas importantes: por un lado, no es enajenable, no se puede vender; y por otra, es una fuente de gastos más que de ingresos. Es decir, es un patrimonio muy caro de mantener, y por aunque nominalmente suponga una riqueza, en realidad la Iglesia lo único que hace es administrarlo y pagar los gastos que ocasiona (las facturas de la luz, la calefacción, etc.).

--En estos días se ha conocido la sentencia del caso Gescartera, por el cual tanto se criticó a la Iglesia. ¿Por qué la Iglesia invierte en fondos y qué pasó exactamente?

--Fernando Giménez Barriocanal: La Iglesia tiene algunos fondos provenientes de herencias, legados y fundaciones, de personas que han querido que los intereses de su patrimonio reviertan en actividades de carácter social o evangelizador. Ese dinero tiene que invertirse en los mercados financieros, que es donde se pueden generar esos intereses. Normalmente se hace en base a criterios de prudencia, con la máxima seguridad posible, buscando una rentabilidad adecuada (para que puedan cumplir el fin a que se han destinado) y ese es el motivo por el que muchas instituciones religiosas dispongan de fondos en el mercado. ¿Dónde se invierten? Pues no hay una norma establecida, aunque sí se pide a los intermediarios (profesionales) que se haga en fondos seguros, éticos, etc.

La mayoría de los operadores financieros son solventes y serios, pero concretamente en el caso Gescartera no fue así, y las instituciones que le confiaron sus fondos fueron las grandes perjudicadas al perder su patrimonio. Lo verdaderamente lamentable es que, a esas instituciones que han perdido su patrimonio, encima se las culpabilice por haber tenido ese dinero, que habían recibido para dedicarlos a los fines de que hablaba antes.

--De todas las partidas económicas, ¿cuál es a la que se destina más dinero?

--Fernando Giménez Barriocanal: Como es lógico, lo primero que aseguramos es el mantenimiento de los sacerdotes, eso consume una parte importante de los recursos. A partir de ahí, se distribuye atendiendo a las necesidades básicas (mantenimiento de los templos, etc.) En cuanto a la actividad asistencial, muchos fondos se reciben directamente de los benefactores.

Me interesaría destacar que, al margen del dinero, hay una aportación muy importante que la gente realiza en tiempo: estoy pensando en los más de 60.000 voluntarios que tiene Cáritas, en los más de 70.000 catequistas y agentes de pastoral, y en esas miles y miles de personas que dedican su tiempo gratuitamente a la labor evangelizadora y asistencial de la Iglesia.

--¿La Iglesia gasta menos de lo que produce?

--Fernando Giménez Barriocanal: Eso por supuesto. Recientemente hemos hecho un estudio en el que se muestra que sólo en las parroquias se producen 42 millones de horas de trabajo pastoral. Si eso lo valoráramos a un precio de coste, estaríamos hablando de alrededor de 900 millones de euros (si lo valoráramos a precio de mercado estaríamos hablando de más del doble), ¡mientras que de la Asignación Tributaria se reciben alrededor de 150 millones de euros! Por poner otro ejemplo, sólo en materia educativa (los centros concertados) la Iglesia le ahorra al Estado alrededor de 3.000 millones de euros. Es indudable que la Iglesia ofrece (y ahorra) mucho más de lo que gasta.

--Pero el dinero de los colegios concertados no sale de este fondo...

--Fernando Giménez Barriocanal: No, en absoluto. El dinero de los colegios concertados sale del bolsillo de todos los españoles, que decidimos en su día que la enseñanza obligatoria era gratuita, lo que hace que el Gobierno arbitre partidas, desde los presupuestos generales del Estado, destinados a la enseñanza, sea en centros públicos o en privados concertados. Esto es muy importante señalarlo, porque el dinero no se destina a los centros sino a los alumnos y sus necesidades. Lo que sucede, como ha señalado Fere en varias ocasiones, es que una plaza en un colegio concertado le cuesta a la administración aproximadamente la mitad que la misma plaza en un colegio público, por varias razones (mejor gestión, mayor contención de los gastos, etc.). Ése es el ahorro al que me refería antes. No es que el Estado subvencione a la Iglesia, sino más bien al contrario, son los centros de titularidad católica los que están ahorrando recursos a las administraciones.

--Una precisión de orden técnico: el dinero que se recibe a través de la Asignación Tributaria, ¿lo gestiona directamente la Conferencia Episcopal o se pasa a las diócesis?

--Fernando Giménez Barriocanal: La Conferencia Episcopal recibe el dinero de la asignación tributaria, y aprueba un sistema de reparto (cada año se hace público en rueda de prensa): una parte (alrededor del 20%) lo gestiona directamente la Conferencia Episcopal, y básicamente se destina a pagar la Seguridad Social de todos los sacerdotes de España, y otras partidas de gastos (facultades eclesiásticas, etc). El grueso (80%) se reparte entre las 69 diócesis, mediante un complejo sistema de reparto atendiendo a las necesidades básicas (de personal y de pastoral).

--En España ¿hay diócesis más pobres que otras?

--Fernando Giménez Barriocanal: Claro que sí. Dentro de las 69 diócesis las hay con 3 millones de habitantes (por ejemplo Madrid) y otras que no llegan a los 50.000 (como Ciudad Rodrigo o Ibiza). Hay diócesis con más patrimonio histórico que otras, hay diócesis que tienen más trabajado el sistema de financiación, hay diócesis mayormente rurales (por ejemplo Astorga, con cerca de 900 parroquias) que necesitan más recursos para su mantenimiento, respecto a otras diócesis más urbanas.

Todo esto se tiene en cuenta en el reparto: hay diócesis que dependen mucho de la Asignación Tributaria, fundamentalmente las pequeñas y rurales, y otras que dependen mucho menos.

--Aparte de la asignación tributaria, ¿por qué otras vías se financia la Iglesia?

--Fernando Giménez Barriocanal: Hay muchas campañas a lo largo del año, como el Día de la Iglesia Diocesana. La Iglesia se financia sobre todo gracias a la aportación de los fieles (sea a través de las colectas dominicales, de las campañas anuales o de las suscripciones periódicas), ésa es la principal fuente de financiación. La asignación tributaria es una especie de »colchón de seguridad» que nos permite tener unos ingresos mínimos para cubrir necesidades básicas, pero la parte fundamental proviene del compromiso personal de los católicos que destinan su dinero directamente a favor de la Iglesia.

--Sin embargo, en el «imaginario colectivo» la Iglesia «tiene muchos bienes» y además «recibe un trato de favor» o «subvenciones» por parte del Gobierno.

--Fernando Giménez Barriocanal: Yo creo que muchos españoles no conocen la realidad económica de la Iglesia, hay mucha gente que aún piensa que «a los curas les paga el Estado», cosa que dejo de ser así hace muchos años, también hay mucha gente que piensa que la iluminación de las catedrales se paga sola. Hay un gran desconocimiento de lo que la Iglesia hace, de en qué invierte sus recursos, y por eso estamos comenzando esta campaña. Estoy convencido de que cuando la gente conoce realmente la economía de la Iglesia, sin duda alguna es mucho más generosa.

Por Inmaculada Álvarez

«Suscitar un nuevo entusiasmo por la Biblia»,

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«Suscitar un nuevo entusiasmo por la Biblia», reto para el sínodo de los obispos

Apunta el obispo Paglia, presidente de la Federación Bíblica Católica


ROMA, 28, abril 2008 (ZENIT.org).- De un estudio internacional que revela la positiva actitud hacia la Sagrada Escritura, su importancia entre los fieles, pero también la dificultad para encarnarla en la vida cotidiana, se desprende la necesidad, para el próximo sínodo de los obispos, de «suscitar en todo el mundo cristiano un nuevo entusiasmo por la Biblia».

Es la conclusión que transmitió el obispo italiano de Terni, monseñor Vincenzo Paglia, este lunes, en la Sala de Prensa de la Santa Sede ante medios internacionales, en la presentación de la investigación que ha patrocinado como presidente de la Federación Bíblica Católica.

«La lectura de las Escrituras», investigación realizada por «GfK Eurisko» en una muestra de población adulta en los Estados Unidos, Reino Unido, Holanda, Alemania, España, Francia, Italia, Polonia y Rusia, ha tenido en cuenta las diversas tradiciones cristianas para alcanzar una referencia concreta de la relación de los cristianos con la Biblia.

Por eso, en su intervención, el obispo Paglia se detuvo --sin ánimo de exhaustividad-- en los aspectos pastorales que se derivan del estudio, cuya pretensión es sencillamente ayudar en esta reflexión, ciertamente de utilidad para el próximo sínodo.

Se confirma --apunta el prelado-- la intuición del Concilio Vaticano II, que exhortó a los fieles a redescubrir las Escrituras como fuente primaria de la vida espiritual. Son muchas las comunidades que la han acogido, pero aún queda mucho camino por delante, advierte monseñor Paglia.

Igualmente se confirma el vínculo entre Biblia y Eucaristía; la mayor parte de los encuestados indica la celebración dominical como lugar habitual de escucha de la Palabra de Dios. De ahí que el obispo de Terni sugiera una renovada atención al Leccionario litúrgico y a las homilías.

Como «absoluta prioridad» señala «el papel de la Biblia en el diálogo ecuménico», porque las Escrituras siguen siendo --dijo-- el lugar más eficaz que tienen los cristianos para caminar juntos por la vía de la unidad. Al respecto, lanza un apremio: un compromiso más continuado en la escucha --en común-- de la Palabra y en favorecer su difusión.

A pesar de la secularización la investigación revela una actitud general de gran respeto por la Sagrada Escritura. Y se considera, entre los cristianos, capaz de proponer el sentido de la vida. En cualquier caso, siguiendo la explicación del prelado italiano, la mayoría percibe la Biblia como difícil, por lo que requieren explicaciones e instrumentos de acompañamiento.

Son muchos igualmente los que consideran la Biblia como un texto capaz de proponer valores, pero también difícil de poner en práctica.

«Aquí se abre un primer gran desafío --advirtió el obispo Paglia--: cómo pasar de las fascinación que las Escrituras siguen suscitando también en una sociedad secularizada» a una «palabra eficaz y fuerte que cambia el corazón y la vida». En su opinión, la responsabilidad está en la predicación a partir de la Escritura.

El estudio evidencia también que «el cristianismo individualista con la Biblia es más difícil» --describe el prelado--, porque la escucha de la Palabra favorece la reunión de los que la atienden y la percepción de lo que significa ser Iglesia.

Como la investigación también muestra que la Biblia, en muchos aspectos, es desconocida o poco asimilada en sus contenidos, «es necesario que nazcan, a partir de la cita sinodal, energías nuevas» que revitalicen iniciativas como «escuelas de la Palabra», «escuelas del Evangelio» o «escuelas de lectura y escucha de la Biblia», sugiere.

Y ante todo, transformar la lectura bíblica en oración, porque --como señala monseñor Paglia-- son aún una minoría los cristianos que oran con la Biblia, así que la «lectio divina» deben encontrar nuevos espacios hasta ser habitual en las comunidades cristianas.

Son razones por las que concluye: «Debemos desear que el Sínodo suscite en todo el mundo cristiano, del católico al ortodoxo y protestante, un nuevo entusiasmo por la Biblia».

Por Marta Lago

El aborto no es un derecho explica la Santa Sede al Consejo de Europa

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Comentario a una resolución del Consejo de Europa


CIUDAD DEL VATICANO, martes, 29 abril 2008 (ZENIT.org).- El aborto no es un derecho, ha afirmado un representante de la Santa Sede en las páginas del diario vaticano, comentando la decisión de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa que reconoce con este título esta práctica.

La Asamblea aprobó el 16 de abril pasado la resolución 1607 con la que invita a los 47 Estados miembros a orientar, allí donde sea necesario, la propia legislación, de manera que se les garantice a las mujeres «el derecho de acceso al aborto seguro y legal».

El documento fue aprobado con 102 votos a favor, 69 contrarios, y 14 abstenciones, tras un largo debate en el que se aportaron 72 enmiendas.

El obispo Elio Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, en un artículo publicado en «L'Osservatore Romano», muestra cómo la resolución sobre el aborto del Consejo de Europa, con algunos principios compartibles, contiene una afirmación contraria a los derechos humanos.

La resolución comienza confirmando el principio, según el cual, bajo ninguna circunstancia el aborto tiene que ser visto como un medio e planificación familiar y que, en la medida de lo posible, debe ser evitado (Cf. n. 1).

El documento constata que en algunos países del Consejo Europeo, en los que el aborto es permitido, de hecho no puede garantizarse a todas las mujeres «un efectivo acceso a los servicios para el aborto que sean seguros, aceptables y apropiados» (n. 2), a causa de las condiciones restrictivas previstas por las propias legislaciones. Esto, según la Asamblea, provocaría discriminaciones entre las mujeres según los diferentes países.

En este contexto, el documento utiliza el término «derecho» para referirse al acceso efectivo al aborto.

«Es la primera vez que un documento oficial del Consejo de Europa», constata monseñor Sgreccia, «habla del aborto como un "derecho"».

El prelado considera que es un salto de calidad para quienes promueven esta práctica, pues «desde el punto de vista legislativo una cosa es permitir o despenalizar el aborto, bajo ciertas condiciones, y otra muy diferente es definirlo como un "derecho", al que lógicamente le debería seguir también un "deber" de tutela del mismo».

«Pero, ¿se puede verdaderamente defender un "derecho al aborto"? --se pregunta--. ¿Cómo podría justificarse el derecho a interrumpir la vida de un ser humano inocente y además débil e indefenso?».

24 de abril de 2008

Enlace interesante sobre vocaciones

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http://www.churchforum.org/info/Vocacion/la_vocacion_evc.htm

LAS VOCACIONES EN LA IGLESIA

1 comentario:
La vocación no es un privilegio de pocos. Es un derecho de todos. El mayor pecado es traicionar o vender la propia vocación, es lo mismo que traicionar a Dios. Es fracasar en la misión que Él te confió.

La felicidad personal y la realización auténtica están escondidas en la vocación personal… Ser feliz consiste en responder a la llamada de Dios.

La vocación personal condiciona la elección del estado de vida. No se va al matrimonio porque eso es lo normal, porque así lo hacen todos. Ni uno se hace sacerdote porque le gusta. Uno se hace sacerdote o se casa porque ésta es la mejor manera de realizar la propia misión.

La vocación condiciona también la elección de profesión: no escojo tal carrera o tal profesión porque me dará mucho dinero, porque me proporcionará mucho bienestar o mucha seguridad o mucha fama. La pregunta fundamental que uno tiene que hacerse no es ¿qué carrera o qué profesión escogeré? La pregunta buena es ésta: ¿Cuál es mi vocación? Y después esta otra: ¿Qué carrera, qué estudios, que trabajo van mejor con mi vocación?

Vocación del laico

Santificando los vínculos humanos y, en primer lugar, los familiares donde tienen origen las relaciones sociales; sometiéndose a las leyes de su patria. Trabajando como pastor y agricultor, como albañil, herrero y carpintero, pero siempre por amor al Padre y a sus hermanos, Jesús es la realización perfecta de la vocación del LAICO cristiano: Dios llama a éste a participar en la obra de la creación, a liberarla del influjo del pecado ordenando las realidades cotidianas según su plan eterno; a santificarse contribuyendo a la salvación del mundo desde adentro, a modo de sal y levadura, en el matrimonio o en el celibato, en la familia, la profesión y en las diversas actividades sociales.

Vocación al Matrimonio

Es, fundamentalmente, descubrir y desarrollar mi persona, la persona de mi pareja y nuestra relación de mutua pertenencia. A través de nuestra llamada recíproca de ser el uno del otro, Dios nos comunica el plan que tiene para nosotros. Lo vamos comprendiendo a medida que lo realizamos (y viceversa). Comprendemos que nuestro encuentro no fue fruto del acaso, sino de Su voluntad; que ninguno de los dos existió nunca sólo en su mente, puesto que nos hizo el uno para el otro. Sólo amándonos como Él nos ama podemos realizarnos a su imagen y llegar a ser uno como Él.


En esta comunión de amor que es siempre fecunda y dadora de vida (aunque no pudiéramos engendrar biológicamente) está nuestra vocación y nuestro destino: toda nuestra felicidad en el tiempo y en la eternidad. Realizar mi vocación al matrimonio, es "madurar" física y psicológicamente, social y espiritualmente; crecer constantemente primero como persona, y luego como pareja y familia.

Vocación Religiosa

Jesús es la realización plena de la vocación religiosa cuando deja su hogar y su profesión para consagrarse totalmente a la causa del Reino de Dios; cuando renuncia al matrimonio para vivir en comunidad con sus discípulos, una vida de total desprendimiento hecha don y servicio hasta el sacrificio supremo; cuando anuncia así, en pobreza, castidad y obediencia, el Amor infinito del Padre para destronar los ídolos y restaurar su soberanía en este mundo.

Esta vocación es la llamada a "dejarlo todo" para seguir a Cristo "a tiempo completo" en una comunidad de hermanos que muestre a todos, con el mismo testimonio de vida pobre, obediente y casta, que Su "Buena Noticia" es verdadera y Su proyecto realizable; que ya en este mundo podemos comenzar a ser familia de Dios, como Dios es familia, con su mismo amor.


Vocación Sacerdotal

La vocación sacerdotal es una llamada de Dios y no una iniciativa de los hombres, necesita de la respuesta permanente en un diálogo de aceptación, en un crecer constantemente, con las crisis y éxitos propios de todo crecer humano.

Jesucristo sigue llamando y enviando a algunos hombres para seguirle de una manera más radical y hacerles "pescadores de hombres" (Mt. 4,19). Continúa repitiendo a través de la Iglesia,

"Como el Padre me envió, así los envío yo a vosotros".
El sacerdote es enviado por Jesucristo y no es elegido por el pueblo. Su sacerdocio es una misión y un servicio que le lleva a realizar la voluntad de quien le envía y no hacer su propia voluntad; es dar la vida por las ovejas, como el Buen Pastor, completando en su propio cuerpo lo que falta de los sufrimientos de Cristo por la Iglesia, ofreciéndose voluntariamente.


Como Cristo deberá decir "He aquí Padre que he venido para hacer tu voluntad" (Heb. 10,7).
El sacerdote es un enviado al servicio del reino de Dios y en colaboración con la Iglesia entera. Es colaborador del Obispo de quien su misión es imposible separar. La misión sacerdotal cumple la triple tarea de ser profeta, sacerdote y pastor. El ministerio sacerdotal es ministerio de la Palabra y de los Sacramentos y de conducción del pueblo cristiano. La Eucaristía es el eje y el centro de todo su ministerio.

El sacerdote, servidor de la fe y testigo del amor de Cristo entre los hombres, como lo expresa Juan Pablo II, está al servicio de las comunidades cristianas.

El profeta, el sacerdote y el pastor se encuentran encarnados en hombres concretos que deberán realizar esta triple misión en forma armoniosa y complementaria a todo el servicio de la Evangelización, la gran prioridad de la Iglesia. Evangelizar para el sacerdote, significa entregar la Palabra de Dios, la Eucaristía, el perdón de los pecados, en una línea pastoral que forma personas y comunidades al servicio del Pueblo de Dios. Vive su consagración de una forma exclusiva por medio del Celibato, el cual le garantiza tener un corazón indiviso, sólo para Dios. Se une a Él por medio de la oración continua, y se acoge a la Madre de Dios para que le ayude en la vivencia de su vocación.

Ser sacerdote no es una profesión que se realiza por horas o por turnos. Es una vocación recibida por Dios que exige la vida enteramente entregada al servicio sacerdotal.

Podemos cambiar el mundo

Si tengo un granito de fe en la Palabra del Señor y el valor de responderle sea cual fuere su llamada, puedo cambiar el mundo en que vivo y tener un papel muy importante en la realización del plan divino.

Mi esfuerzo por pequeño que parezca, puede provocar un cambio de proporciones incalculables,
así como una sola piedra, arrojada a un estanque, pone en movimiento toda su agua.

http://www.mercaba.org/ARTICULOS/V/vocacion_la_02.htm

LA VOCACIÓN

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¿Qué es la Vocación?

La vocación significa "llamada". Es un diálogo de amor entre dos personas, Dios quien es el que llama y el hombre quien es el llamado, éstos son los términos de una vocación personal: El autor de la llamada y el sujeto llamado. No podría existir ningún llamado de no existir alguien que llama.

Cuando nace un hombre entra en el mundo una potencial riqueza. Dios es fiel y justo. Llama a todos a vivir su especial vocación; a cada uno asigna un papel en la historia de salvación del mundo y asigna los medios necesarios para realizarlo. Pero su poder gobierna el mundo según la ley de la variedad. No se repite jamás. Dios enriquece a cada uno de los llamados con precisa, exclusiva, absoluta y nueva identidad, trazando en cada caso un camino único e irrepetible.


El amor de Dios llama, elige, forma, consagra, envía. En estas palabras se inscribe el camino de la vocación del hombre.
Cualquiera que ella sea. Llama con misteriosa solicitud, elige con criterio incensurable, forma con intervención directa, consagra por medio del Espíritu Santo, envía a anunciar el Evangelio.

Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. Cada ser humano es único e irrepetible. Cada persona ha sido creada para dar un aporte a la historia y es tarea de cada persona descubrir qué es lo que Dios ha puesto en ella para darlo a los demás.

Todos los hombres estamos llamados a la SANTIDAD... "Sean perfectos como el Padre es perfecto..." La vocación a la santidad no es un monopolio exclusivo de los sacerdotes o religiosos sino de todos los cristianos.

La vocación es un don de Dios, una llamada en nuestra vida, pero también es una tarea que debemos realizar. Si queremos ser fieles a la voluntad del Señor.

Lo esencial de una vocación cristiana está en el seguimiento de Jesús, la diferencia está en la radicalidad del seguimiento. Lo importante está en la respuesta que damos a la invitación que Él nos hace. Podemos decir "SÍ" o rechazarle. Para seguir a Jesús tenemos antes que encontrarnos con Él. Encontrarlo como persona viva, Él que con su vida nos invita a seguirle. Siguiendo a Cristo nos convertiremos en signos de la presencia de Dios.

ORACIÓN
Estoy hecho un lío, Señor; miro la vida y no encuentro en ella mi sitio. Me preguntan qué voy a hacer mañana…… y no tengo más respuesta que decir "lo pensaré…" Me encuentro desorientado…. Sé que tengo que decidirme, buscar el camino que tú me has preparado, pero me cuesta y hasta tengo miedo. Señor, que pueda comprender con acierto, cuál es ese camino que me pides, y que sea capaz de recorrerlo con valentía. Háblame, Señor, que yo te escucho.


http://www.mercaba.org/ARTICULOS/V/vocacion_la_02.htm

El miedo que no viene de Dios

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El miedo que produce desasosiego interior no viene de Dios... sobre todo si es un miedo que te paraliza, que no te deja actuar...

http://www.vocacion.org/content-f9x.htm

Pero... yo nunca me he visto como sacerdote

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Jorge pregunta:

Padre Ricardo,

Tengo 20 años y estudio leyes. Desde niño he convivido con sacerdotes en la escuela y siendo una gran admiración por ellos. Incluso he conocido su vida en sus seminarios y aunque han sido los días más felices de mi vida, no me veo como sacerdote.

Este año fui a misiones y creo que podría dedicarme a esto durante toda mi vida, de lo bien que me he sentido. Pero, nuevamente, nunca me he visto como sacerdote.

A pesar de todo, una y otra vez se me presenta el deseo de hacer con mi vida algo hermoso para Dios. Tengo una necesidad de arriesgar mi vida por algo que valga la pena de cara a la vida eterna... no quiero ser un simple empleado más que sólo espera jubilarse para que otro le sustituya, a ver si tuvo mejor suerte.

Querido Jorge,

Gracias por tu pregunta. No cabe duda de que Dios ha ido cuidando tu alma a lo largo de tu vida y que ahora su presencia se hace más intensa, sobre todo en ese deseo de gastar tu vida en algo que realmente merezca la pena.

Por tu pregunta, me da la impresión de que eres un joven normal y que, como tal, sientes un atractivo por la vida matrimonial, por fundar una familia, tener un trabajo digno, etc. Pero al mismo tiempo, deseas trascender, dejar una huella en la historia y te parece que en la vida profesional te quedarás siendo una estadística mas, sin impactar profundamente la vida de otras personas. ¿Qué hacer ante este panorama?

Ese atractivo que sientes por las misiones, por el apostolado, por la vida apostólica quizás sea un indicio de que Dios te está llamando a una vida de mayor entrega. Puede ser como sacerdote, pero repetidamente mencionas que no te ves como sacerdote... Pero, ¿qué tal como laico consagrado?

Un seglar o laico consagrado no deja el mundo pero no es del mundo, vive inmerso al mundo, trabaja como cualquier seglar, pero utiliza toda su creatividad e inventiva para misionar el mundo del trabajo, de la política, de la economía, de las obras caritativas. Se consagra a Dios y al servicio de la Iglesia y sus hermanos en cuerpo y alma, haciendo presente la caridad de Dios, sin limitarla a una familia.

Puede ser, también, Jorge, que Dios sí te quiera llamar al sacerdocio... tú nunca te has visto así, pero quizás Él quiere que lo consideres.

Vive con serenidad este período, incrementa tu contacto con María y con Cristo eucaristía, y, también, medita en algún libro que te pueda ayudar. Te recomiendo mucho el del P. Anthony Bannon, "Pedro junto al mar" que puedes descargar de este sitio de internet.


http://www.vocacion.org/content-fe8.htm

¿A qué edad se puede recibir la vocación?

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Joel pregunta:

Tengo 13 años y me gusta ayudar a los pobres y necesitados. También me gusta rezar (aunque a veces me aburro un poco si la misa es muy larga) y trato de vivir bien con Dios (cuando tengo alguna caída me confieso rápido). Hace poco un amigo de mi edad me dijo que está viendo cuál es su vocación. ¿A qué edad se puede descubrir la propia vocación?
Estimado Joel,

Dios tiene un plan para cada persona y lo tiene desde toda la eternidad. Él, antes de la creación del mundo, pensó en ti para confiarte una misión magnífica, para invitarte a seguirlo y ser santo (es decir, amigo de Jesús) y así ser feliz.

Por lo tanto, la vocación la tenemos desde el momento de la concepción... pero es sólo a través de nuestras vivencias que vamos descubriéndola, o tomando conciencia de ella. Es como un regalo: te lo dan envuelto en un papel, con un lazo, etc. y poco a poco vas abriéndolo y descubriendo qué tiene dentro.

Por ello, la vocación no tiene edad. Hay quienes la descubren desde niños y hay otros que la descbren en la unviersidad, y otros mucho más tarde. Lo importante es no distraerse demasiado y poner los medios (oración, dirección espiritual, cercanía a los sacramentos) para ver qué quiere el Señor para ti. Hay quien abre el regalo de pequeño y otros que nunca se animan a abrirlo...

También es verdad que Dios suele "esperar" a que el que tiene una vocación a una vida de consagración o sacerdotal sea lo suficientemente maduro para poder recibir este regalo. Por lo demás, también pasa con quien está llamado al matrimonio... Lo hace para que quien descubre el tesoro en el campo, pueda ir venderlo todo y quedarse con el campo.

Espero que esto te aclare. Ojalá que tú también, como tu amigo, le hagas la pregunta más importante a Cristo: "Señor, ¿qué quiéres que yo haga"?

http://www.vocacion.org/content-fis.htm

¿Si se me ocurrió que podía ser sacerdote, tengo que serlo?

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Rafa pregunta:

Padre,

Hace unos días se me cruzó por la mente que a lo mejor yo podía ser sacerdote. Pero me dio mucho miedo, angustia y desde entonces ando inquieto. No es que no quiera, pero realmente no veo que sea mi vocación. Ando muy confundido. ¿Tengo vocación?

Querido Rafa,

Es normal que a un joven (supongo que eres más bien joven) se le "ocurran" las diversas opciones que le presenta la vida. Nada más normal... y entre las opciones para alguien normal está el sacerdocio.

Ahora bien, yo te invitaría a que distinguieras entre una "ocurrencia" y algo que podría ser un verdadero llamado de Dios. El hecho que te inquiete y te cause angustia, puede ser una señal de que es sólo eso, una ocurrencia. Lo mejor es que busques orar un poco más, y acercarte más a Cristo, para que encuentres nuevamente la paz de tu alma.

No te angusties por el futuro, vive el momento presente haciendo lo que Dios te pide como estudiante o trabajando, como hijo, hermano, etc. Recuerda que Él no tiene designios de aflicción sino de paz y sólo quire hacerte feliz.

Si esta "ocurrencia" continuara, y estuviera acompañada de serenidad (aunque pueda haber luchas o resistencias por lo que puede implicar una vocación de cambio de los propios planes), convendría que buscaras el consejo de tu director espiritual para discernir de donde viene esta idea. Pero una "idea" así, no significa necesariamente que Dios quiere que seas sacerdote... pero sí que seas un joven auténtico, que aspira a ser santo, abierto siempre a hacer lo que diga más amor a Cristo y salve más almas.

Te encomiendo,


http://www.vocacion.org/content-ftr.htm

Adorar a Cristo

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La liturgia exige que el sacerdote muestre al pueblo la Hostia Consagrada y el Caliz con el Vino Consagrado para que los fieles adoren y reconozcan la Verdadera y Real Presencia de Cristo bajo los elementos de la Misa. Por supuesto, adoración puede ser interpretada de diversas maneras pero si la Iglesia le exige que el sacerdote levante y muestre es porque la Iglesia espera y pide que los fieles observen, miren, y crean. No es tanto si puede o no mirar, es mas bien que mires, adores y creas. Aunque no entendamos, Cristo pide creer.

Fuente: http://www.ewtn.com/vexperts/showmessage.asp?Pgnu=1&Pg=Forum23&recnu=1&number=536978

Sufrimiento y purgatorio

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Sufrimiento y purgatorio
http://www.ewtn.com/vexperts/showmessage.asp?Pgnu=1&Pg=Forum23&recnu=2&number=536977

¿Cómo luchar contra las tentaciones?

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¿Cómo es el proceso de la tentación?

Pensemos en Jesús ante las tentaciones en el desierto. El despachó de inmediato al demonio. No entró en un diálogo con el enemigo, sino que le respondió con decisión y convencimiento.

Pensemos, en cambio, en Eva. Analicemos las palabras del Génesis sobre la tentación original:

El demonio se acerca y propone un tema de conversación: “¿Así que Dios les ha dicho que no coman de ninguno de los árboles del jardín?”.

Y la mujer, en vez de descartar a su interlocutor, comienza un diálogo: “Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán”. Con este diálogo la mujer se expuso a un tremendo peligro. El alma que sabe lo que Dios ha prohibido no se entretiene en aquella duda, en aquel pensamiento o en darle rienda suelta a aquel deseo, actitudes todas que son la introducción al pecado.

Volvamos a Eva: el Demonio, astutísimo como es y, además, inventor de la mentira, podía hacerla sucumbir, pues es ángel –ángel caído, pero ángel al fin, con poderes angélicos superiorísimos a las cualidades humanas.

De hecho, sabemos lo que sucedió: ya entablado el diálogo, ya debilitado el entendimiento de la mujer, el Demonio pasa a hacer una proposición directa al pecado, una mentira, pintándole un panorama maravilloso: ser como Dios: “Y dijo la serpiente a la mujer: No morirán. Es que Dios sabe que si comen se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”.

Puede el Demonio también ofrecer una felicidad oculta detrás del pecado, insinuando además que nada malo nos sucederá. Que además podemos arrepentirnos y que Dios es misericordioso. A estas alturas de la tentación, todavía está el alma en capacidad de detenerse, pues la voluntad aun no ha consentido. Pero si no corta enseguida, las fuerzas se van debilitando y la tentación va tomando más fuerza.

Luego viene el momento de la vacilación. “Vio, pues, la mujer que el fruto era bueno para comerse, hermoso a la vista y apetitoso para alcanzar la sabiduría”. Sobreponerse aquí es muy difícil, pero no imposible. Sin embargo, el alma ya está muy debilitada ante el panorama tan atractivo que le ha sido presentado.

“Y tomó el fruto y lo comió y dio también de él a su marido, que también con ella comió”. Ya el alma sucumbió, dando su consentimiento voluntario al pecado. Y lo que es peor: hizo caer a otro. Cometió un pecado doble: el suyo y el de escándalo, haciendo que otro pecara.

Luego viene el momento de la desilusión: ¿dónde está el maravilloso panorama sugerido por el enemigo? “Se les abrieron los ojos a ambos y, viendo que estaban desnudos, tomaron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones”. El alma se da cuenta que se ha quedado desnuda ante Dios y de que ha perdido la gracia (Dios ya no habita en ella).

El remordimiento sigue a la desilusión. Y ante este llamado de la conciencia, puede uno esconderse, rechazando la voz de Dios o puede el alma arrepentirse y pedir perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión.

“Oyeron a Yavé que se paseaba por el jardín al fresco del día y se escondieron de Yavé Adán y su mujer. Pero Yavé llamó a Adán, diciendo: '¿dónde estás, Adán?'"

¿Cómo luchar contra las tentaciones?

La oración es el principal medio en la lucha contra las tentaciones y la mejor forma de vigilar. “Vigilen y oren para no caer en tentación” (Mt. 26, 41). “El que ora se salva y el que no ora se condena”, enseñaba San Alfonso María de Ligorio.

¿Qué hacer ante la tentación? Despachar la tentación de inmediato. ¿Cómo? También orando, pidiendo al Señor la fuerza para no caer. Nos dice el Catecismo: “Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración” (#2849).

“No nos dejes caer en tentación”, nos enseñó Jesús a orar en el Padre Nuestro. La oración impide que el demonio tome más fuerza y termina por despacharlo. Sabemos que tenemos todas las gracias para ganar la batalla. Porque ... “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom. 8, 31).

Y después de la tentación ¿qué? Si hemos vencido, atribuir el triunfo a Quien lo tiene: Dios, que no nos deja caer en la tentación. Agradecerle y pedirle su auxilio para futuras tentaciones. Si hemos caído, saber que Dios nos perdona cuántas veces hayamos pecado y, arrepentidos y con deseo de no pecar más, volvamos a El a través del Sacramento de la Confesión.


http://www.buenanueva.net/preguntasb/tentacionLucha.htm

¿La tentación es pecado?
¿Qué hacer ante las tentaciones?


Es muy importante la diferenciación entre “tentación” y “pecado”. La tentación no es pecado. La tentación es anterior al pecado. El pecado es el consentimiento de la tentación. Así que no es lo mismo ser tentado que pecar. Todo pecado va antecedido de una tentación, pero no toda tentación termina en pecado.

Una cosa hay que tener bien clara: disponemos de todas las gracias, o sea, toda la ayuda necesaria de parte de Dios para vencer cada una de las tentaciones que el Demonio o los demonios nos presenten a lo largo de nuestra vida. Nadie, en ningún momento de su vida, es tentado por encima de las fuerzas que Dios dispone para esa tentación.

Esto es una verdad contenida en las Sagradas Escrituras: “Dios que es fiel no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas; antes bien, les dará al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10, 13).

Las tentaciones son pruebas que Dios permite para darnos la oportunidad de aumentar los méritos que vamos acumulando para nuestra salvación eterna. La lucha contra las tentaciones es como el entrenamiento de los deportistas para ganar la carrera hacia nuestra meta que es el Cielo (cfr. 2 Tim. 4, 7).

El poder que tiene el Demonio sobre los seres humanos a través de la tentación es limitado. Con Cristo no tenemos nada que temer. Nada ni nadie puede hacernos mal, si nosotros mismos no lo deseamos.

Las tentaciones sirven para que los seres humanos tengamos la posibilidad de optar libremente por Dios o por el Demonio. También sirven para no ensoberbecernos creyéndonos autosuficientes y sin necesidad de Cristo Redentor.

¿Qué hacer ante las tentaciones?

En primer lugar tener plena confianza en Dios, tener plena confianza en lo que nos dice San Pablo: nadie es tentado por encima de las fuerzas que Dios nos da. Junto con cada prueba, Dios tiene dispuesto gracias especiales suficientes para vencer. No importa cuán fuerte sea la tentación, no importa la insistencia, no importa la gravedad. En todas las pruebas está Dios con sus gracias para vencer con nosotros al Maligno.

Además, decía un antiguo Padre de la Iglesia, tras la venida de Cristo, Satanás es como un perro atado: puede ladrar y abalanzarse cuanto quiera; pero si no somos nosotros los que nos acercamos a él, no puede morder.

Otra costumbre muy necesaria para estar preparados para las tentaciones es la vigilancia y la oración. Bien nos dijo el Señor: “Vigilen y oren para no caer en la tentación” (Mt. 26, 41). Vigilar consiste en alejarnos de las ocasiones peligrosas que sabemos nos pueden llevar a pecar.

Ahora bien esta lucha no es contra fuerzas humanas, sino contra fuerzas sobre-humanas, como bien nos describe San Pablo (Ef. 6, 11-18). Por eso hay que armarse con armas espirituales: confesión y comunión frecuentes, que son los medios de gracia que nos brinda el Señor a través de su Iglesia. Pero no olvidar, por encima de todo, la oración, la cual nos recomienda el Señor directamente y nos recuerda San Pablo también: “Vivan orando y suplicando. Oren todo el tiempo” (Ef. 6, 18).

Una de las gracias a pedir en la oración, para estar preparados para este combate espiritual, es la de poder identificar la tentación antes de que nuestra alma vacile y caiga.

Poder ubicar de inmediato, por ejemplo, una tentación de orgullo. “¡Qué bien lo haces! ¡Qué competente eres!”, puede insinuarnos sutilmente el demonio. ¡Tan sutilmente que parece un pensamiento o una idea propia! Parece muy lógico y hasta lícito este pensamiento para levantar la “auto-estima”, según esa nefasta prédica del New Age.

Pero en realidad, el Demonio está buscando engañarnos para que creamos que somos capaces de hacer las cosas, sin dejarnos dar cuenta que es Dios quien nos capacita para hacer las cosas bien y a El debemos agradecer y alabar, pues por nosotros mismos no somos capaces de ¡nada! Si cada palpitación de nuestro corazón depende el El ¿de qué nos vamos a ufanar? La verdadera “auto-estima” consiste en sabernos y creernos realmente que nada somos ante Dios, que dependemos totalmente de El y de que nuestra fortaleza está en nuestra debilidad, pues en ésta Dios nos fortalece con su Fortaleza. “Mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Cor. 12, 9-b).

Ese pensamiento sutil y tan “aparentemente” lícito o inocuo, sobre la supuesta competencia y capacidad del ser humano, el alma vigilante lo rechaza enseguida, sin distraerse a ver lo capaz y competente que ha sido en hacer bien una determinada labor. De no actuar así y con prontitud, ya ha caído en una tentación de orgullo y engreimiento.

A veces la tentación no desaparece enseguida de haberla rechazado y el Demonio ataca con gran insistencia. No hay que desanimarse por esto. Esa insistencia diabólica pudiera ser una demostración de que el alma no ha sucumbido ante la tentación. Ante los ataques más fuertes, hay que redoblar la oración y la vigilancia, evitando angustiarse. Esta lucha, permitida por Dios, es una especie de calistenia espiritual que más bien fortalece al alma, siempre que se mantenga luchando contra la tentación. Si rechaza la tentación una y otra vez, el Demonio terminará por alejarse, aunque no para siempre, pues buscará otro motivo y otro momento más oportuno para volver a tentar. (“Habiendo agotado todas las formas de tentación, el Diablo se alejó de El, para volver en el momento oportuno” (Lc. 4, 13).

Una cosa conveniente es desenmascarar al Demonio. Si se trata de tentaciones muy fuertes y repetidas, puede ser útil hablar de esto con un buen guía espiritual. El Demonio, puesto en evidencia, usualmente retrocede. Adicionalmente, ese acto de humildad de la persona suele ser recompensado por el Señor con nuevas gracias para fortalecernos ante los ataques del Demonio.

Y recordar siempre que tenemos todas las gracias necesarias para el combate espiritual. San Pablo refiere lo siguiente: “Y precisamente para que no me pusiera orgulloso, después de tan extraordinarias revelaciones, me fue clavado en la carne un aguijón, verdadero delegado de Satanás, para que me abofeteara. Tres veces rogué al Señor que lo alejara de mí, pero me respondió: ‘Te basta mi gracia’” (2 Cor. 12, 7-9).

Aparte de esta actitud de continua confianza en Dios y de vigilancia en oración, hay conductas prácticas convenientes de tener en cuenta ante las tentaciones:

Durante la tentación, orar con mucha confianza y resistir con la ayuda que Dios ha dispuesto.

Después de la tentación: si hemos caído, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios en la Confesión. Y si no hemos caído ¡ojo! referir el triunfo a Dios, no a nosotros mismos, pues a El debemos el honor, la gloria y el agradecimiento.

21 de abril de 2008

Homilía de Benedicto XVI en la misa celebrada en Washington

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Homilía de Benedicto XVI en la misa celebrada en Washington

En el «Nationals Stadium»


WASHINGTON, jueves, 17 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía de la misa que presidió Benedicto XVI en el «Nationals Stadium» de Washington en la mañana de este jueves.

* * *


Queridos hermanos y hermanas en Cristo

"Paz a ustedes" (Jn 20,19). Con estas palabras, las primeras que el Señor resucitado dirigió a sus discípulos, les saludo a todos en el júbilo de este tiempo pascual. Ante todo, doy gracias a Dios por la gracia de estar entre ustedes. Agradezco en particular al Arzobispo Wuerl por sus amables palabras de bienvenida.

Nuestra Misa de hoy retrotrae a la Iglesia en los Estados Unidos a sus raíces en el cercano Maryland y recuerda el 200 aniversario del primer capítulo de su considerable crecimiento: la división que hizo mi predecesor el Papa Pío VII de la Diócesis originaria de Baltimore y la instauración de las Diócesis de Boston, Bardstown, ahora Louisville, Nueva York y Filadelfia. Doscientos años después, la Iglesia en América tiene buenos motivos para alabar la capacidad de las generaciones pasadas de aglutinar grupos de inmigrantes muy diferentes en la unidad de la fe católica y en el esfuerzo común por difundir el Evangelio. Al mismo tiempo, la Comunidad católica en este País, consciente de su rica multiplicidad, ha apreciado cada vez más plenamente la importancia de que cada individuo y grupo aporte su propio don particular al conjunto. Ahora la Iglesia en los Estados Unidos está llamada a mirar hacia el futuro, firmemente arraigada en la fe transmitida por las generaciones anteriores y dispuesta a afrontar nuevos desafíos -desafíos no menos exigentes de los que afrontaron vuestros antepasados- con la esperanza que nace del amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. (cf. Rm 5,5).

En el ejercicio de mi ministerio de Sucesor de Pietro, he venido a América para confirmaros, queridos hermanos y hermanas, en la fe de los Apóstoles (cf. Lc 22,32). He venido para proclamar de nuevo, como lo hizo san Pedro el día de Pentecostés, que Jesucristo es Señor y Mesías, resucitado de la muerte, sentado a la derecha del Padre en la gloria y constituido juez de vivos y muertos (cf. Hch 2,14ss). He venido para reiterar la llamada urgente de los Apóstoles a la conversión para el perdón de los pecados y para implorar al Señor una nueva efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia en este País. Como hemos oído en este tiempo pascual, la Iglesia ha nacido de los dones del Espíritu Santo: el arrepentimiento y la fe en el Señor resucitado. Ella se ve impulsada por el mismo Espíritu en cada época a llevar la buena nueva de nuestra reconciliación con Dios en Cristo a hombres y a mujeres de toda raza, lengua y nación (cf. Ap 5,9).

Las lecturas de la Misa de hoy nos invitan a considerar el crecimiento de la Iglesia en América como un capítulo en la historia más grande de la expansión de la Iglesia después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. En estas lecturas vemos la unión inseparable entre el Señor resucitado y el don del Espíritu para el perdón de los pecados y el misterio de la Iglesia. Cristo ha constituido su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles (cf. Ap 21,14), como comunidad estructurada visible, que es a la vez comunión espiritual, cuerpo místico animado por los múltiples dones del Espíritu y sacramento de salvación para toda la humanidad (cf. Lumen gentium, 8). La Iglesia está llamada en todo tiempo y lugar a crecer en la unidad mediante una constante conversión a Cristo, cuya obra redentora es proclamada por los Sucesores de los Apóstoles y celebrada en los sacramentos. Por otro lado, esta unidad comporta una "expansión continua", porque el Espíritu incita a los creyentes a proclamar "las grandes obras de Dios" y a invitar a todas las gentes a entrar en la comunidad de los salvados mediante la sangre de Cristo y que han recibido la vida nueva en su Espíritu.

Ruego también para que este aniversario significativo en la vida de la Iglesia en los Estados Unidos y la presencia del Sucesor de Pedro entre vosotros sean para todos los católicos una ocasión para reafirmar su unidad en la fe apostólica, para ofrecer a sus contemporáneos una razón convincente de la esperanza que los inspira (cf. 1 P 3,15) y para renovar su celo misionero al servicio de la difusión del Reino de Dios.

El mundo necesita el testimonio. ¿Quién puede negar que el momento actual sea decisivo no sólo para la Iglesia en América, sino también para la sociedad en su conjunto? Es un tiempo lleno de grandes promesas, pues vemos cómo la familia humana se acomuna de diversos modos, haciéndose cada vez más interdependiente. Al mismo tiempo, sin embargo, percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: signos de alienación, ira y contraposición en muchos contemporáneos nuestros; aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Dios. También la Iglesia ve signos de grandes promesas en sus numerosas parroquias sólidas y en los movimientos vivaces, en el entusiasmo por la fe demostrada por muchos jóvenes, en el número de los que cada año abrazan la fe católica y en un interés cada vez más grande por la oración y por la catequesis. Pero, al mismo tiempo, percibe a menudo con dolor que hay división y contrastes en su seno, descubriendo también el hecho desconcertante de que tantos bautizados, en lugar de actuar como fermento espiritual en el mundo, se inclinan a adoptar actitudes contrarias a la verdad del Evangelio.

"Señor, manda tu Espíritu y renueva la faz de la tierra" (cf. Sal 104,30). Las palabras del Salmo responsorial de hoy son una plegaria que, siempre y en todo lugar, brota del corazón de la Iglesia. Nos recuerdan que el Espíritu Santo ha sido infundido como primicia de una nueva creación, de "cielos nuevos y tierra nueva" (cf. 2 P 3,13; Ap 21, 1) en los que reinará la paz de Dios y la familia humana será reconciliada en la justicia y en el amor. Hemos oído decir a san Pablo que toda la creación "gime" hasta a hoy, en espera de la verdadera libertad, que es el don de Dios para sus hijos (cf. Rm 8,21-22), una libertad que nos hace capaces de vivir conforme a su voluntad. Oremos hoy insistentemente para que la Iglesia en América sea renovada en este mismo Espíritu y ayudada en su misión de anunciar el Evangelio a un mundo que tiene nostalgia de una genuina libertad (cf. Jn 8,32), de una felicidad auténtica y del cumplimiento de sus aspiraciones más profundas.

Deseo en este momento dirigir una palabra particular de gratitud y estímulo a todos los que han acogido el desafío del Concilio Vaticano II, tantas veces repetido por el Papa Juan Pablo II, y han dedicado su vida a la nueva evangelización. Doy las gracias a mis hermanos Obispos, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas, a los padres, maestros y catequistas. La fidelidad y el valor con que la Iglesia en este País logrará afrontar los retos de una cultura cada vez más secularizada y materialista dependerá en gran parte de vuestra fidelidad personal al transmitir el tesoro de nuestra fe católica. Los jóvenes necesitan ser ayudados para discernir la vía que conduce a la verdadera libertad: la vía de una sincera y generosa imitación de Cristo, la vía de la entrega a la justicia y a la paz. Se ha progresado mucho en el desarrollo de programas sólidos para la catequesis, pero queda por hacer todavía mucho más para formar los corazones y las mentes de los jóvenes en el conocimiento y en el amor del Dios. Los desafíos que se nos presentan exigen una instrucción amplia y sana en la verdad de la fe. Pero requieren cultivar también un modo de pensar, una "cultura" intelectual que sea auténticamente católica, que confía en la armonía profunda entre fe y razón, y dispuesta a llevar la riqueza de la visión de la fe en contacto con las cuestiones urgentes que conciernen el futuro de la sociedad americana.

Queridos amigos, mi visita en los Estados Unidos quiere ser un testimonio de "Cristo, esperanza nuestra". Los americanos han sido siempre un pueblo de esperanza: vuestros antepasados vinieron a este País con la expectativa de encontrar una nueva libertad y nuevas oportunidades, y la extensión de territorios inexplorados les inspiró la esperanza de poder empezar completamente de nuevo, creando una nueva nación sobre nuevos fundamentos. Ciertamente, ésta no ha sido la experiencia de todos los habitantes de este País; baste pensar en las injusticias sufridas por las poblaciones americanas nativas y de los que fueron traídos de África por la fuerza como esclavos. Pero la esperanza, la esperanza en el futuro, forma parte hondamente del carácter americano. Y la virtud cristiana de la esperanza -la esperanza derramada en nuestro corazón por el Espíritu Santo, la esperanza que purifica y endereza de modo sobrenatural nuestras aspiraciones orientándolas hacia el Señor y su plan de salvación-, esta esperanza ha caracterizado también y sigue caracterizando la vida de la comunidad católica en este País.

En el contexto de esta esperanza nacida del amor y de la fidelidad de Dios reconozco el dolor que ha sufrido la Iglesia en América como consecuencia del abuso sexual de menores. Ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño producido por dicho abuso. Es importante que se preste una cordial atención pastoral a los que han sufrido. Tampoco puedo expresar adecuadamente el daño que se ha hecho dentro de la comunidad de la Iglesia. Ya se han hecho grandes esfuerzos para afrontar de manera honesta y justa esta trágica situación y para asegurar que los niños -a los que nuestro Señor ama entrañablemente (cf. Mc 10,14), y que son nuestro tesoro más grande- puedan crecer en un ambiente seguro. Estos esfuerzos para proteger a los niños han de continuar. Ayer hablé de esto con vuestros Obispos. Hoy animo a cada uno de ustedes a hacer cuanto les sea posible para promover la recuperación y la reconciliación, y para ayudar a los que han sido dañados. Les pido también que estimen a sus sacerdotes y los reafirmen en el excelente trabajo que hacen. Y, sobre todo, oren para que el Espíritu Santo derrame sus dones sobre la Iglesia, los dones que llevan a la conversión, al perdón y el crecimiento en la santidad.

San Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, habla de una especie de oración que brota de las profundidades de nuestros corazones con suspiros que son demasiado profundos para expresarlos con palabras, con "gemidos" (Rm 8,26) inspirados por el Espíritu. Ésta es una oración que anhela, en medio de la tribulación, el cumplimiento de las promesas de Dios. Es una plegaria de esperanza inagotable, pero también de paciente perseverancia y, a veces, acompañada por el sufrimiento por la verdad. A través de esta plegaria participamos en el misterio de la misma debilidad y sufrimiento de Cristo, mientras confiamos firmemente en la victoria de su Cruz. Que la Iglesia en América, con esta oración, emprenda cada vez más el camino de la conversión y de la fidelidad al Evangelio. Y que todos los católicos experimenten el consuelo de la esperanza y los dones de la alegría y la fuerza infundidos por el Espíritu.

En el relato evangélico de hoy, el Señor resucitado otorga a los Apóstoles el don del Espíritu Santo y les concede la autoridad para perdonar los pecados. Mediante el poder invencible de la gracia de Cristo, confiado a frágiles ministros humanos, la Iglesia renace continuamente y se nos da a cada uno de nosotros la esperanza de un nuevo comienzo. Confiemos en el poder del Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas. ¡Cuánta necesidad tenemos de estos dones! ¡Y qué cerca los tenemos, particularmente en el Sacramento de la penitencia! La fuerza libertadora de este Sacramento, en el que nuestra sincera confesión del pecado encuentra la palabra misericordiosa de perdón y paz de parte de Dios, necesita ser redescubierta y ralea propia de cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América depende de la renovación de la regla de la penitencia y del crecimiento en la santidad: los dos es inspirado y realizadas por este Sacramento.

"En esperanza fuimos salvados" (Rm 8,24). Mientras la Iglesia en los Estados Unidos da gracias por las bendiciones de los doscientos años pasados, invito a ustedes, a sus familias y cada parroquia y comunidad religiosa a confiar en el poder de la gracia para crear un futuro prometedor para el Pueblo de Dios en este País. En el nombre del Señor Jesús les pido que eviten toda división y que trabajen con alegría para preparar vía para Él, fieles a su palabra y en constante conversión a su voluntad. Les exhorto, sobre todo, a seguir a siendo fermento de esperanza evangélica en la sociedad americana, con el fin de llevar la luz y la verdad del Evangelio en la tarea de crear un mundo cada vez más justo y libre para las generaciones futuras.

Quien tiene esperanza ha de vivir de otra manera (cf. Spe Salvi, 2). Que ustedes, mediante sus plegarias, el testimonio de su fe y la fecundidad de su caridad, indiquen el camino hacia ese horizonte inmenso de esperanza que Dios está abriendo también hoy a su Iglesia, más aún, a toda la humanidad: la visión de un mundo reconciliado y renovado en Jesucristo, nuestro Salvador. A Él honor y gloria, ahora y siempre. Amén.

20 de abril de 2008

El dolor

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A nadie le gusta sufrir, si se pudiera evitaríamos cualquier circunstancia de la vida que nos cause dolor. Sin embargo es una realidad que el dolor y el sufrimiento son parte de la historia del ser humano y le ha acompañado durante todas las etapas de la humanidad; a veces resulta incomprensible, nos aturde, y parece que envuelve nuestra vida con nubarrones grises que impiden ver la luz.

El rechazo al dolor es una tendencia natural que nos afecta por completo y por eso se busca cómo aliviarlo, pues aunque este localizado en la muela, en la cabeza, en la espalda o cualquier otra parte del cuerpo, siempre influye en el estado de ánimo y en la actividad que se realiza. Hay dolores que no se curan con medicamentos, que no tienen nada que ver con las molestias con las molestias físicas, pero que lastima y nos hace frágiles cuando se derivan de la ingratitud del compañero, la injusticia, la traición del amigo, la mentira de aquellos en los que confiaste, la calumnia de los que te envidian, la indiferencia de un hijo que no corresponde a tu entrega y amor, e incluso el de la edad al ver tus capacidades debilitarse, etc. Muchos son los dolores del corazón que lastiman profundamente y en esos momentos que alivio se experimenta al poder recurrir a las lágrimas que nos ayudan a desahogar lo que sentimos; sobretodo si las compartimos con alguien que nos comprende y que con gusto se hace cómplice de nuestra pena.Pero no todo termina aquí, pues existe todavía un dolor más fuerte y profundo, y es el dolor del alma, ese que te desgarra en lo más profundo de tu ser, pues es espiritual, es muy íntimo; es aquél que siente una madre al enfrentar la muerte de su hijo, el del enamorado al descubrir la infidelidad de su amada, el de la secuela que te deja un accidente al cambiar tu vida de una manera radical; es entonces cuando las palabras no son suficientes y las caricias no calientan el corazón. Es una pena tan cruel y dramática que te lleva hacia la negación, a la rebeldía y al camino oscuro del desánimo. Al pasar el tiempo y observar que la vida continúa se descubre que el sufrimiento encierra un gran misterio porque a pesar de que nos hiere también nos enseña, nos hace fuertes y saca de nosotros cualidades y capacidades que no imaginábamos tener. Se descubre que junto a él hay un lenguaje que nos dice que siempre encima de las nubes existe un cielo azul y que se puede llegar al puerto de la aceptación, que traerá paz a tu interior al hacer triunfar al amor sobre el dolor, que significa vencerlo y no ser víctima de el. Ahí radica el descubrir que le puedes dar sentido a tu sufrir.
Es bueno estar conscientes de que no debemos pasar por este mundo sin conocer lo que es llorar desde adentro; por eso no hay que olvidar que en el sufrimiento se encuentran grandes lecciones. No le tengamos miedo al dolor, si hay que temer a la superficialidad, a pasar por la vida evadiendo nuestra existencia o realidad. A veces estos momentos son los que te hacen ponerte de pie, te sacuden y te dicen: ¡despierta, estas gastando tu vida en lo vano!
A la intensidad del sufrimiento hay que corresponder con la intensidad del ofrecimiento, a la constancia del dolor hay que responder con la constancia del amor.
Recuerda: No hay pena que pueda limitar tu capacidad de amar, tu sonrisa aún puede iluminar los rincones más obscuros y tu fortaleza será ejemplo para otros en los momentos difíciles.

Fuente: http://diocesisdecelaya.org/modules/news/article.php?storyid=243

16 de abril de 2008

Benedicto XVI: sólo las personas integras serán admitidas al sacerdocio

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«Nos avergonzamos profundamente y haremos todo los posible para que esto no se repita en el futuro».

El Santo Padre ha asegurado que la Iglesia tratará de seleccionar a los candidatos al sacerdocio «de manera que sólo las personas verdaderamente íntegras puedan ser admitidas».

«Es más importante tener buenos sacerdotes que tener muchos sacerdotes», ha subrayado.

«Cuando leo las historias de esas víctimas para mí es difícil comprender cómo ha sido posible que los sacerdotes hayan traicionado de esta manera su misión de dar el amor de Dios a esos niños

12 de abril de 2008

¡Un minuto para defender la vida!

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Por si queréis defender el derecho a la vida en esta página de hazte oír podéis firma contra el aborto en Europa.
Muchas gracias por defender el derecho a la vida de los niños por nacer frente a la ofensiva abortista del Consejo de Europa.
Te animamos a reenviar esta petición a todos tus contactos para que sea apoyada por el mayor número de personas

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Si quieres que en el Consejo de Europa no se apruebe el proyecto por el cual se impulsar la despenalización del aborto en todos los países de la Unión Europea, facilitando el acceso al mismo, visita:

http://www.hazteoir.org/node/11491

Debemos conseguir que en todas partes se respeten el derecho a la vida de los niños por nacer.

Yo ya he firmado. Sólo te llevará un minuto

¡Muchas gracias!

Te invitamos a seguir visitando la página de HazteOir.org.

11 de abril de 2008

EUCARISTÍA - MEMORIAL

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Evangelio según San Juan 6,52-59.

Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?". Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente". Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.


Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.



Leer el comentario del Evangelio por :

Catecismo de la Iglesia Católica
§ 1362-1366


“Haced esto en memoria mía” (1C 11,25)


La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anamnesis o memorial. En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado a favor de los hombres. En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que se celebra la pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos (Ex 13,3.8).

El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual: “Cuantas veces se renueva en el altar el sacrifico de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención” (Vaticano II, LG 63).

Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros” (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que “derramó por muchos para la remisión de los pecados” (Mt 26,28). La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto.