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27 de enero de 2008

Celebrar la Santa Misa (I)

El domingo, Día del Señor, es una jornada para la oración, la alegría, la fiesta y la intensificación del amor fraterno



Este curso, nuestro trabajo evangelizador y pastoral se ha centrado en “Celebrar el Misterio Pascual en la fe de la Iglesia”. El núcleo íntimo de este objetivo es la celebración de la misa cada domingo, como se viene haciendo desde la era apostólica. El domingo, Día del Señor por antonomasia, centra nuestra mirada y nuestro corazón en el misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo. Por eso es una jornada para la oración, la alegría, la fiesta y la intensificación del amor fraterno.

Algunas personas no saben disfrutar de la celebración de la santa misa y dicen que se aburren. Si lo dicen es verdad, y seguramente una de las causas consista en que nadie les ha enseñado a descubrir el sentido de esta celebración, el significado de los diversos ritos y las condiciones imprescindibles para insertar toda su vida en esta celebración y para llevar el sentido profundo de esta celebración a su existencia toda, de manera que se impregne del espíritu de las Bienaventuranzas.

En un diálogo improvisado con los sacerdotes de una diócesis del norte de Italia, el Papa les decía que para adentrarse en el espíritu de las celebraciones de la Iglesia, hay que conocer su estructura y el sentido de sus ritos; pero que lo esencial consiste en que nuestro corazón se eleve a Dios, porque toda celebración sacramental “es oración y coloquio con Dios; de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Por tanto, la primera condición es que el sacerdote (y cada uno de los miembros de la comunidad, añado yo al dirigirme a todos vosotros) entable realmente este diálogo con Dios. Al anunciar la Palabra, él mismo se siente en diálogo con Dios. Es oyente de la Palabra y anunciador de la Palabra (…) Está en diálogo con Dios porque los textos de la misa no son textos teatrales o algo semejante, sino que son plegarias, gracias a las cuales, juntamente con la asamblea, hablamos con Dios”.

Cuando un cristiano llega al templo con la antelación suficiente y se pone con fe en la presencia de Dios, es fácil constatar cómo le va guiando el ritmo de la celebración, para que traiga a la presencia del Señor aquello que le preocupa, alegra su existencia y desata sus desvelos. Puesto que empezamos mirando nuestra vida a la luz de la presencia de Dios, que nos juzga y nos ofrece perdón y misericordia, lo primero que hacemos es pedir perdón de los pecados que nos impiden acoger su Palabra y su alegría.

Después, tras una oración que se llama “colecta”, y que nos une a los sentimientos de la Iglesia universal, la proclamación de la Palabra nos anuncia el amor que Dios nos tiene y las maravillas que ha realizado por todos y cada uno de nosotros; especialmente, a través de la encarnación, la vida, la muerte y la resurrección de su Hijo Jesucristo.

Es natural que a continuación, fortalecidos con este anuncio, confesemos comunitariamente nuestra fe, la fe de la Iglesia; y que, en la oración de los fieles, pongamos en manos del Señor todas nuestras preocupaciones. Unas se proclaman en voz alta y otras muchas las presenta cada uno en el silencio de su espíritu. Luego, como la oración es expresión de confianza y de abandono en las manos del Señor, es también natural que le demos gracias por su misericordia, por su amor y por los dones abundantes que nos concede cada día. “Es digno y necesario”, se responde, mientras cada uno trae a su memoria todo lo que ha recibido de Dios a lo largo de su vida y de los últimos días.

Y entonces nos preparamos al momento central de la celebración, en el que el Señor se hace sacramental y activamente presente en medio de su Pueblo, como Pan de Vi d a que se come y se comparte con un corazón agradecido. Es la cumbre de nuestra celebración, que nos permitirá participar en la comunión con Dios y con todos sus hijos, los hombres.

Fuente: La voz del Obispo
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