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15 de julio de 2007

Ser Cristiano y Cofrade

Por Ana María Medina, periodista

Hace unos meses se presentó a los malagueños el nuevo Proyecto Pastoral Diocesano, es decir, los planes de actuación de la Iglesia para los próximos años, del 2006 al 2010. Aunque las cofradías y hermandades no suponen un punto específico, están muy presentes en todo el texto, especialmente al considerar como centro de actuación la parroquia, núcleo esencial de la vida cristiana. Y las cofradías tienen mucho que ver, aprender y aportar en este campo. Los cofrades no somos “ocupas” de los templos, ni algún tipo de “impuesto revolucionario” que tienen que soportar las comunidades. Somos, ante todo, cristianos. En muchos casos, las hermandades son de las comunidades cristianas más antiguas de nuestra Málaga. ¿En qué se diferencia, entonces, un cofrade de un parroquiano que nada tiene que ver con la religiosidad popular? La suya, como la de la persona que sigue a un movimiento o que pertenece a una asociación, es una forma de responder al plan que Dios tiene para todo ser humano. Me gusta repetir las palabras de Francisco Cantos, hermano mayor del Amor, que ser cofrade es una vocación, una llamada. ¿O acaso puede uno evitar que le guste escuchar una banda de cornetas y tambores o sentir un vuelco en el corazón cuando oye el toque de campana de un trono? La felicidad más grande de un cofrade está en ser hermano de su cofradía. Es lo que muchos suelen llamar “un tonto de capirote”, pero que nosotros preferimos llamar “alguien que ha descubierto el modo de ser feliz siguiendo a Cristo”, un cristiano comprometido con su vocación. Y cuando uno encuentra un tesoro ¿qué hace? ¿Esconderlo? ¿Enterrarlo? ¿O enseñarle a todo el mundo el motivo de su alegría? Pues eso es lo que el cofrade está llamado a ser en la parroquia, testigo de la alegría de ser cristiano. Al margen de la opinión que prevalece en algunos sectores de que una parroquia con cofradías es una parroquia conflictiva, concepto que va cambiando poco a poco, es fácil reconocer que las cofradías están llamadas a aportar mucho. Por ejemplo, en patrimonio, tanto material como humano. En un mundo que camina hacia la secularización, la piedad popular mantiene el vínculo con la Iglesia en jóvenes y mayores. Pero no sólo eso. Las cofradías contribuyen a hacer vida, a hacer tangible la preciosa catequesis que es la liturgia cristiana, ayudando a la comunidad a ver y participar, mediante cultos concretos, los momentos que vertebran el año de un creyente. Y van más allá. Las hermandades son misioneras. Su papel de catequesis pública les lleva a estar presentes en el mundo, una tarea que el mucho trabajo de puertas para adentro (sacramentos, grupos, burocracia…) puede relegar en el resto de fieles a un segundo plano. La religiosidad popular le ofrece, de este modo, a la parroquia un nuevo cauce de presencia en el barrio, entre la gente que busca a Dios, aunque sea sin saberlo. Los cofrades no debemos renunciar a nuestra pertenencia a la comunidad básica que es la parroquia, porque en ella estamos llamados a vivir el día a día de nuestra fe.

Ser cofrades es una vocación dentro de nuestro ser cristianos. No aparte de ello. En la Carta Pastoral “Las Hermandades y Cofradías”, de los Obispos del Sur de España, escrita en 1987, se nos recuerda que “los objetivos que deben perseguir las hermandades y cofradías son: una creciente formación cristiana, una participación activa en la vida litúrgica y caritativa de la Iglesia, un mayor dinamismo apostólico y un mayor fortalecimiento de la comunión eclesial”. Esos objetivos de renovación de nuestro ser cristianos en la religiosidad popular tienen como eje las diversas dimensiones: evangelización, culto, comunión y caridad. Esas son, en definitiva, las dimensiones básicas de la vida cristiana: anunciar el Evangelio, celebrarlo, compartir la vida y ayudar a los que sufren. La fe sin obras es palabrería. El culto sin fe es teatro. La comunión sin fe es pura organización humana y la caridad sin culto es filantropía (¿o no hacen lo mismo las ONGs?). En ese sentido, parroquia y cofradías se enriquecen mutuamente. Pero ¿qué aporta la parroquia a una cofradía? Por un lado, eclesialidad. Aunque las cofradías y hermandades tienen en su esencia un arraigado sentido de fraternidad, a veces es fácil perder el norte. La tentación del poder, los “amiguismos” y las rivalidades pueden hacernos olvidar por momentos que Cristo es el centro de toda comunidad cristiana, también de toda cofradía, y que no somos una peña de amigos a los que le gusta “vestir imágenes”. No se puede ser cofrade sin ser cristiano, no existe piedad popular sin Iglesia y no es verdad que estos dos mundos son realidades aparte. Y esa vinculación con la Iglesia Universal la actualiza la cofradía a través de la parroquia, que es su Iglesia cercana. Por otro lado, la parroquia dota a la hermandad de contenido. Es muy importante que el mensaje que trasmitamos sea el de Jesucristo, y no utilicemos el privilegio que nos otorga ser cofrade para hacer propaganda de intereses lícitos, pero que nada tengan que ver con Jesucristo. También, la comunidad parroquial aporta continuidad a la cofradía. Muchas hermandades se quejan de que sus hermanos sólo acuden a los cultos más importantes. La parroquia, con su trabajo diario y constante, ofrece a la religiosidad popular continuidad, un hilo conductor que no se reduce a la salida de la procesión, sino que abarca todo el año, todo el ciclo litúrgico. Asimismo, la parroquia es un lugar privilegiado para ejercer la caridad, semilla de toda cofradía. Muchas veces, los cofrades nos rompemos la cabeza para emprender acciones sociales, cuando en nuestra propia comunidad hay necesidades que nos exigen una respuesta concreta ¿por qué no aprovecharlas? Y, por último, pero no menos importante, la formación. Para eso, aparte de la preparación cofrade propia, que la Diócesis nos facilita con los materiales recopilados en la carpeta cofrade, no podemos dejar de formarnos como cristianos. Y la parroquia, también, nos dará los cauces para convertirnos en cristianos adultos, capaces de dar testimonio público de nuestra esperanza, en la procesión y en la vida. Sería una pena que las cofradías se perdieran la gran riqueza de vivir en comunidad, como lo sería también que las parroquias desaprovechen la religiosidad popular en su expresión más destacada. Debemos sumar, nunca restar.
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